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Cine y Academia
MARZO 1999
Tradicionalmente el estudio del cine, tanto histórico
como teórico, se ha limitado a continuidades irreflexivas, es decir,
el disponer su discurso sin más método que ubicarlo sobre
un calendario. Desde los paradigmas que nos brindan las reflexiones posestructuralistas
vemos que este proceder solapa, en esta aparente causalidad cronológica,
la multiplicidad de acontecimientos que ocurren en el espacio de su discurso
general.
Los estudiosos del cine, sobremanera sus historiadores,
aún no han establecido sistemas para su trabajo. Suelen mantenerse
al nivel del amateur, aquel erudito coleccionador de datos. Este proceder
no resulta eficiente ni riguroso, pues buscar en el gran amontonamiento
de lo ya visto y oído el texto que se asemeja por adelantado a
un texto ulterior, escudriñar en la historia el juego de las anticipaciones
o de los ecos (remakes y homenajes en el argot fílmico), "remontar
hasta los gérmenes primeros o descender hasta los últimos
rastros, poner de relieve sucesivamente, a propósito de una obra
su fidelidad a las tradiciones, o su parte de irreductible singularidad,
hacer que suba o que baje su índice de originalidad, son entretenimientos
simpáticos, pero tardíos, de historiadores de pantalón
corto" (1).
Seguramente la historia del cine se articuló dentro
de ese horror ilustrado a la discontinuidad, estigma de la dispersión
temporal que el historiador tenía la misión de suprimir,
y que ahora, gracias a pensadores de la talla de Foucault, ha llegado
a ser uno de los elementos fundamentales del análisis histórico.
Esta nueva concepción nos impele a captar otras formas de regularidad
y conexiones para acercarse al objeto fílmico, más allá
de la evidente cronología.
Una proposición sería entonces no pretender
establecer la "lista de los santos fundadores"(2), sino poner
al día la regularidad de esta práctica discursiva. Hay que
buscarle especificidad al estudio académico del cine, hasta hoy
más visceral que sistemático y metódico. No obstante,
no hay que culpar de ceguera a los estudiosos del cine por este astigmático
acercamiento al objeto fílmico. La evolución del cine ha
sido lógicamente cronológica, tanto en el desarrollo de
sus textos como en el de sus soportes materiales, lo que invita a analizarlo
desde una óptica histórica por ser fácilmente identificable.
De allí esta obsesión por buscar ese punto de origen absoluto
a partir del cual todo se organiza, olvidando que existen relaciones e
interdependencias cuyo dominio no puede ser ignorado, sobre todo si se
pretende instaurar seriamente el estudio del cine como cátedra
en nuestras Universidades.
La entrada del cine en la Universidad es un hecho relativamente
reciente. Se relaciona, por un lado, con el auge de un modelo teórico
multidisciplinario que a principios de los setenta afectó a todos
los campos del saber, y coincide con lo que podríamos llamar "catequesis
audiovisual", desde ese entonces cada vez más omnipotente
y omnipresente. En esta confluencia entre teoría e historia, se
plantea pensar al cine antes de su progresiva desarticulación en
el imaginario humano.
Uno de los síntomas más evidentes del poder
del cine, como también de su evanescencia, es la escritura que
suscita. El cine es una de las prácticas artísticas que
ha generado más publicaciones, hecho notable en un medio apenas
centenario y con un estatuto artístico en permanente discusión.
La escritura sobre cine es tan inmensa y heteróclita como el propio
cine. Mora entre el juego y la investigación, el espectáculo
y el laboratorio, el arte y el comercio que lo nutren desde sus comienzos.
Tempranamente surgen intelectuales y comerciantes interesados
por instaurarlo como hecho cultural, para ello produjeron mucha escritura
dirigida a adaptar esta novedosa práctica al discurso artístico
tradicional, es comprensible entonces que no se haya tratado de elucidar
su propia especificidad discursiva, ya que esto más que ayudar
habría alejado al cine del deseado estatus de arte bella. El camino
era asegurar la filiación del cinematógrafo a las artes
nobles del siglo XIX, teatro y novela, justificando así su "artisticidad"
sobre su condición de espectáculo de feria.
Con el transcurrir del siglo el cine se descubre no sólo
como una práctica artística, sino como un poderoso medio
de comunicación social y una exitosa industria. De ahí que
buena parte de los textos publicados, por lo menos hasta los sesenta,
carezcan de una metodología precisa que les otorgue condiciones
de cientificidad y entren en lo que Christian Metz denominaba "un
pequeño universo un poco mate, un poco apartado de los grandes
caminos de resonancias y del movimiento general de las ideas" (3).
Metz alerta sobre el exilio del cine de la historia tradicional
de las ideas. Con esto enuncia una particularidad del mismo, aunque por
ausencia y no por presencia, pues anota como fue considerado un saber
empírico ajeno a las grandes aportaciones culturales del siglo
XX coetáneas a su desarrollo como el psicoanálisis, la lingüística
y la filosofía (4). De aquí se comprende el carácter
rezagado y difuso de los estudios sobre el cine hasta ese entonces.
En este entorno las posibilidades de la literatura cinematográfica
son dos, opciones que por cierto aún persisten sin mayores cambios.
Una es el ejercicio laudatorio del cinéfilo y la otra la labor
compiladora del historiador, dos itinerarios todavía en pugna por
autenticar al cine como actividad poética y documento social.
Es en los años veinte cuando la cinefilia ingresa
al vocabulario fílmico de la mano de Ricciotto Canudo y Louis Delluc,
desde entonces ésta se ha convertido en parada obligatoria de los
estudios sobre el cine. Aquí el acercamiento al filme es efusivo
y pasional, con ninguna pretensión teorizante ya que se asume inestable
su condición de arte. Es un fetichismo coleccionista con una particular
regresión adolescente. En algunos casos se podría hablar
de una cinefilia "adulta" nutrida por la "política
de los autores" de los años sesenta a través de revistas
especializadas como Cahiers de Cinema, Positif, Cinema Nuovo o Screen y hoy refugiada en espacios -mezcla de rito inaugural e iniciático-
de las salas de "Cine Arte" y en las videotecas o clubes de
vídeo especializados. Por otro lado está la cinefilia "adolescente"
contemporánea, educada en el culto al póster y a la adoración
del "starsystem", apoyada en los refinados objetos pirotécnicos
del cine actual.
Las condiciones cinefílicas anteriores, por encima
de las diferencias de "calidad" de sus respectivos cultos (el
autor demiurgo y el hacedor de éxitos de taquilla destilan parecidas
efusiones líricas), suponen un proceso de reconocimiento caprichoso
y una percepción confusa y huidiza del propio cine, es como si
en la memoria del cine y en la debilidad del objeto íntimo coleccionado
se quisiera compensar el carácter inefable de su eclipse.
La historia es el otro cuerpo más o menos compacto
con el que se ha abordado el estudio del cine. Esta "historia"
de la que hablamos no es el análisis de las mentalidades y las
prácticas discursivas que habrían cimentado un siglo de
cine, según recomendarían las pautas del modelo epistémico
de Foucault, es más bien la vulgata de una suma, de una sucesión
cronológica de autores, títulos y filmes, regidos por el
problema del gusto, sin otros parámetros explicativos que lo que
procede de la universalidad de un discurso aceptado. Como si el tiempo
del cine fuera un tiempo organizado y lineal regido por un desfile "natural"
de autores y películas, groseramente evolucionista en las técnicas
y las formas.
La ingente labor de historiadores como Georges Sadoul, Jean
Mitry o Sigfried Krackauer, no escapa de esos enfoques autárquicos
y clasificadores del cine que fundamentan una concepción esencialmente
litúrgica de la historia, auxiliar de un culto funerario al que
parecen rendidos buena parte de los textos sobre cine.
Es a partir de los años setenta cuando los textos
sobre el cine derivan a otros derroteros. Coincidiendo finalmente con
su aceptación como hecho cultural, se impone progresivamente un
acercamiento teórico hacia el hecho fílmico avalado por
la internacionalización de los estudios y su interdisciplinariedad.
No es que antes no hubiera una particular sensibilidad analítica
(5), sino que el campo teórico era todavía un territorio
correoso donde costaba distinguir el gesto subjetivo.
Una vez más, será Christian Metz (6) quien
señale esta indeterminación en el terreno de la teoría:
Lo que se ha llamado más frecuentemente un teórico
del cine es una especie de hombre orquesta idealmente obligado a poseer
un saber enciclopédico y una formación metodológica
casi universal: se da por hecho que conoce los principales films [sic]
rodados en el mundo entero desde l895, así como lo esencial de
sus filiaciones (y, por tanto, que es un historiador); tiene igualmente
la obligación de poseer un mínimo de luces acerca de las
circunstancias económicas de su producción (hele ahora
economista); también se esfuerza por concretar en qué
y de qué forma un film es una obra de arte (se preocupa, pues,
de estética), sin quedar dispensado de considerarlo como un tipo
de discurso (esta vez es semiólogo); con bastante frecuencia,
se siente obligado, por añadidura, a realizar numerosos comentarios
acerca de los hechos psicológicos, psicoanalíticos, sociales,
políticos, ideológicos a los que aluden los films en particular
y de los que extraen su contenido propio: y ahora se requiere nada menos
que una sabiduría antropológica total.
Como es sabido, será el propio Metz quien se dedicará
a un no siempre razonado reparto de tareas, amparándose en otras
disciplinas como la lingüística, la semiología y el
psicoanálisis, hasta entonces totalmente ajenas al cine como institución
y que ahora pugnan por encontrar acomodo, por cierto con bastantes problemas.
Por encima del trazado discontinuo de sus apuestas teóricas, además
de sus piruetas narcisistas, hay que reconocer en su obra el germen de
las modernas investigaciones sobre el lenguaje del cine y el análisis
de los filmes. De Metz partirá uno de los principios heurísticos,
junto con los textos de Barthes, Benveniste y Genette (7), como es la
noción de texto y la problemática de la enunciación
que, aparte de desplazar el cine hacia su condición de hecho fílmico,
contribuyen a definir el objeto-filme no en función de la combinatoria
de sus contenidos, sino como un proceso significante abierto que es preciso
analizar para comprender su verdadero sentido.
No es pertinente efectuar en este breve espacio una compilación
o refutación de todas las propuestas discursivas de las últimas
décadas, esto es tarea mayor. Sólo se ha consignado la evolución
de los estudios sobre cine para entender cómo se opera un desplazamiento
profesional, una vez agotada la pobre reserva impresionista del crítico-cinéfilo
y del historicismo del sociólogo free-lance.
Fue el movimiento de búsqueda cristalizado alrededor
de la idea de texto el que impulsó los estudios sobre el cine a
la comunidad universitaria. Ésta se precipitó en la especulación
interdisciplinaria, con el propósito de "cientifizar"
este arte, que desde sus albores se presumió evanescente y de corta
impronta en la memoria. Vemos así como el reconocimiento institucional
del cine en los programas pedagógicos es reciente.
Hay que decir, no obstante, que el cine entra en las aulas
sólo por los postigos. En un principio lo hace integrado en las
todavía etéreas ciencias de la información y la comunicación,
allí donde se pretende unir en sospechosa armonía el periodismo,
la imagen y la publicidad. A continuación aparece disuelto en el
orden del audiovisual convertido en rehén de la televisión,
el vídeo y las nuevas tecnologías y disuelto en un anónimo
rompecabezas visual. Finalmente, se le permite proyectarse bajo el amparo
de la sociología y la arqueología historicista, o en mucho
menor proporción de la teoría e historia del arte.
De modo que, tras un siglo de funcionamiento, el cine todavía
carece de estabilidad e independencia en los ámbitos universitarios
y su estatuto artístico sigue siendo precario para los historiadores
del arte y el homo aestheticus en general, por más que en
su seno hayan madurado una nómina inconmensurable de obras artísticas
y haya obligado a reconsiderar el papel mismo del arte, sus funciones
y su recepción.
En definitiva, el cine en la Universidad no va más
allá del cabrioleo intelectual y especulativo de unos pocos enseñantes.
Por lo menos en los ámbitos europeo y norteamericano, no así
en el nuestro, los estudios en esta área respiran gracias a la
confluencia entre la institución universitaria y el mercado editorial,
enlace que le concede al cine una cierta legitimidad cultural en el campo
internacional. Son estas publicaciones las que han arribado a dos territorios
singulares, ambos interesados en configurar un gesto propio: el análisis
fílmico y la nueva historiografía.
Estos dos ejercicios analíticos surgen con el cine
moderno, sin embargo su objeto se concentra en el cine clásico,
justamente aquél que durante años fue juzgado de universo
irreal e ilusionista. Aunque resulte paradójico, los mayores trabajos
de razonamiento y retórica no inciden mayoritariamente sobre ese
edificio de sentido que el cine moderno introduce en nuestra conciencia
de espectadores, sino sobre el cine clásico, no menospreciable
tampoco pues es una poderosa máquina narrativa rebosante de fisuras
textuales y contradicciones, con filmes desproporcionados cuya escritura
era huella de múltiples universos dotados de una singular resonancia
simbólica.
Existe otra coordenada por la que el cine accede a rango
universitario, y ésta es de naturaleza técnica. Gracias
al soporte magnético, el filme se convierte en un objeto disponible
y manipulable y la historia del cine puede ser rebobinada sin necesidad
de asistir al flujo continuado de una proyección fílmica,
por otra parte imposible gracias a los obtusos sortilegios de la distribución
comercial, sobre todo en nuestra extrema latitud. La copia en vídeo
y el proyector no sólo posibilitan una visión múltiple,
aunque en la mayoría de casos sea en un estado infame y en condiciones
de proyección disparatadas, sino que a la vez potencian la disección
del detalle, condiciones necesarias para que el analista singularice su
trabajo como un proceso textual abierto y heterogéneo (8).
Jacques Aumont y Michel Marie (9) señalan:
Analizar un filme es algo que todo espectador, por poco
crítico que sea, por muy distante que se sienta del objeto, puede
practicar en cualquier momento determinante de su visión. La
mirada que se proyecta sobre un filme se convierte en analítica
desde el momento en que, como indica la etimología, uno decide
disociar ciertos elementos de la película para interesarse especialmente
por aquel momento determinado, por esa imagen o parte de la imagen,
por esta situación. Definido de este modo, mínimo por
lo exacto, en el que la atención nos conduce al detalle, el análisis
es una actitud común al crítico, al cineasta y a todo
espectador un poco consciente.
Desde su posición universitaria, el analista pretende
distanciarse tanto del sentido común que acompaña el juicio
del espectador medio, como de las prédicas del comentario crítico,
para así comprender ciertos aspectos del funcionamiento significante
del filme disimulados detrás de su aparente linealidad.
La idea que subyace en el análisis fílmico
es que un texto nunca puede nombrar la totalidad de su sentido y es la
interpretación la que tiene el deber de revelar la parte silenciada.
Como señala Umberto Eco a propósito de los textos narrativos,
también pertinente al terreno fílmico:
El texto está plagado de espacios en blanco,
de intersticios que hay que rellenar; quien lo emitió preveía
que se los rellenaría y los dejó en blanco por dos razones.
Ante todo porque un texto es un mecanismo perezoso (o económico)
que vive de la plusvalía de sentido que el destinatario introduce
en él (...) En segundo lugar, porque a medida que pasa de la
función didáctica a la estética, un texto quiere
dejar al lector la iniciativa in-terpretativa, aunque normalmente desea
ser interpretado con un margen suficiente de univocidad. Un texto quiere
que alguien le ayude a funcionar (10).
Interrogarse sobre estas ausencias o espacios en blanco,
rellenar los huecos que vienen a traducir el "inconsciente"
del film, actualizar un texto clásico al que se le reconoce un
valor simbólico, parece una labor común del deseo del analista
y de la demanda de los estudiantes. En último extremo instituye
una "conversación" entre enseñante y alumno que,
simbólicamente, engarza todo el protocolo de la enseñanza
como una puesta en escena o un modelo de creación ficcional.
Hay que decir, no obstante, que este proceso de descuartizamiento
de la película no está libre de excesos. No es solamente
la petulancia de ciertos analistas que re-crean el filme interviniéndolo
como si estuviera en una mesa de montaje y recortándolo o engordándolo
a su antojo cual palimpsesto interminable. Discutible es también
el cortejo de referencias que el analista invoca con la autoridad del
habla. Demasiado a menudo los empréstitos disciplinarios de su
elocutio narrativa se convierten en "una serie de modelos heurísticos
multiuso que perforan las películas" (11) para desembocar
en ejercicios virtuosos lejanos a la obra original. Sin olvidar el abuso
que se hace de las supuestas intenciones del autor al punto de convertir
determinados filmes en síntomas de personalidades esquizoides (herencia
de una transversal apropiación del psicoanálisis de obediencia
lacaniana) cuando no en verdaderos protocolos psiquiátricos. Por
fortuna cada vez son más los teóricos conscientes del esquema
restringido de los análisis, bien sean semiológicos, narratológicos
o psicoanalíticos, en función de los cuales toda comunicación
se reduce a un fenómeno puramente textual (12).
La búsqueda del sentido, verdadero activo del análisis
textual, plantea en última instancia la concreción del uso
que el espectador hace del objeto-film, pero a condición de que
no se considere a éste como una simple máquina receptora
de códigos y la película como un objeto de lujo cuyo dispositivo
enunciativo sólo se revela a quien, con las herramientas adecuadas
del análisis, sepa descubrirlo. Paralelo a su condición
de texto, el filme produce emociones y la teoría, liberada de su
orientación pontificia, no puede ignorar cuestiones centrales como
las cargas emotivas sobre las que los individuos viven, sienten y piensan
como espectadores.
Es la nueva historiografía del hecho fílmico
la que palia tanto la construcción ontológica de la teoría,
tan poco atenta al acto receptivo, como las notorias insuficiencias de
la historia tradicional y generalista. Suele trabajarse en el seno universitario
y su origen es fundamentalmente anglosajón (13). La historiografía
plantea una anatomía del hecho fílmico como práctica
social, económica y simbólica, desplegada hacia los orígenes
no como un simple e ingenuo rebobinado histórico del espectáculo
cinematográfico, sino como una relectura de ciertas parcelas del
cine, inaugurando así nuevos marcos de referencia para su estudio.
Es una historia de las formas y las mentalidades en la que
los procesos económicos aparecen perfectamente imbricados con los
procesos culturales, nutriéndose de panoramas retrospectivos muy
amplios, donde no se descarta la interpretación de las películas,
pero subordinado a un riguroso examen de temas, factores de producción,
normas estilísticas y condiciones institucionales para la subjetividad
histórica de estos textos. En definitiva, se trata de una historia
de las mentalidades que el cine ha puesto en juego a lo largo de un siglo
de existencia. No un ejercicio nostálgico de su historia, sino
el estudio de un fluido interior, de un gran metarrelato cultural cuyas
sombras se alargan hasta hoy.
Con este pequeño ejercicio llegamos a una solución,
aunque descrita en otros términos, aneja a la descripción
arqueológica acuñada por Foucault. El deseo de abordar prácticas
discursivas como el cine, no de una manera salvaje e ingenua, es coincidente.
La necesidad de buscarle especificidad y regularidad a la práctica
discursiva de la historia del cine, hasta hoy poco sistemática
y ametódica, es hoy evidente en nuestros círculos académicos,
aunque haya que confesar que la práctica tradicional "cinéfila"
resulta encantadora por lúdica y emotiva, pero comprobadamente
escasa en aportes al desarrollo de sentido de nuestra disciplina o campo
discursivo.
NOTAS______________
1. Michel Foucault, La arqueología del saber, p. 241
2. Ibidem, p. 243
3. Christian Metz, Lenguaje y cine, p. 113
4. Raramente se tiene en cuenta la contemporaneidad entre el nacimiento
del cine (1895) y la aparición de "La interpretación
de los sueños" (l900) de Freud. Asimismo, cuando el cine pugnaba
por articular su lenguaje, ya se conocía la clasificación
general de las imágenes y los signos de Charles Peirce. En cuanto
a la filosofía, si exceptuamos los aportes tangenciales de la epistemología,
no se produce la conjunción con el cine hasta los años ochenta
de la mano de Gilles Deleuze. Toda una cadena de confluencias que el cine
ignora o desaprovecha.
5. Eisenstein y la vanguardia soviética, la tradición formalista
de Rudolf Arnheim y Bela Balasz iniciada en los años treinta trabajaron
en pro de la defición misma de cine. Jan Mukarowsky y los integrantes
del Círculo de Praga y la escuela filmológica de los años
cincuenta realizaron los primeros tanteos de semiotización del
cine.
6. Metz. Ob cit. p. 28
7. Entre los principales aportes en este aspecto están los trabajos
de Roland Barthes sobre la textualidad propuestos a partir de l970 en
su obra S/Z, la oposición entre historia y narración en
el planteamiento lingüístico de Emile Benveniste y las sugerencias
de Gerard Genette sobre los problemas de información, focalización
y voz narrativa de los textos.
8. Sobre estas consideraciones Raymond Bellour en Analyse du film (Ed.
Albatros. Paris l980) realiza un elegante y sistemático trabajo
con el análisis textual. Vale subrayar los ensayos que realiza
de las obras de Hitchcock.
9Análisis del film, p. 19
10Umberto Eco, Lector in Fabula, p. 76
11. David Bordwell, El significado del film: inferencia y retórica
en la interpretación cinematográfica.
12 Este el caso del trabajo de los italianos Gianfranco Bettettini (La
conversación audiovisual, Ed. Cátedra, l986) y Francesco
Casetti (El film y su espectador. Ed. Cátedra Madrid l989) relativo
a las estrategias enunciativas del filme y la calidad activa del espectador.
13 Ejemplar resulta, en este sentido, el libro de David Bordwell, Janet
Stayger y Kristin Thompson, The Classical Hollywood Cinema. Film Style
and Mode of Production to l960. Hay también grandes aportes historiográficos
de Tom Gunning, Charles Musser, Douglas Gomery, Dana Polan o Richard Koszarski,
así como los análisis de investigadores europeos como Noel
Burch, André Gaudreault o Marc Vernet. Un recuento de la nueva
historiografía cinematográfica se encuentra en la obra de
Michel Lagny, De l´Histoire du cinéma. Ed. Colin Paris l992.
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