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La visualidad heterogénea y residual de la obra de Juan Castillo, pareciera solidarizar con los remanentes de la producción, oponiendo resistencia a las cosas finales y a los tiempos fijos. No hay modo de construir detalles y olvidar los objetos donde estos reposaron, menos abandonarse a los trazos y las huellas del arte reduciendo a silencio los cuerpos donde fue conmovida tanta imagen. No existe posibilidad de instalar discursos y despedir las pulsiones que los calzan. Así, desde una frontera que no concede -espacios únicos y delirantes de saber- a la retórica perfomativa de la instalación o a la sublimación excesiva del gesto artístico, con frases vagas, insinuantes y sentimentales en los bordes de su trabajo -»No hay mapa que justifique tu cara» ni «calle que cierre tus ojos»- inventa escrituras ocres para nombrar la nomadía estética.

A través de la serie de retratos de extranjeros coloca en la misma superficie lo estupefacto, lo sinuoso, lo cotidiano y lo ciego, uniéndolos mediante una trama provisional, siempre ligera e inconclusa que trata de testificar la incompletud de todo viaje, la ausencia de virginidad de cada sueño. Sin caer en una etnologización de las artes indaga en sitios no articulados por ninguna ficción o noticia, tratando de juntar o coser temporalidades, ver rostros adversos y comprender su belleza, maniobrar fragmentos y no miniaturizar el mundo. Piezas híbridas, a veces desencajadas, expresan ese interior latinoamericano parecido a living de casa que se hospeda en la obra de Juan Castillo. Decoración y pobreza, cosas viejas y tecnologías domesticas, cuerpos inusuales y revistas de modas, tristezas de época y optimismos mediáticos, símbolos políticos y pasaportes, ayudan a entender esos urdidos con el azar de las miradas.

Al trabajar materiales industriales y mezclar sus texturas fiduciarias con la fragilidad del citadino, logra interrumpir el flujo de las máquinas de borrar e instala una agonía en el centro de lo funcional. No son los despedidos de la tierra quienes comparecen en el texto visual de Juan Castillo, sino las horfandades, las múltiples cicatrices del desahucio, las travesías hondas y las diásporas que son las únicas capaces de enfrentar el ardid de la sociedad de convertirse en habitación para mimetizarse con las hablas institucionales, cuyas políticas fingen un populismo que desprecian.

Cartografía y Misterio de Barrio, tiene un breve espesor mítico operando en los márgenes de una modernización irónica y violenta; supone una conversación entre «otros» que andan una ciudad desconocida, sólo posible porque la hablan. Y esas hablas irredentas, simultáneas, descentradas nombran múltiples astucias, figuras, mañas, dolores y destrezas que dan forma a sus viviendas y a sus colecciones, a las organizaciones del espacio y a las escrituras meticulosas de la memoria que llenan de afecto objetos liberados a la anarquía del claroscuro de lo cotidiano: los sueños.

Podríamos pensar en esos sueños como despedidas oníricas, arsenales de melancolía o máquinas terapéuticas, sin embargo se busca en el flujo rebelde de sus descripción, en la amalgama turbia de su contenido encontrar historias, alcanzar relatos y comprender edades. No se busca un contrato mágico, menos una develación, unir tiempos dispares, escuchar voces desordenadas, preguntarse por el arte y su discurso, cuando sale a la calle a recoger escombros: los materiales de toda obra artística que persiga la desilusión.

Los retratos que componen la muestra, cuarenta, número asintomático y literario, dependen de otros cuarenta y se multiplican porque los retratos también son las fachadas y éstas los living (siempre vacíos) que terminan en los objetos pequeños que se protegen de la malquerencia. Pareciera haber una intencionalidad en el número, en el esquema, en la oportunidad de todo proyecto, pero algo aleatorio, esquivo y no programado le sucede: no controla su tiempo, no puede cerrarse sobre sí mismo, porque ya no es una obra, es un proceso de continuas marchas, de advenedizas circunstancias que lo deforman y lo devuelven a otros inicios. En tal sentido, la obra se vive construyendo, se hace de trozos y esquirlas.

La contingencia de las hablas entrevistadas, su discurrir audiovisual, el rumor quebrado de la imagen, hacen de los sueños de los pobladores una especie de misa ficticia, sin sermón, pero con ceremonia, donde nuevamente se intenta realizar esa política (ya no vanguardista) de cruzar el arte y la vida, pero no la vida como labor o trabajo, sino la más mínima, la más pequeña, la despojada de alergias y fotografías, la de la pérdida ...

El mestizaje de las técnicas y el bazar de los montajes, aliados para enfrentar la prepotencia de las materias asépticas y seriadas, con el fin de hacer notar el descalce de los códigos, la fractura del trupán, la conexión artesanal del cableado y la fabricación de escalas irregulares de la visualidad. Todo ello, apegado a la pulsionalidad histérica del video, al destello lumínico de la televisión que funcionan como alegorías de una presencialidad que amenaza con convertir todo en un kitsch catódico. Reírse de la propia escena, destituir jerarquías cansinas, sospechar que la obra también es víctima de sus crítica, a fin de no sentimentalizar las confesiones y recordar siempre, el subrepticio encanto televisivo que recorre la intervención, permiten a Juan Castillo trabajar las gestualidades cotidianas y conectar el doble mecanismo, que las hace borde biográfico de una excepción popular y corriente integrada a una sociedad discriminatoria y sorda.

Carlos Ossa

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