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C A R T A S

Andrea Jeftanovic

carta publicada en esta página el
16/09/05

ATRAS

Carta de Andrea Jeftanovic, no publicada por El Mercurio de Santiago, discutiendo las opiniones de Alvaro Bisama, crítico literario de este diario chileno.

Ver texto aludido al final de esta columna.

 

Señores Revista de Libros:

Por medio de la presente quisiera manifestar mi profunda molestia por la última columna de Alvaro Bisama. La verdad es que hace bastante tiempo me causa rechazo el tono y contenidos de tal espacio. Planteo mis cuestionamientos a esta forma de hacer “critica literaria”.

1. Cuestiono la capacidad omnipotente de Bisama para interpelar al lector común, y en una falsa alianza con éste, manifestar su repudio hacia textos que según él sólo “nutren los currículos de literatura, a la manera de zombies protagonizando una enésima secuela”.

2. Cuestiono la facilidad con que Bisama “ningunea” a autores, que a uno le pueden o no gustar, pero cuyas trayectorias y obras son importantes y valiosas tales como (en el orden que él los enumera): Diamela Eltit, Jorge Guzmán, Carlos Franz, Pía Barros o Mercedes Valdivieso. Es de una pedantería espantosa tener la desfachatez de reducir a estos autores a “caballitos de batalla” de la academia o que han sido incluidos al canon literario por majadería.

3. Cuestiono la vulgaridad de intentar mostrar cierta superioridad o equivalencia entre los libros de King y Bukowski con los de Antonio Gil y Sonia Montecino. Primero porque es “mezclar peras con manzanas”, y segundo por que tanto Gil y Montecino han hecho innegables aportes desde sus originales miradas y rigurosos trabajos.

4. Tanto Bisama como otros críticos han hablado de las “diamelitas”, creo que se trata de un prejuicio misógeno (pareciera que todas las autoras mujeres son diamelitas. Por ejemplo, Nona Fernández nunca ha tomado clases con Eltit, la ha leído poco y casi no se conocen. Porque si se trata de alumnas o alumnos de talleres estamos llenos de Collyercitos, Cerditas, Franzitos, Barritos, etc. No veo la necesidad de burlarse de esta antigua y legítima práctica de formarse con escritores de mayor experiencia.
Obviamente existen las influencias y las afinidades literarias, pero si esas personas que han logrado publicar es porque sin duda un editor ha identificado una especificidad determinada. No veo clones ni plagios ni que le mercado editorial los incentive.

5. Patéticos me parecen los “Bolañitos”, lamentablemente fenómeno socio-aspiracional más que literario. No tengo NADA en contra de los libros de Bolaño y comprendo el valor de su obra. Sin embargo, es me penoso el majadero gesto de varios autores nacionales que dicen cualquier cosa amparados bajo el halo pontífice de Bolaño. Ejemplo, “Cuando Bolaño hablaba de las “diamelitas” supongo que se refería a eso…”,. Yo, supongo, no puedo estar segura, que a Bolaño le daría risa los desesperados actos de amistad y complicidad póstuma de varios escritores para sacar partido en pos de sus famas personales. He escuchado con vergüenza ajena como algunos autores luchan por asegurar que Bolaño alcanzó a leerles un cuento, les guiñó un ojo, les dijo tal o cual de su libro, etc. Sólo falta que alguno asegure que se le aparece en las noches con mensaje proféticos de su literatura. O bien, como los críticos pueden usar posibles citas de Bolaño para de alguna forma ver sus barbaridades respaldadas.

6. Cuestiono las elucubraciones capciosas de Bisama en relación a la gestación de la novela Mapocho. Casi asegurando que la autora realizó “un estudio de mercado” sobre los temas candentes de la Academia para “darle elpalo al gato”. Tal comentario me parece de absoluta mala fe y desconocimiento de la autora y de una lectura prejuiciado del texto. Tómese en cuenta que el libro recibió el Premio Municipal 2003 y que le valió una invitación como escritora residente en Holanda. Creo que estas instancias independientes de la academia y de las envidias locales confirman el gran valor de la mencionada novela. El libro se defiende por sí solo, no voy a rebatir los “juicios” de Bisama.

7. Donde sí veo cálculo y mediocridad es en el acto de escribir columnas descalificadoras, con juicios caprichosos, mal fundamentados. Sin duda ese camino llevo a la fama rápida del autor de espacio. Genera fácil del escándalo pero no genera NINGUN APORTE MAS ALLA DEL DESAGRADO Y LA POLEMICA VACIA. Para mí nada más lejano que la tarea de un crítico de problematizar textos, presentar nuevos autores, realizar relecturas como lo hace magistral y vertiginosamente el Dr. Weintraube o los tribunales literarios.

8. También cuestiono la dictadura estética que emite Bisama que sólo contribuye a prejuiciar a los lectores y enfatizar la homogeneidad literaria que ya los medios y el mercado quieren imponer bajo la ingenua y absurda premisa que SOLO EXISTE UN TIPO DE LITERATURA VALIDA. No veo ningún trabajo en este espacio, sólo el disparo rabioso y las ideas apresuradas de alguien que desea hacerse conocido a corto plazo y ganarse el título de “controversial”.

9. Es fácil construir un fantasma añejo en torno a la ACADEMIA; pero al menos en Chile la academia no es más que un puñado de personas que están ahí con bajos sueldos y condiciones precarias trabajando en ese campo exclusivamente por vocación.

10. Bastante más peligrosas son las operaciones mercantiles y mediáticas de instalar autores y libros sin grande méritos y por razones extra literarias.

11. ¿Come libros o come personas? Comer libros chatarras es cosa de cada uno, pero no se puede estar gritando a viento y marea, y desde el inevitable poder que da tener tribuna en el suplemento literario de El Mercurio, que ésa es la única y válida forma de alimentación. Estoy segura que muchos tenemos el paladar más fino y sensible, y estómagos más saludables.

Atte.,
Andrea Jeftanovic

_________________________
ACADEMIA
Por Álvaro Bisama
Siempre he desconfiado de los best sellers académicos. Cuando estudiaba en la universidad, por cada libro de Antonio Gil o Sonia Montecino fijado para alguna prueba, me zampaba dos de Stephen King y tres de Bukowski como revancha. Supongo que intentaba compensar así el tiempo perdido leyendo de manera obligatoria. O equilibrar las cosas. O despejar la mente. Ahora - años después, cuando yo mismo programo una serie de libros para mis cursos semestrales- constato de nuevo el fenómeno: hay una suerte de textos que en vez de tener una vida normal - de su aparición al olvido- en manos de un lector corriente resucitan como el material que nutre los currículos de literatura, a la manera de zombies protagonizando una enésima secuela.

Pienso de este modo en ciertos textos de Diamela Eltit, Jorge Guzmán, Carlos Franz, Pía Barros o Mercedes Valdivieso, obras que han tenido una sobrevida algo artificial, estudiados hasta la saciedad, incluidos a ratos en el canon por majadería más que convencimiento. Por supuesto, no es culpa de los autores, sino a ratos de ciertas modas teóricas. Dependiendo del día y de la hora, en las universidades se pone en boga tal o cual escritor, multiplicándose las tesis, los ensayos, los artículos, las entrevistas y los homenajes. Eso porque, en el medio académico, Diamela Eltit y Jorge Guzmán tienen más éxito que Isabel Allende y Hernán Rivera Letelier juntos. Lo anterior no tiene nada malo, el problema es que no sé si sea por los textos mismos o porque a ratos, los académicos encontramos en ellos caballitos de batalla con los que predicar el evangelio crítico de la temporada.

Por supuesto, pasa también lo contrario: hay obras fríamente calculadas y escritas para ser deglutidas por la academia. Cuando Bolaño hablaba de las "diamelitas" supongo que se refería a eso, a obras como, por ejemplo, Mapocho de Nona Fernández, que contiene todos y cada uno de los temas esbozados en los últimos quince años en las aulas universitarias: la opresión genérica, el incesto, la historia de Chile, la ciudad y sus márgenes, la orfandad, los guachos. En manos de estudiantes de literatura dispuestos a salir del paso del engorroso trámite de una tesis, Mapocho se ofrece como un cajón de sastre para todo el que quiera - feministas, críticos culturales, lectores políticamente correctos- saque su tajada de la torta. Especie de compendio de las estéticas de la diferencia sobre las que Nelly Richard y sus clones vienen pontificando desde hace más de 20 años, Mapocho es el perfecto best seller académico, un texto carente de interés para el lector común pero lo suficientemente enrevesado como para un consumo universitario.

Ese consumo - o escritura- tiene sus consecuencias. La más importante: el hecho de que cualquier clase de vanguardia queda de antemano agotada por la repetición exacerbada de transgresiones, canonizadas éstas por un afán entre oportunista y políticamente correcto. De este modo, estas ficciones se posicionan así en una retaguardia cuyo único sentido es la repetición de los saberes aprendidos y la práctica de una crítica política o estética algo perezosa. El ejercicio del análisis inteligente - que incluye incorrección o disenso, el misreading de Bloom o la lectura paranoica tipo Piglia- se pierde así en textos ofrecidos como enigmas ya resueltos y experimentaciones hechas casi con receta de cocina; libros cuya respuesta sabemos de antemano, versiones post de las obras de Richard Bach: ficciones sin un centro secreto, perdidas en una marea de eruditos que leen ahí lo que quieren leer hacer esfuerzo alguno, sin jugar entre sombras y abordar el riesgo o el misterio.

 

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