entrevista con Roberto Bolaño
Introducción
Quisiera poder quedar con él, pero me es imposible. Quisiera
poder decirle que le conozco literariamente desde hace... casi veinte
años, en concreto desde que yo un día entrara en la Librería
Morgana de Oviedo, una de esas pequeñas librerías que
suplantaban fondo editorial por culto literario, y me hiciera con un
ejemplar de Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático
de Joyce, (Premio Ámbitu Literario de Narrativa 1984),
una novela negra, negra, escrita en colaboración con Antoni García
Porta. Quisiera poder decirle que no me extrañó que se
alzara con el Premio Herralde de Novela por Los detectives salvajes, ya que la carrera literaria de Roberto Bolaño, si bien había
comenzado a mis ojos a comienzos de los ochenta, está plagada
de éxitos (Premio Ciudad de Alcalá de Henares 1992 con La pista de hielo). Las comparaciones con el otro chileno
exiliado ilustre son inevitables, pero tampoco vienen a cuento. Ahora,
presenta dos nuevas obras, Nocturno de Chile, Editorial
Anagrama, novela con el trasfondo del Chile actual, y Tres, un curioso poemario editado por El Acantilado que no ha pasado desapercibido
para casi nadie.
Luis García
Premio Herralde de novela con Los Detectives salvajes,
pero pocos le recuerdan en sus comienzos con aquella obra coescrita
con Antoni García Porta Consejos de un discípulo
de Morrison a un fanático de Joyce. ¿Cómo
recuerda aquellos inicios?
Roberto
Bolaño Con una alegría un poco insana. Por aquella
época trabajaba en Roses, a medio camino entre Figueras y Cadaqués,
aunque mi vida no tenía nada de glamour, sobre todo si entendemos
la palabra glamour tal como la entienden y la ejemplifican esos cientos
de exiliados latinoamericanos, sobre todo aquellos que se dedican al
arte o al espectáculo (de hecho, dudo mucho que sepan la diferencia
entre arte y espectáculo). Digamos que entonces yo trabajaba
vendiendo bisutería, es decir que tenía mi pequeño
negocio, y vivía como un árabe de las Mil y una noches,
o como un judío del ghetto de Praga, sin frecuentar el círculo
de Kafka, pero aprendiendo esos nombres tan pintorescos que designan
las diversas piezas de bisutería. Los mediodías solía
ir a bucear a una escollera del puerto en donde aún era posible
ver pulpos. Cuando los pulpos me veían se alejaban y yo los seguía,
sin tocarlos, durante un buen trecho. Por las noches, después
de contar las ganancias y las pérdidas del día, y anotarlas
en un cuaderno muy grueso, me ponía a escribir, tirado en el
suelo (no tenía mesa) y a veces pensaba en el ojo del pulpo que
había visto ese mediodía y todo me parecía magnífico.
Si no hubiera sido víctima de una estafa, probablemente aún
seguiría en el mismo negocio.
L.G. ¿Se
siente cómodo en su papel de triunfador? Es decir, ha pasado
en veinte años (casi nada) de ser un escritor marginal a ganar
el Herralde de Novela y después el Rómulo Gallegos con
la misma obra. Le repito: ¿cómo se siente en dicho papel?
R.B. No
creo en el triunfo. Nadie, con dos dedos de frente, puede creer en eso.
Creo en el tiempo. Eso es algo tangible, aunque no se sabe si real o
no, pero el triunfo, no, de ninguna manera. En el campo de los triunfadores
uno puede encontrar a los seres más miserables de la tierra y
hasta allí yo no he llegado ni me veo con estómago para
llegar.
L.G. ¿Qué
hace un chileno como usted en la costa gerundense? ¿Qué
le decidió a quedarse allí?
R.B. Me
gusta este lugar. Supongo que si viviera en otro sitio, también
acabaría acostumbrándome a él y viviendo más
o menos feliz. Mi familia paterna, por otra parte, es una familia de
emigrantes, mi abuelo era gallego y mi abuela catalana. Mi padre, que
nació en Chile, se ha convertido en un mexicano. Mi familia o
parte de ella es de clase obrera, y la clase obrera sólo necesita
un pequeño empujoncito para dejar de creer en la patria, que
es un invento burgués, y cuando digo burgués estoy pensando
tanto en la burguesía francesa como en la burguesía soviética
o la burguesía china. Por otra parte tengo que aceptar que estoy
casi siempre en contra de la mayoría y la patria es el lugar
en donde la mayoría (los compatriotas) impone con mayor persuasión
sus dogmas y sus castigos y sus premios.
L.G. ¿Se
siente heredero del boom, o se identifica más con la generación
del crak, usted que también pasó y se quedó
un tiempo en Méjico?
R.B. No,
no, no me siento heredero del boom de ninguna manera. Aunque me estuviera
muriendo de hambre no aceptaría ni la más mínima
limosna del boom, aunque hay escritores muy buenos, que releo a menudo,
como Cortázar o Bioy. El boom, al principio, como suele suceder
en casi todo, fue muy bueno, muy estimulante, pero la herencia del boom
da miedo. Por ejemplo, ¿quiénes son los herederos oficiales
de García Márquez?, pues Isabel Allende, Laura Restrepo,
Luis Sepúlveda y algún otro. A mí García
Márquez cada día me resulta más semejante a Santos
Chocano o en el mejor de los casos a Lugones. ¿Y quiénes
son los herederos oficiales de Fuentes? ¿Y de Vargas Llosa? En
fin, corramos un tupido velo. Como lectores hemos llegado a un punto
en donde, aparentemente, no hay salidas. Como escritores hemos llegado
literalmente a un precipicio. No se ve forma de cruzar, pero hay que
cruzarlo y ese es nuestro trabajo, encontrar la manera de cruzarlo.
Evidentemente en este punto la tradición de los padres (y de
algunos abuelos) no sirve para nada, al contrario, se convierte en un
lastre. Si no queremos despeñarnos en el precipicio, hay que
inventar, hay que ser audaces, cosa que tampoco garantiza nada.
L.G. Suele
escribir historias crudas, que resultan de difícil digestión.
¿Qué le deben sus novelas a la vida?
R.B. Todo.
No hay nada que no le deba todo a la vida.
L.G. ¿Y
su poesía? ¿De quien se siente heredero?
R.B. Una
obra poética suele ser el resultado de una biblioteca y de una
vida, de los saltos y sobresaltos de esa vida. En ese sentido es inútil
nombrar a uno o a diez poetas, son miles, y su influencia, por otra
parte, siempre es relativa, está condicionada por la aventura.
Cuando digo aventura no sólo quiero decir viajes y riesgos sino
también enfermedades, amistades, hechos mínimos y cotidianos,
y la amistad, por supuesto, que es lo único que queda de la época
en que los hombres eran dioses y los dioses hombres. Bueno, no, también
queda el amor, pero el amor tiene la vista un poco más delicada.
L.G. ¿Cómo
ve la reciente poesía española usted que ha participado
en algunas Jornadas Poéticas de esas que tanto gustan a los amantes
del folclore y de la diatriba?.
R.B. Para
mí la poesía nueva española es, todavía,
Leopoldo María Panero y Pere Gimferrer. La verdad es que la obra
de Gimferrer me interesa muchísimo, toda la obra de Gimferrer,
no sólo la estrictamente poética. También me gusta
Miguel Casado, un poeta que pareciera buscar la invisibilidad, aunque
lo que realmente busca es la precisión. Cierto que a veces invisibilidad
y precisión son la misma cosa.
L.G. Leí
en alguna entrevista suya, que hubo un momento en que se convirtió
en un profesional de los concursos literarios. De hecho, su leyenda
mantiene que tenía en ellos una forma de supervivencia. ¿Qué
hay de cierto en ello?
R.B. Es
estrictamente cierto. Participaba en todo tipo de concursos literarios
para ganar dinero. Por lo tanto enviaba mis poemas y mis dos únicas
novelas a cuanto concurso se ponía a tiro. Todos terminaron ganando
algún premio y algunos más de dos (con títulos
distintos, por cierto). Digamos que fue una actividad alimenticia. Escribí
un cuento sobre este asunto, «Sensini», que aparece en «Llamadas
telefónicas», en donde ponía punto final a esta etapa,
que fue básicamente melancólica pero que también
tuvo momentos de gran expectación que luego no he vuelto a vivir,
pese a ganar algunos premios de los llamados importantes, tanto en España
como en Latinoamérica.
L.G. Sus
libros adolecen de cierto trasfondo político irrenunciable. (No
podría ser de otro modo viniendo de alguien que fue acusado de
terrorista en su país, y que se considera un exiliado). Pero,
¿a que se debe que no participe activamente en España en
movimientos sociales como lo hace por ejemplo Luis Sepúlveda?
R.B. Bueno,
a mí cuando me detuvieron en Chile me acusaron de «terrorista
extranjero», porque mi acento era mexicano. Lo sentí como
una medalla. Lástima que esa medalla no duró demasiado
tiempo. El teniente de carabineros que me detuvo, en un control de carretera,
era claramente un esquizofrénico y probablemente nadie le hacía
caso. En algunas publicaciones alemanas he leído, con estupor,
que estuve medio año preso. En realidad sólo fueron ocho
días. Con respecto a participar en movimientos sociales, no tengo
idea en qué clase de movimientos sociales participa Luis Sepúlveda,
pero seguro que a mí no me dejarían entrar a ese club.
Ni a ese club ni a ningún otro. Así que podría
decir que no participo por cortesía, por delicadeza, para evitarles
el mal trago de mi más que segura expulsión. O dicho en
otras palabras: que se ocupen ellos de esa política que yo ya
tengo bastante trabajo con ocuparme de la literatura y de mi política.
Una última puntualización: yo jamás me he sentido
un exiliado en España, como tampoco me sentí un exiliado
en México, ni en Centroamérica, ni en ningún otro
lugar en donde se hablara español.
L.G. La
historia de unir sesiones de tortura y reuniones literarias en Nocturno
de Chile, tiene un componente ciertamente grotesco. ¿Cómo
se le ocurrió como elemento literario?
R.B. Esa
historia es cierta y además del dominio común, aunque
hasta hace relativamente poco nadie hablara públicamente de ello
en Chile. Hubo una escritora que celebraba reuniones literarias en su
casona de Santiago, mientras su marido, un norteamericano, el tipo que
puso la bomba en el coche de Letelier en Estados Unidos y uno de los
que asesinaron a Prats en Buenos Aires, torturaba a sus prisioneros
en los sótanos de esa misma casa. Por supuesto, los que asistían
a las veladas literarias desconocían aquello que sucedía
en los sótanos.
L.G. No
deja de ser ciertamente curiosa la comparación...
R.B. No,
si uno lo piensa bien, no es tan curiosa. La literatura, sobre todo
en la medida de que se trata de un ejercicio de cortesanos o que fabrica
cortesanos, de cualquier especie y de cualquier credo político,
siempre ha estado cerca de la ignominia, de lo vil, y también
de la tortura. El problema está en el espíritu cortesano.
Y también, claro, en el miedo.
L.G. ¿Cree
que sería posible establecer un trazabilidad entre todos sus
libros, sean estos de prosa o verso?. Es decir, ¿percibe usted
algún nexo en común en todos ellos por pequeño
que este sea?
R.B. Todos
mis libros están relacionados. Hablar de esto, sin embargo, es
aburrido.
L.G. ¿Cómo
recibió el Premio Herralde?. ¿Era consciente de que Los
detectives salvajes podría convertirse con el tiempo
en una obra de culto?
R.B. Hay
dos o tres autores a quienes admiro mucho y que habían ganado
el premio Herralde, y en ese sentido para mí fue un honor añadir
mi nombre en una lista en donde estaban ellos. Me refiero a Pitol, a
Javier Marías y a Pombo. La verdad es que me sentí mucho
más contento cuando apareció Estrella distante, en 1996,
que fue mi primer libro publicado en Anagrama.
L.G. Hubo
quien la emparentó con el género negro más ortodoxo.
¿Coincide con ellos?
R.B. De
ninguna manera. Los detectives salvajes, y ahora que lo pienso, buena
parte de mi obra, si no toda, circula, no sé si para bien o para
mal, de un género a otro sin mayores problemas. En Nocturno de
Chile, hasta donde recuerdo, hay tres: el de terror, la comedia de situaciones
y un híbrido de novela de campo y novela gótica.
L.G. ¿Qué
me puede contar de Tres, a mi juicio uno de los libros
más curiosos que he leído últimamente?¿Cómo
nació?
R.B. Tres,
como su nombre claramente indica, son tres poemas o tres textos largos,
escritos en épocas distintas, el más viejo creo que en
1980, y el más reciente en 1994 o 1995. Lo más que puedo
decir de este libro es que, si me ataran a una silla y me obligaran
a leerlo otra vez, la cara no se me caería del todo de vergüenza,
que ya es bastante. A veces incluso llego a pensar, llevado por un entusiasmo
sin duda irracional, que es uno de mis dos mejores libros.
L.G. Recuerdo
que no tuvo muy buena acogida, como si a usted, un narrador con solvencia,
le estuviera negado el adentrase en el terreno de la poesía.
Sin embargo, no era un poemario en el sentido estricto, y en todo caso,
tampoco hubiera sido el primero.
R.B. Los
críticos siempre han sido muy generosos con mis novelas y cuentos
y sería abusar de su paciencia o de la paciencia del dios de
los críticos el exigir o pedir una generosidad similar para mi
poesía. No tengo ningún problema en ese aspecto.
L.G. ¿Qué
nos puede contar de esa mastodóntica obra que anunció
a bombo y platillo, en la que vuelve al México de Los detectives
salvajes a relatar los asesinatos de varias mujeres en Ciudad
Juárez?. ¿Para cuando espera terminarla?
R.B. En
mayo del año 2002 estará terminada y se publicará,
si todo va bien, en septiembre u octubre de ese año. Más
no puedo decir. Entre otras razones porque sería demasiado largo
hablar de ella y demasiado confuso. La novela ya está escrita
en mi cabeza, y en esta fase todo parece ir muy bien, la novela parece
mucho mejor de lo que realmente será, y seguramente diría
muchas tonterías de las que terminaría arrepintiéndome.
La verdad es que uno siempre termina arrepintiéndose de todo.
De todas las cosas que pudo hacer y no hizo y de todas las cosas que
hizo y que pudo haber hecho mejor.