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CAFÉ A LAS
SIETE. la secta
Tengo un
conocido, que recientemente publicó un artículo en un diario nacional
(España) en el que se sentía parte integrante junto a otros insignes
colegas de una peculiar secta que se hacía llamar a sí misma como la
de los congetianos, entendiendo por tales a los admiradores de José
María Conget, según Ignacio Martínez de Pisón, uno de los autores menos
difundidos pero más interesantes, lo que se puede interpretar el que
con el tiempo se convierta en un autor de culto. Yo, que ni conocía
ni había leído a José María Conget, no pude por menos que mostrar mi
sorpresa y extrañeza por la confluencia en apenas siete días de dos
recomendaciones de dicho autor, y ambas abaladas por dos de los más
prometedores narradores de nuestra literatura. Pero cual sería mi sorpresa
cuando leyendo Una cita con Borges del propio Conget,
recientemente editado por Renacimiento, me encuentro con
uno de sus pasajes titulado El final de una secta, en
el que aludía a los mismos principio que llevaron a su admirador articulista
a declararse congetiano. Se sentía José María Conget en
esta ocasión ferviente admirador de Augusto Monterroso, y culminaba
su tránsito por el capítulo reivindicando la existencia de la secta
de los monterresinos al margen de premios y oropelas.
¿Quiere esto decir que existió plagio de su admirador literario?. Pudiera
pensarse que sí, y en un primer momento así lo interpreté y se lo hice
saber a mis allegados. Pero reflexionando sobre ello, llegué a la conclusión
de que el plagio no existió mas allá de la simple confluencia de una
actitud vital a la hora de afrontar una vivencia. Bonilla, que no es
otro que el autor del artículo sobre Los Congetianos publicado
en su sección semanal Las afueras, no hizo sino homenajear
a quien de alguna forma consideraba como su maestro, si se me permite
la expresión. ¿Y existe mejor manera de hacerlo que utilizando sus propias
reflexiones?.
Todos de
alguna manera nos sentimos partícipes de alguna secta, no en vano la
asunción de los postulados de un pensador, filósofo o escritor pasa
además de por asumir como propios los mismos, por sentirnos cómplices
con los demás de dicha forma de entender la vida, y por qué no, la muerte.
Sirve esto para ilustrar, tanto la anécdota de Bonilla como la del propio
Conget a quien estoy descubriendo lenta pero satisfactoriamente, para
incitar desde estas páginas a mi propia secta, que seguro que existirá.
La de los seguidores de Saramago, el insigne Nóbel, y uno de los escritores
más denostados por unos y más admirados por otros. José Saramago ha
sabido desde su voluntario exilio, no el físico en Lanzarote, sino el
interior, aquel al que deberíamos de regresar todos de vez en cuando
para reflexionar sobre nuestra propia existencia, aglutinar y remover
las conciencias de quienes le escuchamos y leemos. Porque La caverna no es sólo una novela: es La Novela, ahora que está tan
de moda hablar del partido del siglo, la madre de todas las guerras
o el concierto que nunca se habrá de repetir. La caverna es La Novela porque aúna entre sus páginas además de la
facultad de contar, y bien, por cierto, la de formar, algo que se echa
en falta en los escritores de este fin de siglo / milenio, excesivamente
preocupados y enfrascados en batallas e intrigas palaciegas que poco
o nada aportan al debate humano que debería de servirse desde las páginas
de los diarios, y a la literatura en general. La particular batalla
de Cipriano Algor contra el kafkiano y desconsolado Centro Comercial,
paradigma productivo del Pensamiento Único, y la peculiar
interpretación del mito de la caverna platónico, siempre
es bueno rememorarlo ahora que los años de facultad comienzan a pesar
en exceso, nos retrotraen a un tiempo que posiblemente ni fue mejor
ni peor que el presente, pero cuando menos diferente, y sólo por eso
susceptible de ser criticado. Porque sólo desde la educación en valores,
que con el tiempo nos permitirá censurar con justicia lo que vemos,
nos convertiremos en hombres libres.
Es posible
como algunos pretenden demostrar, que la tremenda equivocación de Saramago
parta de que no ha sabido interpretar que los Centros Comerciales actuales
son las ágoras de la antigüedad, las plazas en las que el pueblo se
reunía a departir con sus vecinos. Es posible. Como también que Bonilla
nunca tuviera la tentación de plagiar una idea o una frase de José María
Conget. Es posible. Pero como todo en la vida, siempre se estaría sujeto
a interpretaciones. Y sinceramente, yo prefiero nadar contra la corriente,
equivocarme cien veces y sentirme un hombre libre, que no nadar con
la corriente a favor y no equivocarme nunca. Porque con la corriente
sólo nadan los mediocres. |