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Domingo 10 de diciembre de 2006
En torno a la muerte de Pinochet
No sé muy bien qué decir, o cómo empezar esta cosa. No es sobre los logros del
Colo-colo a lo que me quiero referir ahora; pero no veo otra forma de publicar
estas líneas. Por otra parte de algún modo inexplicable, esto también es un
poco un triunfo del colo-colo.
Se murió el pinocho.
Cuánto odio ha podido despertar en nuestra sangre el personaje en mientes. No
puedotampoco quieroser imparcial en estas cosas. Yo crecí mi primera infancia
en un terruño con muchas cosas por resolver, es cierto, pero con un orgullo que
se nos salía por los poros de haber sido capaces de mantener una continuidad
democrática que no podía ser igualada ni siquiera por los ejemplos europeos a
que tanto nos gustaba referirnos en los patios de nuestros colegios o en los
almuerzos de domingo con toda la familiacuras y todoen la mesa del abuelo.
Así, se nos antojó como nación, como país, como familia, tratar una solución
novísima aunque preñada de errores; y votaron entonces, mis padres junto a los
de otros tantos, por un presidente Allende quien postulaba un proyecto de
justicia social.
De este modo, metiendo un papel inscrito en un cajón, escogimos una posibilidad
de destino diferente.
El resto de la historia es obscuramente célebre: Los militares patrios
mostraron como su patriotismo se podía alquilar a un empleado extranjero
aterrado de perder al tallarín telúrico en su defensa de la hegemonía frente a
su contraparte soviética.
La familia diseminada, el derrumbe de demasiados sueños y por último aún la
pérdida de la ilusión utópica se instalaron a vivir en el arauco domado.
El país logró salir de todo este trauma al pasar de los años, pero quedaron
tantas cosas sin aclarar. Casi a tientas fuimos aprendiendo que sí, que eramos
otro país latinoamericano donde el dictador de turno no solo ejerce la
abyección como modo de regencia; sino que además de todas las víctimas de los
crímenes, torturas, desapariciones y barbarie que creó la mano dura para
reconstruir la patria, el personaje era un mero ladrón. Con evasión tributaria,
robos de dineros y bienes públicos y cuentas en el exterior. El impoluto adalid
moral era un ladronzuelo vergonzante.
Ahora se murió. Y se me enredan sensaciones en la piel y entre los dedos que me
hacen difícil alcanzar bien el teclado. Aunque les resulte extraño, yo no
quería, no me interesaba al menos, el prospecto de su encarcelación. Eso ya
daba igual. Habría preferido sí, que nuestra nación hubiese tenido el tiempo de
formular su sentencia histórica con el reo vivo. Ahora nos queda acaso esperar
que los procesos judiciales no se cierren y dicten su veredicto en letra firme
y clara para que nuestra historia no se olvide.
Alonso Álvarez de Araya
Estimados:
Puesto que mi familia se empeñó en que recibiera una formación cristiana, me veo en la obligación de enviar este mensaje de júbilo porque las cortes celestiales -por fin- han oído nuestros ruegos.
¡Felices Funerales a todos!
La Lupe
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