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Las políticas de la identidad
en la crisis
contemporánea del estado-nación
Todo proceso histórico, político o social parece encontrarse
hoy enmarcado necesariamente por el devenir de una doble tendencia: globalización
y localización, que en conjunto configuran el rostro del mundo
contemporáneo. La crisis del Estado-nacion, entendida como un proceso
histórico político y social, encuentra en la tendencia globalización-localización
un punto de análisis amplio, que permite abordar los dos principales
aspectos o caras de lo que podemos llamar "la crisis general del
Estado-nacion": por un lado la crisis del Estado-nación
como protagonista del sistema internacional, y por otro la crisis del
Estado-nación como modelo de organización y cohesión
social.
El Estado-nación es ante todo una construcción occidental
que, como muestra Charles Tilly (1), toma
forma en un periodo de unos mil años, tiempo en el cual, luego
de consolidarse en Europa y extenderse por el mundo, se convierte en elemento
fundamental del sistema internacional moderno (2),
y junto al capitalismo compone el centro del modelo de modernidad occidental.
Hoy, sin embargo, en medio de lo que algunos han dado en llamar "quiebra
de los modelos occidentales de modernidad" (3),
los pilares del sistema internacional, que se remontan en su origen a
la paz de Westfalia, se encuentran en crisis. Las ideas del Estado-nación,
de la soberanía, de la no ingerencia, y de la autodeterminación
territorial, se ponen en cuestión como principios del sistema internacional
contemporáneo, al mismo tiempo que se torna cada vez más
problemática la relación del Estado con su población
y se evidencia la ineficacia del Estado-Nación, en tanto forma
de organización social, para responder a las circunstancias mundiales
de la posguerra fría.
La confluencia de la crisis del Estado-nación como elemento del
sistema internacional y como forma de organización social es lo
que, en general, se denomina: crisis del Estado-nación.
La caída de la Unión Soviética y la adopción,
por parte de los países que pertenecían a su orbita, de
sistemas económicos con pretensiones capitalistas parecía
encaminar claramente al mundo en una misma dirección, donde los
Estados nacionales y la democracia liberal serían los ejes de un
naciente sistema internacional que, superados los obstáculos del
bipolarismo de la guerra fría, encaminarían al mundo hacia
la constitución de una economía, sociedad y cultura única
de alcance mundial. Con el avance de la globalización el Estado-nación
y sus instituciones se irían debilitando, pues ésta sería
la culminación del proceso de mundialización capitalista
y el resultado final y natural de la ilustrada modernidad occidental,
en la cual el Estado-nación tradicional ya habría cumplido
su ciclo de existencia.
Sin embargo, a diferencia de lo que los teóricos de la globalización
y del fin de la historia pronosticaron, la culminación de la guerra
fría
"que estuvo caracterizada por la pareja heterogeneidad y estabilidad,
por mas imperfecta que esta fuera y que estuviera sustentada en la disuasión
nuclear, ha dado paso a una época en que la homogeneidad sistémica
viene de la mano de una inestabilidad internacional creciente"
(4).
Hoy, aunque efectivamente se viene desarrollando un proceso de globalización,
no se está dando como algo natural, único e incontestado,
como aquello hacia lo que el mundo, cada vez más moderno, tendería
inequívocamente, pues se ha hecho evidente el no cumplimiento de
las previsiones económicas, sociales y políticas que tendrían
necesariamente que darse con el devenir de la modernidad: el avance de
la ciencia no ha producido un crecimiento económico indefinido;
la racionalidad moderna no ha generado un mundo desacralizado y justo,
y no se ha avanzado hacia la uniformación cultural.
Junto a la globalización se está desarrollando un proceso
paralelo, la localización, que no solo se le contrapone a ella
como tendencia sino que entra en contradicción con los principios
mismos de la modernidad occidental; se trata del auge de fenómenos
de tipo identitario como nuevos protagonistas de la política nacional
e internacional.
La reaparición de políticas de la identidad como fuentes
efectivas de poder local e internacional ha llevado al surgimiento de
una inestabilidad casi absoluta en el sistema internacional. Los argumentos
de tipo racional-legal cada vez tienen que ceder mas terreno a argumentos
de tipo étnico, religioso o cultural, como fundamento de las relaciones
internacionales, lo cual, unido a la aparición de fenómenos
basados en políticas de la identidad de alcance trasnacional (el
internacionalismo islámico por ejemplo) hace que el Estado moderno
de tipo occidental o lo que es lo mismo, el Estado-nacion ya no pueda
ser considerado el único y legítimo protagonista del sistema
internacional.
Así mismo Estados históricamente considerados como modernos
en sus, constituciones, practicas e instituciones, a la hora de hacer
frente a los retos mas extremos de las políticas de la identidad
(por ejemplo a los terrorismos fundamentalistas de cualquier tipo) tienen
que recurrir cada vez con mayor frecuencia a procedimientos que violan
claramente el garantismo constitucional de los derechos humanos propio
del estado moderno de derecho, acudiendo a argumentos para justificar
dichas acciones que nada tienen que envidiarle a los que exponen los propios
terroristas.
Por otro lado, el Estado-nación como modelo de organización
social hace crisis merced a la aplicación de políticas de
identidad por parte de minorías internas, que, desde la búsqueda
del reconocimiento como miembros valiosos y en pleno derecho de la sociedad,
luchas secesionistas y la exigencia de derechos diferenciales que les
permitan mantener su propia cultura sin necesidad de escindirse del Estado
y la cultura mayoritaria, cuestionan seriamente el Estado-nación
como modelo de organización social.
La influencia de factores identitarios como base para la diferenciación
de un pueblo y fundamento de sus consiguientes pretensiones de reconocimiento,
autonomía o independencia, no es un fenómeno exclusivo de
los últimos años del siglo XX y primeros del XXI, ya, por
ejemplo a finales del siglo XIX y principios del XX el catolicismo ayudó
a cimentar la comunidad étnica polaca al servir de factor diferenciador
frente a los prusianos protestantes y los rusos ortodoxos. Similar función
tuvo el Islam en Pakistán, el judaísmo en Israel y el catolicismo
en Irlanda.
Las políticas de la identidad han ganado importancia en los últimos
años en la medida en que los grupos que recurren a ellas han desbordado
los espacios locales o intergrupales y le han dado a sus intereses un
carácter político. Asuntos que antes solo eran del interés
de cada comunidad específica pasan a ser temas que tocan a toda
la sociedad, e incluso, llegan a ocupar sitios centrales en la agenda
internacional.
Los Estados-nación, como modelos de organización social,
en su origen pretendían consolidarse sobre la coincidencia del
Estado y la Nacion en un territorio, ya fuera por la preexistencia de
una nación que se hacía a un estado o por la acción
de ciertas elites que, por medio del Estado, desarrollan la idea de Estado-nación
como proyecto político en sus territorios (5).
En Estados de éste tipo, problemas y retos como los que plantean
las políticas de la identidad simplemente no existirían
en la medida en que el Estado, la Nación y la cultura no se yuxtapondrían
ni entrarían en contradicción; sin embargo un estado de
cosas semejante es hoy poco probable; Benjamín Akzin, por ejemplo,
señala cuatro procesos por los cuales un estado hasta cierto momento
monoétnico puede dejar de serlo: toma de prisioneros luego de un
contacto guerrero; conquista de territorios con poblaciones étnica
y culturalmente diferentes a la de los conquistadores; comercio internacional,
con la consecuente movilidad de comerciantes lejos de sus lugares de origen;
mutaciones de ciertos sectores de una población originalmente homogénea
por cambios en el lenguaje o en la religión (6).
Hoy, el Estado puramente monoétnico y monocultural se ha convertido
en un anacronismo, lo cual, unido al fortalecimiento de las políticas
de la identidad, pone cada vez con mas fuerza, en cuestión, la
idea del Estado-nación como modelo de organización social.
La transposición de las fronteras de los Estados sobre naciones
étnica y culturalmente diferentes y la gran movilidad humana, debida
a la extensión del comercio y el avance de las comunicaciones,
han convertido a la virtual totalidad de los Estados de la tierra, en
Estados poliétnicos y multiculturales. Lo anterior ha hecho necesario,
para las sociedades modernas, pensar formas de organización social
que vayan más allá del Estado-nación y de sus instituciones
clásicas y generar modelos de organización más amplios
que el Estado-nación, en lo que respecta a la diversidad cultural,
para hacer frente a lo que se ha dado a llamar "el reto del multiculturalismo"
Según como se hayan incorporado las minorías a la comunidad
política, aparecen dos modelos generales de diversidad cultural:
El primer caso se da cuando las minorías nacionales, culturas
que antes de la incorporación a una sociedad mayoritaria gozaban
de autogobierno y poseían sus propias tierras, en la actualidad
siguen deseando ser sociedades distintas a la cultura mayoritaria. Sus
exigencias, en consecuencia, giran en torno a la autonomía y autogobierno
como medios para garantizar su supervivencia cultural.
El segundo caso se da cuando los grupos étnicos que se han integrado
a una sociedad mayoritaria por medio de la inmigración individual
o familiar, buscan ante todo, ser reconocidos como miembros de pleno derecho
de dicha sociedad, sin que esto entre en contradicción con el reconocimiento
de sus particularidades culturales.
De estas dos formas de integración cultural surgen a su vez dos
tipos de sociedad: el Estado multinacional y el Estado poliétnico
(además de sus formas combinadas).
El Estado multinacional, en oposición al Estado-nación,
es aquel en que coexiste más de una nación, entendiendo
nación como una comunidad histórica, con sus propias instituciones
culturales y posesión de territorio. A las culturas más
pequeñas que hagan parte de un Estado multinacional se les llama
"minorías nacionales".
Su integración a un solo Estado puede darse involuntariamente,
ya sea por medios como la conquista, la sesión de un territorio
por parte de una potencia imperial a otra o una invasión con fines
colonizadores; o voluntariamente, como en el caso de la federación
por beneficio mutuo.
Por otro lado, se dice que un Estados es poliétnico cuando la
fuente de su pluralismo cultural es la inmigración de un gran número
de personas y familias de culturas diferentes a la del Estado receptor.
Anteriormente (antes de 1960), en países con una alta tasa de
inmigración como Australia, Canadá y Estados Unidos, se
buscaba una asimilación total de las culturas propias de los inmigrantes
a favor de la cultura mayoritaria que los recibía y en detrimento
de sus propias pautas culturales, que se esperaban fueran abandonadas
(angloconformidad). Los grupos que se consideraban inasimilables, por
sus características particulares, al ideal cultural mayoritario,
eran víctimas de una sistemática discriminación que
se hacia efectiva en políticas especiales de inmigración
que les negaban la entrada a dichos países. Hoy, este modelo integracionista
vía coptación cultural, tiende a hacerse impracticable pues,
si bien la discriminación de las minorías, en especial de
las más visibles, persiste, las políticas de la identidad
apuntan, en muchas ocasiones, a la promoción de los aspectos que
garantizan la diferenciación efectiva de la minoría con
respecto a la mayoría y crean vínculos de identidad cultural
al interior de la comunidad específica.
La diversidad cultural fruto de la inmigración, se distingue de
las minorías nacionales, sobre todo, porque "los grupos inmigrantes,
ni son naciones ni ocupan tierras natales; su especificidad se manifiesta
fundamentalmente en su vida familiar y en las asociaciones voluntarias,
algo que no resulta contradictorio con su integración institucional."(7)
Si bien, buscan el reconocimiento de sus particularidades étnicas
y culturales, lo hacen desde el interior de la sociedad mayoritaria, integrándose
a la vida económica, académica y política de esta.
Existe la posibilidad, al menos en teoría, de que un grupo inmigrante
se convierta en una minoría nacional cuando, por medio de una inmigración
masiva y una alta concentración en un solo territorio, se convierta
en mayoría en él y busque reproducir su forma de vida, tal
cual era en su nación original.
Para Kymlicka, el término multicultural, que muchas veces se
utiliza para referirse a estas dos formas de Estado, puede resultar confuso
y ambiguo. En el caso de Canadá, señala como ejemplo el
autor:
"algunos canadienses francófonos se han opuesto a la política
del multiculturalismo por considerar que reduce sus exigencias de nacionalidad
al nivel de la etnicidad inmigrante. Por el contrario, otras personas
consideran que el objetivo de dicha política es tratar a los
grupos de inmigrantes como naciones, por lo que apoyan el desarrollo
de culturas institucionalmente completas paralelas a la francesa y a
la inglesa"(8).
Un uso un poco más amplio del término multicultural, permite
que este cobije grupos no étnicos pero si históricamente
marginados de la cultura mayoritaria como: los discapacitados, los gay,
las mujeres, la clase obrera, los ateos, etc.
Además de la integración cultural por inmigración
o por absorción de minorías nacionales, existen algunos
casos especiales como el de los afroamericanos y el de los exiliados,
que no se adaptan al modelo de integración voluntaria propio de
la inmigración pues, o fueron traídos como esclavos, no
permitiéndoles su integración a la cultura mayoritaria incluso
después de abolida la esclavitud, o tuvieron que salir de su país
original por presiones internas, ni corresponden al modelo de minoría
nacional, pues no poseen una solo cultura, ni un idioma ni un territorio
común.
El reto a que se enfrentan la gran mayoría de las democracias
liberales, es encontrar alguna forma de acomodar las minorías nacionales
y étnicas a su sociedad sin que se genere inestabilidad y que a
la vez sea moralmente defendible.
Esta cuestión esta atravesada, en primer lugar, por la discusión
entre liberales y comunitaristas en torno a la justicia; y en segundo
lugar por la peligrosa posición "occidentalista" que
asumen Estados Unidos y la potencias aliadas después del once de
septiembre, posición que se caracteriza por una tendencia a satanizar
lo no occidental incluida la sospecha que recae sobre todas las naciones
que por su precario nivel de desarrollo económico no hacen parte
del centro capitalista occidental.
Las respuestas que se proponen al reto del multiculturalismo, necesariamente
producen formas de organización social diferentes al Estado-nación,
exceptuando, claro está, el caso de las minorías nacionales
que logran independizarse de la sociedad mayoritaria y construir su propio
Estado-nacion. Kymlicka, por ejemplo, propone como respuesta al reto del
multiculturalismo, además de la protección de los derechos
civiles y políticos de los individuos como mecanismo para acomodar
las diferencias culturales (9), tres tipos
de derechos especiales en función de la pertenencia grupal, a saber:
Derecho de autogobierno, derechos poliétnicos y derechos especiales
de representación.
Los derechos de autogobierno surgen como repuesta a las reivindicaciones
de las minorías nacionales que buscan algún tipo de autonomía
política o jurisdicción territorial. El federalismo permite
que el poder se reparta entre el gobierno central y las minorías
nacionales, siempre y cuando estas puedan constituirse en mayoría
al interior en una de las unidades federales.
Los derechos políticos responden, principalmente, a exigencias
de grupos inmigrantes que buscan fomentar la integración en el
conjunto de la sociedad por medio de: la erradicación de la discriminación
y los prejuicios que recaen sobre las diferentes minorías étnicas,
el cambio en los currículos escolares, extensión de ciertas
leyes que choquen con las particularidades culturales de cada grupo y
la participación activa del Estado en la preservación de
su riqueza cultural.
Los derechos especiales de representación buscan que los procesos
políticos sean mucho mas representativos al incluir a miembros
de minorías étnicas y raciales, mujeres, gentes de escasos
recursos económicos, discapacitados, etc., que, pese a tener un
gran peso democrático no logran una representación suficiente
en la vida política del Estado. Esto se puede lograr, por ejemplo,
haciendo que los partidos políticos sean más inclusivos
con respecto a las diferentes minorías o con la adopción
de formas de representación más proporcionales (10).
Se puede observar entonces, que las políticas de la identidad
que desarrollan diversos grupos, minoritarios o no, vienen generando nuevas
dinámicas a nivel internacional y local que cuestionan la idea
de Estado-nación como protagonista del sistema internacional y
como modelo de organización social, que generan nuevas alternativas
de organización social diferentes al Estado-nación, como
lo son el Estado-poliétnico y el Estado-multicultural y que unidas
al, aunque imperfecto y cuestionable, proceso de globalización,
componen la crisis general del Estado-nación.
Notas________
(1) TILLY, Charles. Coerción, capital y los estados europeos 990-1990.
Madrid: Alianza, 1992.
(2) PEÑAS ESTEBAN, Francisco Javier. Occidentalización,
fin de la guerra fría y relaciones internacionales. Madrid: Alianza,
1997. p, 214 ss.
(3) Isidoro Moreno por ejemplo, utiliza esta expresión para explicar
el principal resorte de la crisis civilizatoria, que encuentra, se está
dando en los últimos tiempos. Vid. MORENO, Isidoro. Quiebra de
los modelos de modernidad, globalización e identidades colectivas.
Andalucía, 1997.
(4) PEÑAS ESTEBAN. Op, cit. p. 15.
(5) HOBSBAWM, Eric. La perspectiva gubernamental. En: Naciones y nacionalismos
desde 1780. Barcelona: critica, 2000. p. 89 ss.
(6) AKZIN, Benjamín. Estado y nación. México: FCE,
1968. p. 47-48.
(7) Ibíd. P: 31.
(8) Ibíd. P: 34.
(9) "Estos derechos permiten a los individuos formar y mantener
los diversos grupos y asociaciones que constituyen la sociedad civil,
adaptar estos grupos a las circunstancias cambiantes y, por último,
fomentar sus perspectivas e intereses en la totalidad de la población.
La protección que proporciona estos derechos comunes de ciudadanía
es suficiente para muchas de las formas legítimas de diversidad
en la sociedad" Ibíd. Página 46
(10) Para Kymlicka, no deja de ser difícil la adopción
práctica de la representación especial: "¿Cómo
determinar, por ejemplo, el procedimiento para decidir cuales son los
grupos que tienen derecho a la representación? O ¿Cómo
asegurar que los representantes efectivamente rindan cuentas ante el grupo?".
Will Kymlicka. El retorno del ciudadano. Una revisión de la producción
reciente en teoría de la ciudadanía. P 29 y 30.
Bibliografía
AKZIN, Benjamín. Estado y nación. México: FCE,
1968.
HOBSBAWM, Eric. Naciones y nacionalismos desde 1780. Barcelona: crítica,
2000.
KYMLICKA, Will. Ciudadanía multicultural. Barcelona: Paidós,
1996.
KYMLICKA, Will. NORMAN, Wayne. El retorno del ciudadano. Una revisión
de la producción reciente en teoría de la ciudadanía.
En: La política. Revista de estudios sobre el estado y la sociedad.
Barcelona: Paidós, 1997
MORENO, Isidoro. Quiebra de los modelos de modernidad, globalización
e identidades colectivas. Andalucía, 1997.
PEÑAS ESTEBAN, Francisco Javier. Occidentalización, fin
de la guerra fría y relaciones internacionales. Madrid: Alianza,
1997.
TILLY, Charles. Coerción, capital y los estados europeos 990-1990.
Madrid: Alianza, 1992.
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