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Elogio
de la Pereza
Notas
y aproximaciones respecto de las posibilidades del estudio de la etnoliteratura
mapuche actual como etnografía del texto.
....»no
he querido expresar mi pensamiento, sino ayudarte a extraer de la indistinción
lo que tu mismo piensas»
Teoría
de la Religión, Georges Bataille.
INTRODUCCION
En la estación perdida de Temuco, entre el humo de las locomotoras
un etnógrafo baja del primer tren, con los ojos puestos en los
ramales que aún no existen, porque el tren aún no llega
ni a Collipulli donde nuestro etnógrafo quiere ... «Oír
hablar a los indios» (Lenz:1897, IV) ni a Gorbea , Chol-Chol,
Pitrufquen, Nueva Imperial, Lebu, Villarrica, ni a ninguno de los caseríos
de la Frontera, Temuco es más que nada un montón de calles
embarradas y aún no se sabe que eso es una gran ciudad, aún
se le siente como un puesto de avanzada en el fatigado camino que emprende
el que tiene por oficio fundamental el desolar ¿Quién
se acuerda del caminante, que detuvo sus pasos en esta estación
el año 1891 perdido en el humo y la neblina, que tomo el camino
de los derrotados de la rebelión de Lonko Kilapan?, y es
que el etnógrafo-filólogo no tuvo más remedio que
abandonar el calor del pedagógico y antes que eso la protección
de la universidad alemana centenaria, para tener que atreverse, por oficio
y por obsesión, con el frío que inunda los huesos del que
indaga en lo ya ausente.
No existía otra ruta para el antiguo caminante, no hay regreso
ni alternativa a la exigencia de su formación de humanista alemán,
junto a la honestidad del migrante desolado, se obliga a andar los mismos
caminos que los desoladores recorrieron hace pocos años, durante
la pacificación, su guerra es una solitaria guerra contra el olvido
y no tiene más remedio que pelearla, no puede existir más
alternativa para el observador reflexivo y responsable que volver sobre
los pasos del masacrador, para adentrarse en los despojos del mundo mapuche,
porque el profesor Lenz no viene a ver los restos materiales de una cultura
que ha sido despojada, viene a rescatar lo que queda de la derrota, lo
único que puede sobrevivir, esto es, el recuerdo de la fe perdida
y recuperada, los relatos de las andanzas cuando en el mundo no había
más que mapuches, y los otros eran sólo el enemigo, solamente
el enemigo y no los ganadores, de cuando podíamos mirarnos a la
cara, aquel tiempo en que, celebrando el encuentro dialógico que
la fiesta de la guerra significa, moviendo, manoseando las fronteras.
Cuando el aguardiente y las armas modernas no habían aún
«solucionado» el «tema» mapuche.
Como producto magistral del que se atreve a mirar la alteridad en la
ausencia, los «Estudios Araucanos» de Rodolfo Lenz publicados
en 1897 abren el camino para la recopilación directa de la producción
verbal mapuche y definen, incluso, aspectos fundamentales de nuestra actual
visión de esta etnoliteratura. Por ello, es posible decir que al
menos le debemos a Lenz dos supuestos de base plenamente vigentes; el
primero afirma que es a partir del registro directo desde donde es legitimo
extraer la información respecto de la cultura oral mapuche, el
segundo plantea que la cultura mapuche es un sistema de carácter
más bien homogéneo, radicalmente distinto a las formas culturales
occidentales.
En términos clásicos la etnoliteratura consiste básicamente
en la producción verbo simbólica de las sociedades indígenas,
por lo general ágrafas, y su estudio responde no sólo al
análisis de estas culturas sino a la necesidad de recolección
de conocimiento respecto de estas sociedades de las que probablemente,
no quedando más que el dato arqueológico registro de la
producción material, solo resta emprender la búsqueda del
dato de «las ausencias», como le gusta decir a Juan Carlos Olivares,
dato que tiene mucho que decir de los sueños más recónditos,
esos sueños que una sociedad no escribe, aunque posea escritura,
sueños tremendos y luminosos que quedan perdidos de la memoria
de los viejos, y no aparecen sino en las noches frías o en los
días atroces y grandiosos en que todos los valores parecen perdidos.
En la disyuntiva entre pensar y poetizar las culturas «Indígenas»
optaron sabiamente por poetizar, pero de ese pensar original en la metáfora
en que la cultura mapuche arrullo sus sueños poco nos dicen los
cacharros y la funébria, por lo que al arqueólogo no le
queda más remedio que soñarlos. Sea entendido el estudio
de la etnoliteratura mapuche como una arqueología de los espíritus
perdidos de esas sociedades, en el sentido que Lenz la puede haber pensado
navegando en la ausencia de la derrota.
Nos queda, no obstante la pregunta ¿qué sobrevive de la etnoliteratura
cuando ya no se trata del salvataje de los valores rescatados del olvido?
¿Que hay de original en los texto actuales de los poetas indígenas,
de los escritores híbridos que recuerdan su pasado o hacen vida
su presente desde la especificidad de lo étnico? (especificidad
que no es única para estos autores textuales). La etnoliteratura
se convierte en el producto de los abatares de estas interrogantes, en
una nueva travesía acoplada al sujeto complejo, al etnoliterato
que escribe en computadora y faxea sus lamentos y ensoñaciones
a los propios y los ajenos, soñando encontrar en el texto el árbol
tumultuoso revivido luego del corte torrencial de la aculturación.
Deseamos plantear en el ámbito de las precisiones teóricas
que, justamente en el límite entre lo que el mayor de los maestros
Carrasco llama la «poesía etnocultural del sur de Chile»,
está el tipo de etnoliteratura a la cual deseamos hacer referencia,
se trata de la otra mitad de esta etnopoesía, la elaborada por
el propio sujeto étnico, desde la vivencia de la pertenencia, desde
el ser mapuche; pertenencia asumida difícilmente y, creativamente,
constructivamente e incluso miméticamente, entre las carencias
conocidas del pertenecer al bando de los marginados y la conciencia de
la verdad de la autonomía de la identidad, navegantes en el mar
de las diferencias negadas y reasumidas.
Como se plantea en los dos artículos de Iván Carrasco titulados
«Metalengua de la poesía etnocultural chilena» I y II,
existe una obra de autores del Sur de Chile con contornos nítidos,
autónoma como tipo textual, no obstante en ella coexisten dos formas
textuales relacionadas pero a nuestro parecer autónomas, la de
los poetas y escritores de origen occidental que asumen el tema étnico,
y la de los escritores de origen étnico cuya obra es un permanente
interrogarse sobre la identidad, así, la primera se concentra e
el tema de la alteridad como conciencia radical, y en ocasiones tormentosa,
de la diferencia, la segunda se centra en la identidad propia, concentrada
en el paisaje perdido y en paisaje reconfigurado, en el espacio interior
de islas sin orillas.
Todo el camino nos lleva a la etnografía del texto, nos arrastra
a la aceptación de que la cultura vive en la palabra y sólo
de allí se hace vida. En el profético pensamiento de Lenz,
ni la homogeneización cultural moderna, ni el actual cuestionamiento
del empirismo etnográfico tenían, por razones históricas,
una cabida, ello se relaciona con su formación dentro del contexto
de la tradición historicista alemana, destacada por investigadores,
desde Latcham a los Carrasco, pasando por Yolando Pino; estos padres tutelares
nos sitúan frente a Lenz como frente un «sabio» producto
prototípico de la tradición idealista e historicista alemana,
que desde un antipositivismo en una rigurosidad extraída de la
veta filológica más primordial, unen el aporte de la sistematicidad
de la tradición filológica... «Para todos estos
trabajos no tenía yo más preparación que la que dan
los estudios de la filología comparada de las lenguas indoeuropeas
y especialmente de las lenguas neo-latinas, que con razón se considera
como la más instructiva con respecto a los métodos científicos»
(Lenz: 1897, V).
Con este tipo de afirmaciones Lenz sé autodefine como heredero
de una tradición de pensamiento europeo continental, desde autores
como Giambattista Vico (1668-1744), quien destaca el papel de la intuición
vertida en la voluntad. Voluntad de conocer por parte del investigador
y voluntad de crear significados culturales, por parte del «otro»
investigado, con lo cual la «Ciencia Nueva», crítica
del cartesianismo, se une el intuicionismo de sello romántico enarbolado
por autores como Schopenhauer y Nietzsche. Esta tradición abre
a Lenz a la posibilidad de la «comprensión» superando
la interpretación racional de corte positivista. Recordémoslo,
Lenz es heredero directo, en nuestro contexto, de esta tradición
cuestionadora de la analogización organicista y que se nutre más
bien del desarrollo de las humanidades, entendidas como expresión
de lo que Dilthey entenderá como «Las Ciencias del Espíritu».
Lo que Lenz no explícita, se expresa en su actitud etnográfica,
se hace vida en el modo comprometido de asumir el encuentro, en e trabajo
de campos intensivo, solitario y original que no puede mas que contravenir
el pensamiento social racionalista de esa época que navegaba hacia
su trono en la mente de las elites intelectuales locales.
Si no fuese así su modo de acceso al otro cultural, desde una
perspectiva humanista, definiendo así la escucha de las voces ajenas,
no hubiese podido realizarse el esfuerzo de sistematización realizado
por Lenz, no se trata de una explicación teórica desde este
andamiaje conceptual sino de la prueba innegable del uso profundo de estas
concepciones, manifestado en su actitud de investigador que supera a sus
coetáneos. Lejos esta Lenz de autores como Barros Arana, quien
en su «Historia de Chile» reconoce la diferencia cultural sólo
como un resabio de lo arcaico evitable pero que gracias a la evolución
de la historia está por extinguirse. En el sólo contraste
con este tipo de pensamiento Lenz hace vida n la tradición romántica
alemana, no la teoriza la hace vida en el encuentro etnográfico
y en la dialogía de la interpretación.
Podemos apreciar el trabajo de Lenz como el primer gran esfuerzo de sistematización,
en tanto...»incluso Lenz fue más allá de lo esperable
en un estudioso como él, de rigurosa preparación en su especialidad.
A partir de la sólida cultura de los sabios de la época,
ampliada por su inquietud e intereses varios, Lenz también
elaboró una hipótesis globalizadora que intenta explicar
el fenómeno general de la producción etnoliteraria de los
mapuches»... (Carrasco Muñoz: 1988, 35)
La confianza en le dato de campo asumido como rescate de la subjetividad
hecha «vos del otro», como también la prioridad dada
a la especificidad de la cultura mapuche, son dos supuestos de base que
nos proponemos cuestionar en el presente trabajo, sin embargo, ello no
involucra que el reconocimiento de la originalidad de la producción
etnoliteraria como su significación estética, cultural (en
el sentido antropológico) y filológica, no definan la continuidad
de la tradición de nuestros estudios etnoliterarios mapuches. El
tipo de confianza en el dato empírico enarbolado por Lenz, está
muy lejos de la lógica de la «Física Social» propugnada,
por ejemplo, en el contexto francés de principios de siglo. Justamente
su filología humanista nos permite aventurar la posibilidad de
una etnografía del texto, sin traicionar elementales aspectos de
su propuesta.
Por fidelidad a Lenz nuestro «elogio» de la «pereza»
no es ni remotamente una invitación a la inactividad, por el contrario,
desea ser la tarjeta de invitación para prender a «perder
el tiempo», como recordaba a sus alumnos el maestro Franz Boas, es
decir una invitación a la contemplación intuitiva en la
más absoluta certeza y aceptación de la alteridad.
El objeto del presente trabajo es, así entendido, mirar antropológicamente
la etnoliteratura (referida particularmente a la textualidad mapuche)
para sostener un debate en el plano interdisciplinario respecto de las
posibilidades del texto etnoliterario contemporáneo como camino
para la comprensión intercultural (con la solicitud respetuosa
de permiso a los colegas especialistas en literatura). En esta perspectiva
interdisciplinaria, intentaremos presentar nuestra propuesta; para nosotros
la etnoliteratura es una forma de antropología de las sociedades
modernas, donde el etnógrafo contemporáneo puede dar cuenta
de la diversidad, no sólo puede informar, sino que puede inferir
y soñar, como el navegante gira sus compases sobre el mapa en plena
tempestad, por supuesto mar adentro, estamos deseando narrar las nuevas
diversidades, las resistentes y, en ocasiones, violentamente sobrevivientes,
en su reformulación frente al impulso del mercado, la comunicación
y la agilidad del transporte. Por ello nuestro objetivo es el esbozar
preliminarmente y por supuesto experimentalmente, a la manera de los brujos
reavivados, la etnoliteratura como una forma de etnografía del
texto, en la cual las nuevas diversidades sean auténticamente representadas,
superando tanto la idealización romántica del indígena
de taparrabos como también el fundamentalismo, en algunos casos
ignorante, de un trabajo de campo, que nos es otra cosa que un ingenuo
empirismo que endiosa el terreno a falta de otra certidumbre frente a
la marea incontenible de la diversidad.
DEBILIDAD Y PENSAMIENTO SITUADO
¿hay derrota para el olvido en el texto?
El nuevo prisma que identificamos como emergente y posible, respecto
de la producción verbal mapuche, y probablemente de cualesquiera
etnoliteratura latinoamericana, se definen, a nuestro entender, desde
la crisis del trabajo de campo. En la conjunción de las variables
que destacaremos, vemos que la confianza en el futuro de la etnoliteratura
involucra la confianza en la posibilidad de la comunicación intercultural,
no obstante, esta confianza ya no se afirma en la suposición de
la inevitabilidad del sincretismo o al menos del envolvimiento de una
cultura respecto de otra, sino que más bien se trata de una opción
por sostener que la comunicación es posible desde el respeto irrestricto
por la especificidad, requisito ineludible si se intenta superar el «pensamiento
débil», aspecto fundamental de la condición postmoderna
que supone la relativización tanto en la acción como en
la opción por valores. La debilidad consiste en no optar, a decir
de Gianni Vattimo, generador de un pensamiento casuístico reivindicador
de la especificidad del dato etnográfico, pero incapaz de edificar
comprensiones más amplias de los fenómenos.
La etnoliteratura, considerada al menos en su dimensión antropológica,
resulta en un diálogo con lo arcaico, en un contexto donde es difícil
definir el límite entre lo arcaico y lo moderno, pasando constantemente
el objeto etnoliterario a ser o la historia oral de un tipo de sistema
social complejo o la variante de una literatura nacional o continental
específica. Por ello, la posibilidad de una etnoliteratura futura
parece sólo poder sostenerse sobre una hermenéutica del
texto, donde el trabajo de campo sea más bien un encuentro de subjetividades,
más que un desplazamiento físico y geográfico. Así,
la literatura, como perspectiva multidisciplinaria de encuentro con lo
arcaico, puede definirse, siguiendo a Vattimo como una forma de repliegue
en su forma...»- la tercera entre las que históricamente
la definieron en nuestra cultura de diálogo con lo arcaico _ pero
en el único modo en que la arché puede darse en la época
de la metafísica cumplida: la forma de la supervivencia de la condición
marginal y de la contaminación»(Vattimo: 1997, 144)
Por nuestra parte, frente al «pensamiento débil» deseamos
proponer a la etnoliteratura un tipo de «pensamiento situado»
que, al estilo de la teología latinoamericana, trabaje desde la
crisis de la metafísica de la conciencia y por ello desde el paso
hacia la filosofía del lenguaje, y que así sea capaz de
relativizar las categorías analíticas frente al texto etnoliterario,
pero que ello no obstaculice su aporte como llave para la comunicación
intercultural.
Nuestro intento en este trabajo, es el discutir respecto de la potencialidad
de la etnoliteratura como ámbito de interés de carácter
multidisciplinario, con el fin de identificar su aporte como un tipo de
análisis cultural capaz de dar cuenta del mundo indígena,
asumiendo al actor étnico como un sujeto diverso expuesto a la
globalización y cuya reivindicación de la especificidad
étnica, surge tanto desde una apelación a la tradición
cultural, como de la reivindicación de la particularidad propia
del pensamiento postmoderno. En busca de lo anterior, nos centraremos
en algunos antecedentes de la etnoliteratura mapuche como ámbito
específico y representativo que nos permite dar cuenta de las características
esenciales de la «práctica» actual de la disciplina etnoliteraria
en nuestro contexto. No podemos ni deseamos hacer aquí una historia
de la etnoliteratura mapuche, tan sólo vislumbrara los jirones
perdidos que se enarbolarán probablemente, confiamos, como las
banderas que permiten decir que el texto etnoliterario esta vivo como
también el sujeto que lo escribe.
El uso transdisciplinario de la categoría «émica»
ha puesto al descubierto también la necesidad de indagar en sistemas
de significaciones que superan al propio actor indígena, o al menos
lo expresado en sus textos, en tanto si bien asumimos como Golluscio que
en la etnoliteratura...»existe una teoría literaria nativa
entre los mapuches con categorías definidas y excluyentes»...pero
también pensamos con Golluscio que es necesario...»Profundizar
el estudio del sistema de categorías filosóficas válido
y vigente entre los mapuches, a partir del cual se estructuran y adquieren
semanticidad las categorías de análisis»...(Golluscio:
1984, 114). Cabe hacerse así preguntas tales como ¿Cuál
es la epistemología que permitiría una real profundización
en los sistemas de significaciones del otro cultural, pero que sea respetuosa
del aporte de autores como Lenz? o ¿Cómo crear un método
para la etnoliteratura el cual nos proporcione certeza de que profundizamos
en lamente del otro sin teñir la visión del texto etnoliterario
con nuestras propias percepciones?
EL CAMINO DE LAS INTUICIONES
Indicios para las respuestas en el abordaje de los trenes de la noche
En el contexto de las anteriores interrogantes respecto del proceso de
acceder al texto étnico, al referirnos particularmente a la etnoliteratura
mapuche nos parece singularmente demostrativo el referirnos, a manera
de muestra y comentario, a dos autores plenamente contemporáneos
que muy recientemente se han preocupado por el acceso a esta literatura
y específicamente a estas creaciones, en tanto tipo particular
de poética, ellos son el poeta Raúl Zurita y el antropólogo
Pedro Mege. Ni remotamente se trata de especialistas en el tema, son tan
solo diletantes que invitan a otros diletantes a sumergirse en la plena
posibilidad de superar el olvido desde la apertura al texto, nuevos pasajeros
van abordando los trenes de la noche que como a Teillier, nos hagan encontrarnos
con lo olvidado, acordarnos de lo perdido, el tren navega en el texto
y sus rieles son inconmensurables por que son la propia posibilidad de
la creación etnoliteraria.
Ambos esfuerzos están encaminados a la comprensión de la
literatura mapuche y específicamente de la obra de Leonel Lienlaf,
sin embargo, no se pretende hablar por el indígena, sino que por
el contrario existe una claridad respecto de la posibilidad única
y valiosa de asumir la etnoliteratura como una posibilidad de encuentro
intercultural, al menos se trata de un intento que a nuestro entender
reviste un carácter hermenéutico, consciente o no. Vemos
como que se preocupen los indígenas, sea la etnoliteratura una
instancia de diálogo intercultural, con todo la precariedad que
estos intentos pueden poseer.
Así, Mege nos cuenta...»Leonel Lienlaf nos miraba desde
su distancia y desde su comprensión, Carlos Aldunate y yo lo observábamos
con objetividad: ¿Podríamos entender su poética? La
poesía de su gente. Este trabajo nace de un complemento entre una
estética, la poesía mapuche, y un esfuerzo de comprensión,
la etnología araucana. Es la poesía que recogió Leonel,
tradujo y explicó a los etnólogos. La responsabilidad interpretativa
y formal de este texto me pertenece y pudo adquirir más lucidez
gracias a la mirada atenta de Carlos Aldunate, sin embargo, el producto
final es mérito de Leonel Lienlaf»...(Mege: 1997, 45)
Por su parte Zurita en la introducción del libro ...»Se ha
despertado el Ave de mi Corazón»... de Leonel Lienlaf, se
refiere al acceso a esta poesía planteando su carácter sui
generis, no sin antes destacar el que la posibilidad de comprenderla
esta dada por asunción de los propios dolores y las propias esperanzas,
por ello la poesía de Lienlaf no es descifrada sino «comprendida»
desde la particular contingencia de Zurita, sin exclusiones, sólo
confiando en el particular intento de comprensión emprendido. Por
ello vemos la intuición de la necesidad de un acceso hermenéutico
centrado en el asumir los valores propios y ajenos y edificado sobre una
ética plenamente consciente, mas estos supuestos están aún
en la nebulosa de la intuición más que en el plano de la
sistematización teórica.
En el límite de la comprensión está la honestidad
de quien interpreta y la buena voluntad de quien crea el mensaje, pero
ambas cosas no bastan para superar la incomunicación, la interculturalidad
no es un don gratuito ni un fenómeno natural, por el contrario,
es el logro más tremendo al que las ciencias humanas pueden aspirar.
Por ello la comprensión intercultural cae casi en el ámbito
de la utopía, su logro parcial es ya un mérito, pero lo
más probable y lo más común es la incomunicación
cobijada bajo el intento de ver con mirada ajena.
Ni Zurita ni Mege logran superar del todo la incomunicación, pero
el camino que va desde Rodolfo Lenz pasando por Yolando Pino hasta los
trabajos de Iván y Hugo Carrasco, son parte de la esperanza de
que la comunicación intercultural sea en nuestro país posible,
asumiendo a la etnoliteratura como una posibilidad de encuentro hermenéutico
particularmente propicia. Evidentemente la opción hermenéutica
no subyace a prácticamente ningún análisis, salvo
el caso de los estudios de Ricardo Salas sobre el discurso ritual mapuche.
Por otra parte, no es una simple casualidad que el acceso del poeta y
del antropólogo sean semejantes, ello tiene que ver directamente
tanto con la crítica de la racionalización científica
presente en nuestras ciencias humanas y también con la aparición
de una fuerte «analogización estética» al interior
del pensamiento social occidental, lo cual tiene su expresión particular
tanto en la reivindicación de lo étnico al interior de la
literatura chilena, como también con la aparición de la
antropología poética, la cual desde las ciencias sociales
radicaliza la analogización estética misma, por ello poesía
y antropología representan un punto de partida para el surgimiento
de un enfoque multidisciplinario para la literatura, el cual no quede
capturado ni en la racionalidad científica ni en la estética
irracionalizante, sino que se trate de un enfoque humanista el cual, desde
una perspectiva hermenéutica, colabore con el encuentro y el diálogo
intercultural. En nuestra opinión este humanismo es coherente tanto
con los chispazos de Vico como con la filología propuesta y practicada
por Lenz. Puede así la etnoliteratura ser el arte del encuentro,
puede así también ella lograr que la comunicación
intercultural sea más probable.
Por nuestra parte nos parece imprescindible marcar los límites
del acceso al otro presente en el texto etnoliterario, asumiendo que a
lo más es el autor textual el que vemos reflejado, y que todo análisis
lo que permite es un acceso al texto mismo y no a la complejidad de un
sistema cultural originador de esa textualidad. Una cultura es un todo
demasiado diverso, no existe texto capaz de cobijarla...ni lector capaz
de reconocerla.
LA LITERATURA DE LOS GRUPOS ÉTNICOS COMO SUJETO DE ANÁLISIS
CULTURAL
(O de la fatiga del trabajo de campo)
Si asumimos la actual producción etnoliteraria, la que en la gran
mayoría de los casos corresponde a producciones escritas, por parte
de sujetos conocedores de elementos significativos tanto de la cultura
occidental como de su cultura tradicional, la etnoliteratura futura no
será un producto del trabajo de campo del etnógrafo en terreno
o de la recopilación del folklorista, sino el producto de conglomerados
culturales con sus propios intelectuales orgánicos, por esto la
literatura de los grupos étnicos será ante todo textos que
reivindican la particularidad, pero desde el manejo de los contenidos
más sofisticados de la cultura occidental. El literato indígena
probablemente será universitario, alguien expuesto a los medios
de comunicación, pero que sin embargo, reivindicará su identidad
étnica y procurará ser representativo de una identidad,
la cual poseerá características adaptativamente reformuladas,
pero no por eso menos autónomas que en el pasado.
Seguramente la etnoliteratura se constituirá en un espacio de
investigación donde el trabajo de campo como hoy lo conocemos se
encontrará técnica y conceptualmente agotado, en tanto ya
en la actualidad la literatura de los grupos étnicos no es una
forma de texto oral casi arqueológico, sino que por el contrario,
se trata de un tipo de elaboración que por su carácter de
doble codificación, es decir, estar elaborados en una lengua tradicional
y otra moderna, lo que a decir de Iván Carrasco, involucra necesariamente
un complejo proceso de interacción étnica y/o cultural,
o por ser textos sistemáticamente recopilados por especialistas
de distintas disciplinas, poseen una literalidad que los ponen al alcance
de análisis equivalente a cualesquiera elaboración estético-literaria
occidental.
No obstante, estos textos no pueden ser analizados sólo desde
el prisma literario, debido a que la interconexión de los sistemas
sociales al interior de las culturas no occidentales ponen a estos textos
como espejos de su configuración cultural, por lo cual, junto a
sus sistemas religiosos, son los caminos privilegiados para acceder al
«otro moderno», homogéneo y fragmentado, distinto, pero
inevitablemente equivalente, ello asociado a una nueva corriente denominada
como «estudios culturales», nos hacen pensar en la etnoliteratura
como una clave de acceso a la diversidad cultural, donde distintas disciplinas
pueden aportar al análisis cultural centrado en la interpretación
de un sistema étnico social específico. Se trata por ello
(de superar nociones como las del folklore literario o de etnografía
clásica) de llegar a entender estas construcciones estéticas
como pantallas que representan una cultura y a una etnicidad como también
a la interconexión de distintas identidades particulares.
¿Pueden estos tipos de acceso entregarnos a un camino?. Si pero
es necesario rescatar el aporte de la reciente etnoliteratura para encontrar
este camino y constituir a esta disciplina como una hermenéutica
cultural realmente interdisciplinaria que aporte al diálogo intercultural
e interétnico.
LA INTERDISCIPLINA Y EL CONCEPTO DE CULTURA
Afirmar que la etnoliteratura es la disciplina que se preocupa del estudio
de las formas literarias producidas por los grupos étnicos es una
gran verdad y al mismo tiempo una tremenda ambigüedad, en tanto subsiste
la pregunta respecto de los límites de las identidades étnicas
respecto de los sistemas sociales y de sus identidades culturales asociadas,
tanto a nivel subcultural como macrosocial.
Desde la crítica de la escuela de Francfort hasta los planeamientos
de autores latinoamericanos como Franz Hinkelammert y Pedro Morandé,
se ha planteado la independencia del concepto de cultura respecto del
de sociedad. El concepto de cultura es uno de los más utilizados
en los últimos tiempos. Desde el término desarrollado por
Tylor, que lo define como «aquella totalidad compleja que incluye
conocimientos, creencias, arte, costumbres y cualesquiera otras aptitudes
o hábitos adquiridos por el ser humano como miembro de la sociedad»
(Khan, cfr.1975), el recorrido histórico de este concepto ha
sido abrupto, siendo principalmente la antropología sociocultural
la responsable de ubicarlo en la cúspide del debate, por lo que
el paso de esta disciplina desde le estudio de los «primitivos»,
hacia el análisis de las sociedades complejas, ha llevado al concepto,
de ser un término genérico para denominar aquello de las
sociedades no occidentales que era más difícil de definir,
hasta ser un concepto de múltiples usos, que pasa a expresar los
límites de la comprensión al interior de nuestra propia
sociedad, debido a lo cual el concepto de cultura es un derivado obvio
en tanto denomina lo diferente dentro de los límites mismos de
lo moderno en el contexto latinoamericano.
En el escenario de lo latinoamericano esta tendencia es aún más
radical , debido principalmente al papel que el sincretismo cultural en
general ha tenido en la constitución de nuestras sociedades, encontrándose
la proyección más concreta de esta situación en las
transformaciones que ha sufrido el análisis sociocultural al interior
del pensamiento social latinoamericano, en tanto la nueva e intensa valoración
del concepto es sin duda la expresión del modo en que en América
Latina se piensa la realidad hoy en día.
En el contexto de la crisis del desarrollismo y de las teorías
sociales que lo sustentaban, lo cual se presenta paralelamente con una
penetración intensa de valores propios de la globalización
de los mercados, la influencia preponderante de los medios de comunicación
y la agilización de los medios de transporte, la constitución
de lo moderno en América Latina posee la peculiaridad de expresarse
desde un fenómeno que a decir de Néstor García Canclini
es el de la hibridación, entendiendo por hibridación un
estado de cosas en el cual simultáneamente convivimos con valores
y prácticas propias de la modernidad y con otras que pertenecen
a lo más profundo de las formas culturales tradicionales latinoamericanas,
agudizándose esto por un proceso peculiar de sincretización
en el cual ni lo tradicional ni lo moderno se presentan químicamente
puros.
Es así, como las formas culturales populares, en tanto formas
híbridas, conforman un universo heterogéneo en el cual ni
la modernidad ni lo tradicional se expresan con exclusividad, edificando
un escenario simbólico y conductual desigual, incluso dentro de
una inserción semejante al interior del sistema productivo, fenómeno
en torno al cual la antropología y sociología han debido
dar cuenta.
Tal diversidad reviste al concepto de cultura de un carácter polisémico,
que no es más que expresión de la gran heterogeneidad en
el tratamiento del concepto que hoy evidencian nuestras ciencias sociales,
por lo cual el concepto de arte popular como ejemplo de esto, pasa a denominar
fenómenos muy disímiles entre sí, como lo son expresiones
del arte indígena o manifestaciones culturales derivadas de los
medios de comunicación de masas
Le debemos al romanticismo latinoamericano el poner el tema de la identidad
en el centro de las polémicas, tanto intelectuales como políticas,
en tanto ese es el modo concreto por medio del se resuelve la anarquía
posterior a los procesos independentistas, donde contra el caudillismo
y regionalismo se plantea un concepto de Estado-nación.
En este contexto los conceptos de identidad étnica e identidad
cultural poseen un itinerario en el cual se definen desde un horizonte
estético, para pasar luego a ser redefinidos por las ciencias sociales.
Sin embargo, estos tienden a confundirse, fundamentalmente siendo entendidos
como sinónimos, olvidándose que en términos de sus
orígenes y desde la epistemología misma de las ciencias
humanas, ambos son fenómenos de carácter diferente, con
un sentido referido a categorías no mutuamente excluyentes pero
vinculados a realidades distintas.
Así, afirmaremos que el concepto de identidad étnica se
refiere a una dimensión de la conciencia social, sustentado desde
una identidad con fuentes históricas sólidas, que se define
básicamente desde criterios de adscripción e identificación,
mientras que la identidad cultural se refiere al conjunto de valores que
definen la acción social, ya sea a nivel individual como también
colectivo, definida desde la adscripción a una cultura específica.
La confusión entre etnicidad e identidad cultural surge principalmente
en los últimos tiempos debido fundamentalmente a la intersección
de estas categorías con el concepto de clase social, en tanto el
funcionalismo positivista como el marxismo suponían la dependencia
de las identidades particulares de la inserción de los sujetos
específicos dentro de un ámbito de la estructura social
particularmente en términos de su ubicación en una clase
o en un segmento de clase específica, haciendo depender el análisis
de las identidades particulares del análisis de la estructura social,
en tanto «se estableció como punto de partida un concepto
central donde convergen el análisis funcional de la sociedad y
el análisis de los valores. Tanto el pensamiento liberal iluminista
como el pensamiento marxista parten de la idea de la convergencia de ambos
planos y tratan la diferencia entre las relaciones estructuales-funcionales
y los valores como una apariencia detrás de la cual existe una
identidad de los dos planos» (Hinkelammert:cfr, 1970).
La independencia de estas categorías identitarias respecto de
los conceptos de clase y estructura social, supone el asumir la dinámica
de cada una de estas realidades, su interdependencia, pero también
su autonomía, entendiéndose desde la teoría social
hoy lo étnico como criterio distintivo de un grupo social desde
la caracterización de sus criterios de adscripción e identificación
y el de la identidad cultural como aquello que caracteriza la confluencia
de un sistema de valores definitorios de la conducta social.
Identificamos a la etnoliteratura, en tanto disciplina, como el estudio
de las formas literarias propias de la producción verbal de grupos
étnicos específicos, pero con estrecho contacto con formas
culturales diversas al interior del sistema de valores de un grupo étnico
que elaboran esta producción verbal. Pensar en la etnoliteratura
como aquello que estudia la producción verbal de grupos químicamente
puros, homogéneos y absolutamente autónomos, es para nosotros
una ilusión...tan común en la alienación edificada
desde nuestra romántica.
NEGAR LO DIVERSO, UN ASUNTO DE HOMBRES DE PAZ
Fiel a su formación Lenz es honesto en asociar el desarrollo del
Chile republicano con sus desvelos filológicos, él entiende
que su esfuerzo no es gratuito «Creo que las relaciones entre
chilenos e indios serían mucho mejores i más fructíferas
si se comprendieran mejor unos a otros. ¿Cómo podemos esperar
que millares de indios aprendan castellano, si no hai casi ningún
chileno que quiera aprender el araucano para servir después de
maestro? Por esto, el estudio del araucano tiene una importancia práctica
para la República i vale también la pena fomentarlo por
todos los medios»(Lenz: 1897, XV)
Nuestro autor coincide con categorías como las de folklore surgida
al alero del Estado-nación romántico, ella significó
la posibilidad de apelar a una identidad cultural común desde la
suposición de identidad tanto entre ethos y logos, como entre la
estructura y el valor. Aquello significó la resolución,
al menos parcial, de las tensiones entre los distintos caudillismo y regionalismos
tanto en el contexto europeo como latinoamericano, pero también
significó un sistemático proceso de invisibilización
de la diversidad étnica concreta en el contexto latinoamericano,
remitiéndose ella a la dimensión histórico-folklórica
fuertemente idealizada desde tipos ideales estéticos, siendo casos
como los de Lenz raros en tanto investigaciones empíricas respecto
de la producción etnoliteraria mapuche. Debido a lo anterior se
olvida a los sujeto culturales reales, en pugna por los mismos recursos
naturales que se constituirán en la base de estas nuevas naciones
latinoamericanas.
Apelaciones como la invitación que Bello hace a la poesía,
desde Europa, a venirse a estas tierras, posibilita la constitución
de una tradición desde un sello estético, pero oculta la
otra poesía, la que permite la transmisión y creación
cultural dentro de los sistemas culturales indígenas latinoamericanos,
la poesía occidental es invitada para olvidar la poesía
étnica ya existente. Ello debido a la necesidad de configurar alguna
visión del indígena, ajena a las manifestaciones culturales
de éste, donde el indígena se caracteriza desde coordenadas
occidentales, ello como necesidad ineludible para el tipo de comprensión
que caracteriza al Estado nación latinoamericano, configuradora
de «El sujeto ficticio, inventado, se ubica siempre con referencia
a su cultura y a sus modos codificados de expresión»(Clifford:
1995, 121). Coincidimos con James Clifford en lo que respecta a afirmar
que es el siglo XIX el responsable de introducir en el pensamiento occidental
un concepto de cultura como autoconciencia de la diversidad, asociado
ello a la crítica de las generalizaciones de corte racionalista
ilustrado, y decimos junto a Clifford que es «Nietzsche, tal vez
más que Tylor, fue el principal inventor de la idea relativista
de la cultura»(Clifford: 1995, 120)
Abriéndose paso desde el siglo XIX, irrumpe de manera laboriosa,
pero también efectivamente, una manera de asumir la diversidad
cultural fuertemente cargada de una visión romántica de
ésta, la cual penetra no sólo la reflexión, sino
también una parte importante del acceso empírico a la diversidad
desde la suposición de una cierta isomorfía entre lenguaje,
pensamiento y realidad, por lo cual lo visto y lo dicho por el sabio es
la única verdad posible en torno al mundo.
De esta perspectiva, abierta por los estudios humanísticos para
insertarse con bastante posterioridad en las ciencias sociales, Lenz es
un preclaro ejemplo; el centro del interés de Lenz corresponde
al ámbito filológico, respondiendo así a su formación
difusionista alemana, pero también abriendo por este medio una
comprensión de la «literatura mapuche», la cual, al igual
que Vico, asume desde la suposición del carácter prevaricador
del lenguaje como elemento definitorio de la cosmovisión de esta
cultura, con lo cual se adelanta un tanto a su época en el rescate
y análisis del discurso como fuente de conocimiento respecto de
un sistema cultural.
Desde el rescate del aporte de Lenz, un siglo después y con todas
las precauciones que la contextualización histórica requiere,
podemos pensar a la etnoliteratura como una propuesta en la cual se asume
al bagaje de disciplinas como la filología, la etnología
y el folklore, trabajándose, no obstante hoy, como hemos ya afirmado,
desde la crisis de la metafísica de la conciencia. Su actual disyuntiva
tiene que ver con la superación del relativismo radicalizado a
nivel teórico y del cognitivismo «emic» a nivel metodológico
por ello ¿Cómo asumir una perspectiva «densa» que
sea capaz de trabajar en la tensión entre fragmentación
y homogeneización?
EL DESLUMBRAMIENTO DEL EMIC
Del método a la teoría y luego la ideología
Vemos que en las ciencias humanas en el contexto latinoamericano se asume
la diversidad como crítica del positivismo y de su substrato racional
iluminista, pero, de manera simultánea, se patentiza la diversidad
desde el trabajo de campo neopositivista, desde la reivindicación
a ultranza de la experiencia.
El sujeto asumido desde la subjetividad etnográfica abre paso
al «emic» radicalizado, del cual la etnoliteratura es el sujeto,
subjetivo y relativo, hecho texto. Nos atrevemos a afirmar que en muchos
casos la etnoliteratura significa la elaboración de un sujeto ficticio
centrado en el «emic».
En la década de los 50 la ideología relativista axiológica
tuvo un correlato metodológico de profundas repercusiones en el
pensamiento social occidental, esto es la llamada perspectiva cognitivista
o de la nueva etnografía. Esta perspectiva se fundamentó
en la postura de Kenneth Pike, quien asumió el concepto de análisis
fonémico propio de la lingüística para traspasarlo
al análisis cultural. En este sentido se critica el clasicismo
etnográfico en tanto se sostiene que éste sería efecto
de un tipo de positivismo que resulta incapaz de superar la dimensión
externa de los fenómenos, con lo cual se alude directamente a la
fonética como análisis exterior de las lenguas. Esta fonémica
de la cultura estuvo asociada, como ya planeamos, a la perspectiva relativista,
dentro de un flujo cultural no ajeno a fenómenos tan particulares
como el movimiento Beatking y el existencialismo.
Desde este relativismo axiológico unido a una fonémica
metodológica emergen los distintos «prefijos étnicos»
que tanta influencia ha tenido en las ciencias humanas de décadas
posteriores, tales como la etnomedicina, el etnodesarrollo, la etnociencia
y por supuesto la etnoliteratura. Es así, como la claridad conceptual
en el uso de este concepto requiere de identificar su fuente en este cognitivismo
emico y asumir que su significado ha estado asociado a un subjetivismo
centrado en las percepciones de los actores y que, a nivel del análisis,
se define desde un relativismo respecto del ascenso a los valores en su
dimensión transcultural.
Corrientes como el indianismo antropológico definirán la
perspectiva etnoliteraria, como intento de determinar la visión
respecto de este tipo de producción verbal desde las percepciones
de los actores, sin que ello resulte completo al momento de superar la
émica de esta literatura y llegar a un análisis de carácter
más amplio, como superación de la fe ideológica de
meterse en la cabeza del otro. La dificultad reside en asumir el modo
en que los valores del especialista en etnoliteratura penetran la visión
que éste tendrá del fenómeno literario en contexto
étnicos, es decir, el modo en que los propios procesos aculturativos
del investigador penetran el acceso a la obra étnico-literaria,
quedando al menos claro que el acceso a la etnoliteratura no se hace con
la cabeza limpia de prejuicios...las cabezas limpias no piensan, como
tampoco se puede ver desde los ojos del otro, cada mirada es única,
por ello no puede ser requisada.
Podemos de esta manera vincular algunas acepciones del concepto de etnoliteratura
con el concepto de «robo del habla», ya definido por intelectuales
indígenas de manera sistemática. La crítica actual
de numerosas actores indígenas de manera sistemática. La
crítica actual de numerosos actores indígenas ya no se concentra
en la pretensión objetivista del análisis positivista de
corte estructural/funcionalista, sino que se dirige hacia la pretensión
cognitivista de introducirse en la cabeza del otro, lo que involucra el
adjudicarse la representatividad respecto del mundo indígena.
NUESTRO ALTANERO ELOGIO DE LA PERZA
O LA POSIBILIDAD DE LA ETNOGRAFIA DEL TEXTO
La etnografía del texto como acceso interdisciplinario a los diversos
tipos de textualidad que en una cultura se generan, creemos que representa
un camino para acceder a la complejidad creciente del hecho etnoliterario,
complejidad que ya ha sido expresada desde Lenz hasta las actuales reflexiones
respecto de la temática.
Desde nuestra perspectiva, la potencialidad de la etnoliteratura como
perspectiva interdisciplinaria, es tremenda. Para nosotros la etnoliteratura
puede consitituirse en una alternativa al empirismo de corte positivista
que supone la isomorfía entre lenguaje, pensamiento y realidad
para ubicarse plenamente desde la epistemología de la filosofía
del lenguaje.
Un indicio significativo lo representa la siguiente la siguiente interrogante
y su respuesta consiguiente «¿Cómo analizar estas
obras si no poseemos su clave significativa, porque no conocemos su naturaleza
misma?... No existe, que yo sepa, una solución semiótica
a este problema. Los investigadores folklóricos se han decidido
en la mayoría de los casos a estudiarlo desde la perspectiva de
su especialidad (literaria o musical) o bien a incorporar los distintos
elementos de la obra en dos áreas diferentes, o sea, analizar la
letra de la canción como literatura y la melodía como música.
La conclusión, muy salomónica por lo demás, destruye
el objeto: ya no tenemos una canción, sino dos cosas: un texto,
que bien puede ser considerado como un poema, y una melodía. Pero
en ningún caso es una canción. La solución por lo
tanto deja de serlo»... (Carrasco. 1988, 707).
El surgimiento de la etnoliteratura en nuestro país se corresponde
básicamente con la aparición de una generación de
investigadores, formados principalmente en el ámbito de la literatura
que se sensibilizan respecto de las formas literarias mapuches tanto en
su versión tradicional como escrita en doble registro, investigadores
influidos a su vez por la formación antropológica que en
nuestro país se entregaba en las décadas de los 60 y 70.
El sólo concepto de literatura nos evoca un producto cultural,
definido desde la cultura occidental desde una función social específica,
la ubicación en géneros nos remite a la clasificación
de las expresiones literarias dentro de un conjunto de funciones sociales,
y más específicamente en el contexto de un tipo de sociedad
cuyas esferas o sistemas sociales ase encuentran altamente diferenciados,
así el nacimiento de las ciudades, la secularización al
menos parcial del conocimiento y por último la constitución
de los Estados-nación europeos hacen posible el surgimiento de
un tipo de producto cultural llamado literatura y que poseería
la capacidad de convocar respecto de valores y significaciones a una estructura
social recientemente complejizada.
Cabe, sin embargo, preguntarse que sentido tiene esto para sociedades
que a decir de Lévi-Strauss no realizaron opciones como la de crear
un aparato militar o lo que es peor devastar sus ecosistemas con tecnologías
expansivas.
Evidentemente el concepto de literatura no dice nada y el prefijo «etno»
da cuenta de un asumir la diferencia, pero no describe la especificidad
de este fenómeno, por otra parte el concepto de folklore con todo
el respeto que promete como la romántica unificadora, sólo
se corresponde con categorías como la de esquizofrenia, conjunto
de rasgos aún ni interpretados que sólo señalan los
límites de la comprensión intercultural. Falta que ocurra
con las formas etnoliterarias lo que con la histeria y el totemismo, según
dijo Claude Lévi-Strauss, esto es, que pasemos de los significantes
flotantes a metáforas, o al menos a modestos conceptos capaces
de dar cuenta de las narrativas de las culturas no occidentales más
allá de la presunción de objetividad o de pensar que «nos
metemos en la cabeza del otro».
Conceptos desarrollados, como el de Iván Carrasco de «hibridez
estructural», nos llevan a asumir la necesidad de la generación
de neologismos que den cuenta de la especificidad del hecho étnico
literario, el cual se mueve entre diversas aguas, tales como la de la
estética, la ideología o los sistemas religiosos-rituales,
como también es expresión de la transculturalización
creciente de los grupos que lo producen, con lo cual queda demostrado
la influencia que sobre esta textualidad tiene la creciente tensión
entre homogeneidad y reivindicación de la especificidad cultural
«Una de las características fundamentales de la literatura
mapuche es su heterogeneidad o hibridez estructural, es decir, la capacidad
que poseen los diversos elementos que conforman la estructura de gran
parte de sus textos literarios de aportar varias significaciones simultáneas
que no se excluyen mutuamente, sino se integran en unidades significativas
multifacéticas con predominio de lo dual. En otras palabras, cada
elemento no designa unívocamente a un solo aspecto de la realidad,
sino en forma simultánea a dos o más» (Carrasco:
1983, 23)
Desde la perspectiva de Lázaro Carreter «Nuestra división
funcional del lenguaje permite considerar la literatura oral o escrita
como manifestación (no única, según vemos) del lenguaje
literal. El hecho de que el folklore literario ofrezca multitud de variantes
como accidentes de su transmisión no lo exime de obedecer a los
mecanismos de la lengua literal» (Carreter: 1980, 160). Para
Hugo Carrasco es fundamental considerar en la obra etnoliteraria un proyecto
que «programa de composición» es decir...»un
repertorio de constricciones y de marcas formales que el emisor emplea
en la organización del mensaje para asegurar la perdurabilidad
del texto y que sirve al receptor para percibir la estructuración
del mismo» (Carrasco: 1986, 127). Más allá de la
clásica y necesaria clasificación en literatura oral y literatura
escrita, resulta fundamental esta caracterización que sitúa
a la etnoliteratura más en el plano de la «intención»
del autor que en la caracterización del contexto sea este tradicional
o moderno, escribe etnoliteratura quien se compenetra y posee una identidad
étnica y cultural siendo un modo de transmitir y crear esa identidad.
La etnoliteratura no es la literatura del «bárbaro» ni
siquiera la del no occidental, sino de quien reivindica una especificidad
sobre todo en el actual contexto homogeneizante de la modernidad.
En el contexto de la etnografía postmoderna podemos ver tanto
que en el plano de aquello que Karla Poewe (de la Universidad de Calgary)
ha comprendido como la proliferación de «Experimental Ethnologies»,
donde la textualidad de corte literario penetra ya en el plano plenamente
consciente la retórica del discurso etnográfico.
El paso fundamental que el concepto de etnoliteratura significa es la
superación del concepto de folklore literario para dar a la literatura
del otro cultural un estatus al menos parcialmente equivalente a la propia
obra verbal escrita occidental, pero su limitación aparece donde
emergió su fortaleza, en tanto el prefijo «etno» asume
la posibilidad de una cabal comprensión de este tipo de obras.
EL CAMINO DE LA ETNOGRAFIA DEL TEXTO
o el tránsito en los trenes de la noche
El remoto Martín Gusinde anda vagando por los paisajes del sur,
junto a la sombra de los tatarabuelos de los nuevos etnoliteratos, de
los que van a la universidad y publican libros, de los que hacen renunciar
a sus estudiosos a la creación de la propia poesía para
capciosamente constituir una mimesis o una «poesía vicaria»,
que no es otra cosa que la alteridad hecha texto, donde se deposita el
«otro» y el «nosotros», donde se intenta comprender
desde las ciencias humanas, o vengarse del propio olvido y del ajeno.
Nos preguntamos ¿Cuál es el camino adecuado para la reflexión
teórica en etnoliteratura? Y evidentemente llegan a nuestra mente
los ecos de los «antiguos», (como a los mapuche les gusta decir)
no los ancianos que crearon los cuentos pretéritos, sino los remotos
etnógrafos que a la manera de Lenz o Gusinde tuvieron la audacia
de sumergirse en la diversidad, que no poseían el andamiaje legítimamente
que envuelve a las búsquedas contemporáneas, que se quedaron
con las más pequeñas bocas, bocas casi desaparecidas, agónicas
en las ruinas del desamparo, los sobrevivientes de las pacificaciones
cuya única paz ya era la de la invisivilización, cuando
el etnocidio hace ya casi invisible al otro, el remoto idealismo alemán
que dio el andamiaje ideológico del estado-nación europeo
monocultural y etnocéntrico, viene desde esas «ciencias del
espíritu» a salvar de lo irreparable del olvido, los vestigios
de los valores que hicieron posible la actual diferencia.
El sueño de Lenz, Yolando Pino, de los hermanos Carrasco, es un
sueño premonitorio de alguna parte imaginaron que los textos mapuches
eran más que la arqueología del símbolo, eran, por
el contrario, una instancia donde el sujeto no se diluye. Nuestro itinerario
es ese del rescate en el reconocimiento de la diferencia, y los actuales
procesos de reedificación no serían hoy posibles sin el
doloroso sacrificio, la inmolación de la propia teatralidad, que
en una transacción simbólica, en un pacto con lo eterno,
renunciaron su propia poesía, a crear su propio arte, quizás
conscientes de aquello que planteaba Neruda en el sentido de que sobran
obras de arte que ya no hay donde colgarlas, faltan muros para depositar
la egolatría de quienes superponen su voz a la del resto.
Si. estimados maestros, reconocemos aquí la renuncia, y aunque
nunca sobran poetas falta quienes cultiven la poesía del rescate
de la ausencia, la poesía de la escucha, la recopilación
y el análisis, cuyo resultado es esta poesía posible, la
del salvataje de los sueños perdidos. En esos sueños amanecemos
nuevamente, acorralados por las fuerzas que nos quieren hacer iguales
y el rumor de los «poetas de la escucha» que insisten en que
reconozcamos que somos diferentes.
Como en los trenes de la noche de Teillier, salvados del alcoholismo
por lo vertiginoso del método, la travesía en este tren
de la memoria hace sus paradas y permite a los pasajeros reconocerse,
en la nueva etnopoesía en la etnoculturalidad de la memoria de
los propios mapuches modernos, están los rieles inconmensurables
que nos conducen a nosotros mismos, a la inmensa verdad hermenéutica
de la abuelita mapuche que todos tenemos escondida, que quizás
se borró en la vorágine de la pretensión de ascenso
social que envenena a nuestra respetada clase media, el tren sigue su
recorrido y nos permite sentarnos en la misma mesa con Elicura Chihuailaf
y Leonel Lienlaf a preguntarles pausadamente en que momento preciso nos
convertimos en los otros, en que momento fuimos etnoliterato y etnógrafo,
mientras la abuelita mapuche, que ni en los momento más difíciles
perdió la memoria, toma el tren con nosotros y a la escucha del
texto nos vamos precipitando entremedio de los rieles entonando la poesía
cantada, frente a la cual el etnógrafo del texto sólo puede
tener contemplación, es decir, la forma más pura en la hermenéutica
de la comprensión, eso es el más absoluto silencio
CONCLUSIONES
Hoy podemos reivindicar a la etnoliteratura como un espacio etnográfico
donde lo experiencial puede ser asumido junto a lo experimental en la
«poesía del rescate de la ausencia». Las nuevas islas
desolados están habitadas por un texto que emerge de manera oral
o en forma escrita, desde sujetos autoconscientes de su identidad étnica
y que generan una textualidad desde un espacio de juego tan amplio como
la que corresponde a las obras plenamente insertas y por ello creadas
dentro de los límites de las culturas tradicionales hasta obras
que expresen ya sea la yuxtaposición de categorías culturales
o la síntesis entre la estética literaria occidental y las
significaciones «emic».
Es aquí donde James Frazer se rehabilita. La nueva etnografía
de gabinete puede constituirse desde la reivindicación del acceso
multidisciplinario e interdisciplinario respecto de los textos etnoliterarios,
el creciente acceso de los grupos étnicos a los medios de comunicación
de masas como a la educación formal, genera una posibilidad de
encuentro intercultural mucho más simétrico donde la etnoliteratura
representa el producto más profundo de la síntesis o al
menos del encuentro, entre estos grupos y el mundo globalizado moderno.
Desde la reivindicación de la particularidad de carácter
postmoderno, la etnoliteratura representa un espacio dinámico de
reelaboración identitaria, donde la vida cultural de un grupo étnico
puede presentarse, nítida en su complejidad y actualidad tanto
simbólica como material, el nuevo etnógrafo frente a su
computadora caminará por los senderos de las significaciones, las
islas perdidas serán los textos que en el acceso multidisciplinario
serán descubiertas por el navegante de gabinete.
El norteaméricano James Boon en su libro «Other Tribes, Other
Scribes. Symbolic Anthropology in Comparative Study of Cultures, Histories,
Religions, and Texts», plantea justamente la necesidad de resituar
al análisis cultural más allá del empirismo o el
cognitivismo, para ello echa mano del concepto de interpretación
desde una perspectiva webereana, donde la verdadera comprensión
no involucra una confianza ciega en el trabajo de terreno, como tampoco
una fe irrestricta en el habla del sujeto, por el contrario el acceso
hermenéutico cultural propuesto por Boom pone al mismo nivel el
análisis de terreno con el texto analizado en el escritorio, por
ello nuestro autor nos invita a desacralizar el trabajo de campo.
Desde nuestra perspectiva esta desacralización es plenamente posible,
en tanto cabe preguntarnos ¿Qué extraño y prohibido
procedimiento involucra el trabajo de campo que hace al investigador confiar
ciegamente en la data obtenida? Como también podríamos preguntar
¿Qué es lo que nos permite asumir que lo dicho por el informante
es plenamente comprendido por nosotros? ¿ Cómo nos podemos
introducir en la cabeza del otro?
Este tipo de cuestionamiento se inserta plenamente dentro de los límites
de la antropología postmoderna como también en la corriente
de estudios culturales actualmente desarrollada interdisciplinariamente
en Europa y Estados Unidos, sin embargo, más que copiar el procedimiento
o cuestionamiento, lo útil es preguntarnos como asumir la tradición
de análisis etnoliterario de nuestro país iniciada por autores
como Lenz y continuada por diversos profesionales y estudiosos, y cómo
convertirla en un tipo de acceso a nuestras formas culturales indígenas,
desde el contexto de transformación que éstas viven y que
nos hace situarlas en el ámbito complejo de nuestros intentos modernizadores.
Como ya se ha dicho «En el campo de la teoría literaria
o estudios literarios y, en particular, de la semiótica, la etnoliteratura
se distingue por el énfasis que pone en la percepción ´emica´
no excluyente de los fenómenos; por la concepción necesaria
del texto como complejo textual heterogéneo; y por la importancia
que otorga a la situación de producción y recepción
del texto en el ámbito de la cultura en que se genera ya los mecanismos
textuales y contextuales que la rigen, lo que incide en destacar también
la funcionalidad de los textos en la tradición cultural de la comunidad»(Carrasco
Muñoz: 1989, 3)
¿Qué otra cosa no será la etnoliteratura en el futuro,
sino el estudio de texto elaborados por sujetos multilingües que
reciben el influjo tanto de la reivindicación de la particularidad
desde su identidad étnica, como también la influencia de
la cultura moderna globalizada, de manera tal que cada texto, como espacio
de análisis cultural multidisciplinar, será la expresión
no sólo de la tensión entre homogeneización y globalización,
sino que también de terrible juego entre los sincretismos que se
constituyen y reconstituyen? Cuando estemos puestos frente a los contenidos
culturales presentes en los textos etnoliterarios, que expresarán
la incomunicación y la yuxtaposición de categorías
culturales, en ese campo de acción el texto etnoliterario se constituirá
en una selva difícil llena de caníbales y de nativas embrujadoras,
con reyes egoístas y guerreros sanguinarios, y el pobre etnógrafo
sólo frente al papel, modestamente posesionado desde su universo
cultural, deberá sortear todos los obstáculos para dar cuenta
del texto.
Corremos el peligro de que la etnoliteratura no se asuma como enfoque
hermenéutico culturalmente situado, y que por ello no aporte al
diálogo intercultural como perspectiva ética. La etnoliteratura
como opción hermenéutica supone el explicitar el «ser»
de una textualidad. Esta «escucha» en el sentido heideggeriano
sólo es posible desde la configuración de un pensamiento
que a decir de Gustavo Gutiérrez posea un carácter «situado»,
esto es que sea consciente de los valores que definen la comprensión
por él asumida, la transdisciplinariedad debe por ello superar
el mero nivel de la razón instrumental para introducirse en la
senda de la hermenéutica, pero ella corre el peligro de tergiversar
o manipular a la interpretación etnoliteraria si ella no se realiza
desde una ética situada, de manera que los valores lejos de obstaculizar
la comprensión del texto sean una ruta y valores que intentan encontrarse
en la interpretación, unos desde el autor o autores del texto,
otros desde la alteridad del interpretador. Ese es el diálogo intercultural
al cual apostamos.
Textos como los de Zurita y Mege como los de los hermanos Carrasco, representan
un intento, más bien una invitación, frente a la cual queda
aún por sistematizar una reflexión que supera el exotismo,
el positivismo y la ideología relativista émica. Lo que
en estos autores está en el plano de la intuición debe ser
complementado y continuado por un tipo de reflexión que asuma a
la etnoliteratura como esfuerzo hermenéutico, capaz de asumir las
distintas pretensiones de los investigadores y sin duda la creciente conciencia
respecto del valor de su creación que el propio etnoliterato está
desarrollando, de manera de que puestos de igual a igual se elaboren las
interpretaciones etnoliterarias, más que por acumular concimiento
científico, por el superior objetivo de que el diálogo intercultural
sea auténticamente posible. Es así como el «pensamiento
situado», al cual hace tres décadas nos invitara Gustavo Gutiérrez,
se hace vida en el encuentro.
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