|
|
Mystic market o el capitalismo religioso
en Mano de obra
18. A tu superior y a tu confesor descubre todas tus
tentaciones e imperfecciones y repugnancias, para que te dé consejo
y remedio para vencerle.
19. No estar fuera de la celda ni salir sin causa, y a la salida pedir
favor a Dios para no ofenderle.
20. No comer ni beber, sino a las horas acostumbradas, y entonces dar
muchas gracias a Dios.
21. Hacer todas las cosas como si realmente estuviese viendo a su Majestad,
y por esta vía gana mucho un alma.
40. En la mesa no hable a nadie ni levante los ojos a mirar a otra.
42. Delante de su superior, en el cual debe mirar a Jesucristo, nunca
hable sino lo necesario y con gran reverencia.
49. Lo que le dicen los de casa haga siempre, sino es contra la obediencia;
y respóndales con humildad y blandura.
51. Jamás deje de humillarse y mortificarse hasta la muerte en
todas las cosas.
(Santa Teresa de Jesús)
La religión política neoconservadora es
un peligroso intento de legitimar indirectamente el sistema capitalista.
Funcionaliza la religión cristiana en pro de la salud del sistema.
Y al no cuestionar su propia lógica capitalista (económica,
política y administrativa) ni su pretendida modernidad, desemboca
en una absolutización del sistema democrático en sus aspectos
más deshumanizadores.
(José María Mardones)
El contrato entre la fe y el sistema económico
ha tomado a pesar de la aparente secularización de las instituciones,
un sitial preponderante en la sociedad moderna. Al señalar la página
solemne del medioevo, identificamos el sitio de origen de la primera expansión
de la multinacional religiosa más exitosa de toda la historia,
cimentada en el reconocimiento del emperador y en los logros de las empresas
militares de un incipiente colonialismo. Fueron bulas papales los documentos
"legales" que terminaron con los recelos en la fe del conquistador,
a la hora de cortar 50 cabezas indias. Ambas formas de hacer industria
se corresponden y reconocen, como lo demuestra la defensa a ultranza de
la institución productiva familiar propia de las sectas católicas
de ultraderecha. El neoliberalismo religioso, por su parte, ha logrado
posicionar una condena al cristianismo de la acción, el de Jesucristo
expulsando a los mercaderes del templo, para permitir la aceptación
de las variantes reformistas (propias del mundo anglosajón) que
observan en la concentración de la riqueza (ora et labora)
una parte fundamental de la ritualización del trabajo y la producción
(en el caso chileno esto se traduce en la conformación de una oligarquía
en la que comulgan el conservadurismo religioso, el credo de la nueva
teoría económica y la oposición política).
El cruce de la ideología económica y religiosa
acentúa la fetichización de la mercancía, como ya
observaba Marx, convirtiendo al empleo en un elemento más de la
caridad del empresariado hacia la sociedad ("agradezcan que tienen
pega"). En la lógica capitalista de borrar el factor trabajo,
la mano que actúa sobre los materiales, el primer "infiel"
que debe ser convertido a los preceptos de la nueva economía es
el obrero. Si hasta ese momento la máxima que había operado,
era la de "la fe os hará libres"; la nueva plataforma
pondrá al mercado en el rol regularizador de las subjetividades
en su necesaria adaptabilidad a los preceptos "igualitarios"
de la oferta y la demanda. El soporte para la intervención será
la visibilidad de los cuerpos, es decir, la puesta en escena de su condición
de productos dispuestos en la vitrina para ser exhibidos y manipulados.
El neoliberalismo no borra finalmente el factor trabajo, sino que lo inscribe
ahí donde es imposible distinguir el límite entre el cuerpo
y el objeto (entre el carnicero y el pollo), haciendo del primero un producto
reideologizado en cuanto expresión estética del microfascismo
que opera desde su interior (desde el cuerpo, materia prima del operario).
La nueva fórmula de las construcciones discursivas
y las representaciones del neobrero tiene antecedentes en las alucinaciones
del barroco contrarreformista. El oscurecimiento del habla del trabajador,
alejado de la épica de las reivindicaciones, propio del enfermo
en Mano de obra de Diamela Eltit; es análogo al del cuerpo
invadido por la divinidad en el delirio místico. Esta experiencia
traspasada a la escritura, se singulariza en Santa Teresa de Jesús,
cuyo apostolado ensaya dos formas divergentes de construir a la divinidad.
La parte más reconocida de su obra corresponde a la escritura poética
del éxtasis místico, los encuentros eróticos de los
cuerpos habitados o penetrados por el fuego espiritual (vivo sin vivir
en mi) y las famosas moradas donde construye una arquitectura de las
cavidades interiores del alma, para elevar la habitación, lecho
en que será desposada por el amado (la amada y el amado son los
personajes tipo del encuentro místico del barroco lírico
español). La parte menos conocida de su obra refiere a su labor
como reformadora de las carmelitas y fundadora de conventos en España.
El vuelo místico da paso a la reglamentación autoflagelante
del claustro, lugar físico donde el alma fiel debe preparar, alejándose
de la materia, el encuentro con la divinidad. Es posible entender el rol
disciplinario del convento y de la escritura de las constituciones de
la Santa (ambas son una estructura de encierro), como parte del razonado
delirio característico del proyecto de vida retirada. Y es que
fuera del rol religioso, la vida de claustro somete y regulariza con el
reglamento más religiosamente productivo. Directriz no solo interna:
la obediencia estricta a los superiores, sino previa como la entrega del
patrimonio de las novicias a la compañía y el completo desapego
a la familia. En el texto del Eltit, el delirio domesticado por la productividad,
se actualiza en la situación de los cuerpos modificados por la
rutina laboral. Asistimos al rito consumista, un trabajador que es un
operario fundamental en la aniquilación cristiano-pagana de los
productos. El sujeto se percibe como ofrenda, artefacto central en la
carrera por mantener el orden "cósmico" de las ventas:
su turno. La pesebrera instala la forma plástica de esa dominación.
En su participación en el nacimiento, más real que simbólico,
del producto-niño-Jesús, el trabajador tiene su epifanía
revelando su aporte al rol-valor agregado de la mercancía. Es el
actor privilegiado de la física operación-invasión
a los cuerpos. El alcohol provee del sopor que borra las barreras entre
el delirio y la vigilia. El cordero del capital aglutina todos los elementos
rituales de continuidad en el espacio físico (continuidad con la
divinidad en el místico), concluyendo con el éxtasis paradigmático
de la jornada laboral: el cuerpo del operario se acopla al de las paredes
del establecimiento-mercado. En la segunda parte de la novela, la de las
hablas claramente distinguibles, encontramos la objetivación de
la violencia del supermercado pero trasladada al espacio doméstico,
en el que se deben cumplir (igualmente) órdenes y privilegiar ciertos
roles como preparar la comida y saciar el apetito sexual. El líder
del antisindicato es el encargado de distribuir las funciones de la re-producción
a escala de vida monástica a los monjes de la nueva era.
Como señala Mardones (en el epígrafe) la correspondencia
entre religión y capitalismo posee una precisa causalidad, confundir
"inocentemente" el misticismo en el trabajo ("Si, usted
es muy necesario en esta empresa") con las estrategias del mercado.
El místico provee al capital de un presunto "carácter
sagrado" que oculta el nihilismo, la inhumana explotación
y la concesión utilitaria de los sujetos situando a las empresas
en el rol de matriz familiar neutralizando y educando los cuerpos. ("Si
uno de nosotros falla se va todo a la cresta").
Bibliografía:
- De Jesús, Santa Teresa. Obra completa. Madrid: Biblioteca de
Autores Cristianos, 1972.
- Eltit, Diamela. Mano de obra. Santiago de Chile: Planeta, 2002.
- Mardones, José María. Capitalismo y religión: religión
política neoconservadora. Santander: Sal Terrae, 1991.
|