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Carta de Andrea Jeftanovic,
no publicada por El Mercurio de Santiago, discutiendo las opiniones de Alvaro
Bisama, crítico literario de este diario chileno.
Ver texto aludido al final de esta columna.
Señores Revista de Libros:
Por medio de la
presente quisiera manifestar mi profunda molestia por la última columna
de Alvaro Bisama. La verdad es que hace bastante tiempo me causa rechazo el tono
y contenidos de tal espacio. Planteo mis cuestionamientos a esta forma de hacer
critica literaria. 1. Cuestiono la capacidad omnipotente de
Bisama para interpelar al lector común, y en una falsa alianza con éste,
manifestar su repudio hacia textos que según él sólo nutren
los currículos de literatura, a la manera de zombies protagonizando una
enésima secuela. 2. Cuestiono la facilidad con que Bisama ningunea
a autores, que a uno le pueden o no gustar, pero cuyas trayectorias y obras son
importantes y valiosas tales como (en el orden que él los enumera): Diamela
Eltit, Jorge Guzmán, Carlos Franz, Pía Barros o Mercedes Valdivieso.
Es de una pedantería espantosa tener la desfachatez de reducir a estos
autores a caballitos de batalla de la academia o que han sido incluidos
al canon literario por majadería. 3. Cuestiono la vulgaridad de intentar
mostrar cierta superioridad o equivalencia entre los libros de King y Bukowski
con los de Antonio Gil y Sonia Montecino. Primero porque es mezclar peras
con manzanas, y segundo por que tanto Gil y Montecino han hecho innegables
aportes desde sus originales miradas y rigurosos trabajos. 4. Tanto Bisama
como otros críticos han hablado de las diamelitas, creo que
se trata de un prejuicio misógeno (pareciera que todas las autoras mujeres
son diamelitas. Por ejemplo, Nona Fernández nunca ha tomado clases con
Eltit, la ha leído poco y casi no se conocen. Porque si se trata de alumnas
o alumnos de talleres estamos llenos de Collyercitos, Cerditas, Franzitos, Barritos,
etc. No veo la necesidad de burlarse de esta antigua y legítima práctica
de formarse con escritores de mayor experiencia. Obviamente existen las influencias
y las afinidades literarias, pero si esas personas que han logrado publicar es
porque sin duda un editor ha identificado una especificidad determinada. No veo
clones ni plagios ni que le mercado editorial los incentive. 5. Patéticos
me parecen los Bolañitos, lamentablemente fenómeno socio-aspiracional
más que literario. No tengo NADA en contra de los libros de Bolaño
y comprendo el valor de su obra. Sin embargo, es me penoso el majadero gesto de
varios autores nacionales que dicen cualquier cosa amparados bajo el halo pontífice
de Bolaño. Ejemplo, Cuando Bolaño hablaba de las diamelitas
supongo que se refería a eso
,. Yo, supongo, no puedo estar
segura, que a Bolaño le daría risa los desesperados actos de amistad
y complicidad póstuma de varios escritores para sacar partido en pos de
sus famas personales. He escuchado con vergüenza ajena como algunos autores
luchan por asegurar que Bolaño alcanzó a leerles un cuento, les
guiñó un ojo, les dijo tal o cual de su libro, etc. Sólo
falta que alguno asegure que se le aparece en las noches con mensaje proféticos
de su literatura. O bien, como los críticos pueden usar posibles citas
de Bolaño para de alguna forma ver sus barbaridades respaldadas. 6.
Cuestiono las elucubraciones capciosas de Bisama en relación a la gestación
de la novela Mapocho. Casi asegurando que la autora realizó un estudio
de mercado sobre los temas candentes de la Academia para darle elpalo
al gato. Tal comentario me parece de absoluta mala fe y desconocimiento
de la autora y de una lectura prejuiciado del texto. Tómese en cuenta que
el libro recibió el Premio Municipal 2003 y que le valió una invitación
como escritora residente en Holanda. Creo que estas instancias independientes
de la academia y de las envidias locales confirman el gran valor de la mencionada
novela. El libro se defiende por sí solo, no voy a rebatir los juicios
de Bisama. 7. Donde sí veo cálculo y mediocridad es en el
acto de escribir columnas descalificadoras, con juicios caprichosos, mal fundamentados.
Sin duda ese camino llevo a la fama rápida del autor de espacio. Genera
fácil del escándalo pero no genera NINGUN APORTE MAS ALLA DEL DESAGRADO
Y LA POLEMICA VACIA. Para mí nada más lejano que la tarea de un
crítico de problematizar textos, presentar nuevos autores, realizar relecturas
como lo hace magistral y vertiginosamente el Dr. Weintraube o los tribunales literarios. 8.
También cuestiono la dictadura estética que emite Bisama que sólo
contribuye a prejuiciar a los lectores y enfatizar la homogeneidad literaria que
ya los medios y el mercado quieren imponer bajo la ingenua y absurda premisa que
SOLO EXISTE UN TIPO DE LITERATURA VALIDA. No veo ningún trabajo en este
espacio, sólo el disparo rabioso y las ideas apresuradas de alguien que
desea hacerse conocido a corto plazo y ganarse el título de controversial.
9. Es fácil construir un fantasma añejo en torno a la ACADEMIA;
pero al menos en Chile la academia no es más que un puñado de personas
que están ahí con bajos sueldos y condiciones precarias trabajando
en ese campo exclusivamente por vocación. 10. Bastante más
peligrosas son las operaciones mercantiles y mediáticas de instalar autores
y libros sin grande méritos y por razones extra literarias. 11. ¿Come
libros o come personas? Comer libros chatarras es cosa de cada uno, pero no se
puede estar gritando a viento y marea, y desde el inevitable poder que da tener
tribuna en el suplemento literario de El Mercurio, que ésa es la única
y válida forma de alimentación. Estoy segura que muchos tenemos
el paladar más fino y sensible, y estómagos más saludables.
Atte., Andrea Jeftanovic _________________________ ACADEMIA
Por Álvaro Bisama Siempre he desconfiado de los best sellers académicos.
Cuando estudiaba en la universidad, por cada libro de Antonio Gil o Sonia Montecino
fijado para alguna prueba, me zampaba dos de Stephen King y tres de Bukowski como
revancha. Supongo que intentaba compensar así el tiempo perdido leyendo
de manera obligatoria. O equilibrar las cosas. O despejar la mente. Ahora - años
después, cuando yo mismo programo una serie de libros para mis cursos semestrales-
constato de nuevo el fenómeno: hay una suerte de textos que en vez de tener
una vida normal - de su aparición al olvido- en manos de un lector corriente
resucitan como el material que nutre los currículos de literatura, a la
manera de zombies protagonizando una enésima secuela. Pienso de este
modo en ciertos textos de Diamela Eltit, Jorge Guzmán, Carlos Franz, Pía
Barros o Mercedes Valdivieso, obras que han tenido una sobrevida algo artificial,
estudiados hasta la saciedad, incluidos a ratos en el canon por majadería
más que convencimiento. Por supuesto, no es culpa de los autores, sino
a ratos de ciertas modas teóricas. Dependiendo del día y de la hora,
en las universidades se pone en boga tal o cual escritor, multiplicándose
las tesis, los ensayos, los artículos, las entrevistas y los homenajes.
Eso porque, en el medio académico, Diamela Eltit y Jorge Guzmán
tienen más éxito que Isabel Allende y Hernán Rivera Letelier
juntos. Lo anterior no tiene nada malo, el problema es que no sé si sea
por los textos mismos o porque a ratos, los académicos encontramos en ellos
caballitos de batalla con los que predicar el evangelio crítico de la temporada. Por
supuesto, pasa también lo contrario: hay obras fríamente calculadas
y escritas para ser deglutidas por la academia. Cuando Bolaño hablaba de
las "diamelitas" supongo que se refería a eso, a obras como,
por ejemplo, Mapocho de Nona Fernández, que contiene todos y cada uno de
los temas esbozados en los últimos quince años en las aulas universitarias:
la opresión genérica, el incesto, la historia de Chile, la ciudad
y sus márgenes, la orfandad, los guachos. En manos de estudiantes de literatura
dispuestos a salir del paso del engorroso trámite de una tesis, Mapocho
se ofrece como un cajón de sastre para todo el que quiera - feministas,
críticos culturales, lectores políticamente correctos- saque su
tajada de la torta. Especie de compendio de las estéticas de la diferencia
sobre las que Nelly Richard y sus clones vienen pontificando desde hace más
de 20 años, Mapocho es el perfecto best seller académico, un texto
carente de interés para el lector común pero lo suficientemente
enrevesado como para un consumo universitario. Ese consumo - o escritura-
tiene sus consecuencias. La más importante: el hecho de que cualquier clase
de vanguardia queda de antemano agotada por la repetición exacerbada de
transgresiones, canonizadas éstas por un afán entre oportunista
y políticamente correcto. De este modo, estas ficciones se posicionan así
en una retaguardia cuyo único sentido es la repetición de los saberes
aprendidos y la práctica de una crítica política o estética
algo perezosa. El ejercicio del análisis inteligente - que incluye incorrección
o disenso, el misreading de Bloom o la lectura paranoica tipo Piglia- se pierde
así en textos ofrecidos como enigmas ya resueltos y experimentaciones hechas
casi con receta de cocina; libros cuya respuesta sabemos de antemano, versiones
post de las obras de Richard Bach: ficciones sin un centro secreto, perdidas en
una marea de eruditos que leen ahí lo que quieren leer hacer esfuerzo alguno,
sin jugar entre sombras y abordar el riesgo o el misterio.
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