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ELOGIO A LA NOTA A PIE DE PÁGINA
Acto de amor en un tiempo
Hace muchos años, cuando aun era estudiante en
la Universidad Central de Venezuela, tuve una pesadilla que no he podido
olvidar: me encontraba leyendo una especie de gran libro iluminado y,
atendiendo a mis deberes de estudiante, no dejaba de leer ninguna de las
innumerables notas al pie que aparecían, página tras página,
prácticamente llenando el espacio de lo que debió ser un
texto fluido. A medida que la lectura avanzaba, iba yo cediendo a un sentimiento
de profunda angustia porque yo sabía que estaba «leyendo»
aun más libros que los que parecían señalar el número,
finito al fin y al cabo, de las notas del libro que me ocupaba, en consecuencia
no leía uno sino muchos libros simultáneamente. Desperté
sudorosa y con el corazón palpitante.
El sueño no podía ser más literal
y «natural», dentro de lo que cabe, puesto que a la sazón
me encontraba enfrascada en la lectura de «Renacimiento y renacimientos
del arte occidental» del inefable Erwin Panofsky. Todos los que hemos
pasado por la mano de los historiadores y, en particular por las de Panofsky,
sabemos de lo que estoy hablando. Me refiero a libros en tamaño
cercano al de bolsillo, resueltos en punto 9 (esto significa, obviamente,
que las nota a pie de página han de estar en punto 6, aproximadamente,
con la consiguiente connotación hermenéutica que tal micrografía
implica) y que contienen, por cada página, un número no
superior a 20 líneas de texto -del texto que «efectivamente»
estamos leyendo- y el resto de la página consiste en notas que,
en ocasiones, pueden extenderse a lo largo de tres páginas. Aunque
yo misma soy exageradamente afecta a las notas al pie, debemos admitir
que tres páginas para una sola nota es más de lo que resiste
cualquier digresión que ha sido practicada en la evidente operación
gráfica de remitirnos a una lectura paralela, es decir, una lectura
encerrada en una suerte de bolsitas pendiendo de un hilo, el hilo de la
lectura principal.
El punto al que voy es más o menos el siguiente:
la angustia que convertía en pesadilla mi lectura de Panofsky se
erigía sobre la «conciencia» de haber entrado, como intrusa,
en un territorio sagrado: al de la resonancia simultánea, cacofónica
e infinita de la lectura, y por qué no decirlo, del tiempo: a la
conciencia de haber entrevisto -como en los cuentos de Lovecraft- el resplandor
fantasmagórico de un espacio imaginario y ameboidal en el que resuenan
al unísono las almas de esos lectores. Yo había «visto»
los ojos penetrantes y desaprobatorios del demonio de la lectura y de
su reino. Y evidentemente no era bienvenida.
Han pasado muchos años desde aquel sueño.
Sin embargo, la nota al pie me ha perseguido como fantasma. En efecto,
la precariedad del medio en el que nos desenvolvemos hace que mucha de
la información que manejamos, de hecho, la lectura misma de ciertos
textos capitales, se haya efectuado por la vía de la dulce y compasiva
nota al pie. Lo cual en cierta medida quiere decir que la nota al pie
verifica procesos intertextuales que tienen, además, la cualidad
de ser interculturales y la de sugerir el continuo de la historia volviéndose
sobre sí misma. En todo caso, quiero precisar lo siguiente: las
nociones de «nota» y «cita» tienen entre sí
una sutil diferencia. Mientras la segunda, en efecto, inscribe literalmente
o alude a un fragmento de un texto al interior de otro, con la clara intención
de afirmar que «yo como aquél», la primera no necesariamente
integra plenamente un texto al interior de otro, sino que puede limitarse
a sugerir tal circunscripción ya sea por la vía del recuerdo
de una bibliografía (ese libro al que nos referimos materialmente
existe), ya sea a través de una reflexión anexa y/o consecutiva
del autor que leemos.
¿Qué es una nota a pie de página?
Me he preguntado innumerables veces, sin pensar en la impropiedad de la
pregunta. Sin embargo, una cuestión es cierta: las notas, junto
con ser una digresión, esto es, junto con extender innecesariamente
la lectura, o lo que es lo mismo, lograr que el lector dilate su aproximación
al desenlace o a la idea central que se pretende exponer, cumplen también
la función de llamar aun más poderosamente la atención
sobre un aspecto que, de otro modo pasaría inadvertido en la densidad
del texto y en la cadencia de la argumentación. Es decir, un efecto
«lupa». Este poder evocativo de la nota opera en un doble y
simultáneo sentido. Por una parte, la nota invita a recordar saberes
que se consideran indispensables, es decir, basales a la argumentación.
Por otra parte, en ese mismo instante la nota se presenta como dato topográfico
y evoca, por lo tanto, el más vasto entramado cultural. Las notas
de un libro funcionan, pues, como mapas zonales de la cultura; son en
sí mismas un adminículo caleidoscópico que interfiere
con la virtualidad del texto en que se insertan.
Asimismo, las notas funcionan como herramienta de cotejo
y autodefensa de lo que, en el texto mismo, se está afirmando.
Consisten, pues, en dar una suerte de «piso firme» a la fragilidad
propia de toda argumentación en general, y del campo humanístico,
en particular. En otras palabras, la nota presenta también una
cualidad retórica en la que, por otra parte, se está fundando
esa cualidad evocativa a que nos acabamos de referir. Pero...¿qué
había creado tal asociación estremecedora?, es decir, ¿por
qué había experimentado el sueño como una pesadilla?
Como ya dije, evidentemente se trataba del hecho de que, muy en mi interior,
sabía que había leído innumerables libros a través
de las notas de Panofsky, es decir, había leído a Panofsky,
claro, pero a su través había «oído» la
voz de los autores citados y las de otros lectores innombrados por esos
autores y las de otros autores, tanto nombrados como innombrados, que
los autores de los libros citados por Panofsky habían a su vez
leído, autores citados en quienes Panofsky inicialmente había
pretendido cotejar sus observaciones y que por cuyo través evocaba,
entregando entonces a la tradición la justificación de sus
afirmaciones. Persuasión... Persuasión que, por otro lado,
establece un cierto límite entre un texto que se funda sobre la
verosimilitud y aquel que aspira a ser la verosimilitud misma.
En este sentido, pareciera que habría que observar
esta cuestión desde el punto de vista de la voz, de los hablantes
que dialogan en los texto y que en cierto sentido, son expuestos prioritaria
y parcialmente en las notas. Cabe entonces intentar establecer una primera
diferencia entre las notas y otros signos prosódicos y expositivos
tales como los guiones y los paréntesis.
En una primera ojeada, mientras los paréntesis
parecen indicar e incorporar al texto central ya sea un efecto lupa o
una breve digresión de orden metonímico -de múltiple
espectro, debo acotar, puesto que ella puede incluir un campo argumentativo
para la integración disciplinar-, los guiones parecen introducir
una segunda voz en el texto que, además desde un punto de vista
retórico parece consistir en la duda razonable del propio autor
con respecto al punto de vista que él/ella ha adoptado, es decir,
la duda que sobre sí tiene la voz principal. Sea cual fuere la
situación, no dejo de pensar en que los guiones, al interior de
un texto, suponen una suerte de división del hablante que quizás
implique una cierta fe en la existencia de un plano verdadero del saber
al que, dadas nuestras limitaciones físicas, por mucha autoconciencia
que nos ofrezcan, resulta materialmente inaccesible.
Las operaciones espaciales y temporales de las notas parecen
entonces exponer parte de su sentido hermenéutico. En efecto, una
de las distinciones fundamentales entre la nota al pie y la nota al final
del texto consiste en que la segunda retarda e incluso pone en un segundo
plano la declaración de las fuentes del autor, es decir, no considera
ese campo estrictamente necesario a la argumentación del texto
y por ello, la ofrece a quien la quiera mirar, posteriormente. Por ello,
no creo que se trate de un mero acto de piedad hacia el lector en el sentido
de evitarle el esfuerzo reconstructivo que el ir al final y regresar exactamente
al punto en que abandonamos la lectura le permite la nota al final y que,
por el contrario, le impone la nota al pie. Creo más bien que,
junto con los rasgos generales de la nota al pie descritos más
arriba, debiéramos recalcar lo siguiente: toda nota al final se
presenta como algo que se ofrece, digamos, al interesado, es decir, sin
abandonar el carácter persuasivo de toda nota, ellas no impiden
el flujo del texto puesto que otorgan un grado mayor de libertad al lector
en el sentido de deshacerse de su presencia, esto es, de simple y llanamente
obviarlas; pero la nota al pie, en cambio, que exhibe en un acto de malabarismo
o in praesentia la erudición del autor, exige del lector la aun
más difícil y ardua tarea de superponer los múltiples
planos de lecturas convocadas por la nota generando una forma caleidoscópica
y una resonancia simultánea quizá, por ejemplo, afín
al cubismo analítico, puesto que simultáneamente «exhiben»
las condiciones epistemológicas y metodológicas asumidas
por el autor y exigidas al lector. Dicho en otras palabras, la nota al
pie superpone al orden de la lectura «principal» la arquitectura
del texto y la arquitectura cultural que lo sustenta. Una arquitectura
que, por cierto, exhibe al menos algunas de sus operaciones transaccionales
(por llamarlas de algún modo), y que declaran ser el verdadero
fundamento del objeto.
En este sentido, si por una parte la nota al pie pretende
volver evidente al lector el fluir del pensamiento del autor, tanto en
los sentidos pasivo como activo de lo subjetivo, por otra, la nota -tanto
al pie como al final- relativiza los sentidos articulados por el autor.
No sólo se somete al cotejo del lector, en una especie de «yo
no miento, vea usted», sino que reconoce la dimensión paraliteraria
de los sentidos del texto. Y desde este punto de vista, la distinción
entre un guión o un entre paréntesis y la nota al pie se
hace más evidente, puesto que podría llegar a afirmarse
que en la nota al pie, la operación de lectura se desdobla -en
cuanto conjunto de operaciones- en el procedimiento de superposición
espacial impuesto por las notas al pie. Al mismo tiempo que las notas
despliegan el ilo tempore, por otra lo disuelven. Recordemos aquí
que con una frecuencia más que insistente se ha otorgado a la nota
al pie, al comentario al margen e incluso a la nota al final el mero sentido
de constituirse en una maquinaria autopublicitaria por parte del autor:
las declaraciones en las que se las considera producto de la pedantería
del autor atraviesan una y otra vez la historia de los textos y son particularmente
frecuentes entre los siglos XVI y XVII.
Estas consideraciones permiten observar una cualidad plástico-espacial
de las notas al pie. En efecto, tengo la impresión de que las notas
al pie de página funcionan como el límite plástico
de una dimensión de la cultura que sólo se verifica en la
lectura. Quiero decir que creo que las notas a pie de página, al
mismo tiempo que, en tanto «tejido» establecen un cierta superficie
asociativa y disociativa a partir de la cual se levanta un volumen denso
de lecturas y, en ese sentido, tan cacofónico como inconmensurable,
esto es, cuyos límites son imprecisables como forma; ellas van
construyendo al mismo tiempo una suerte de superficie gaussiana que contiene
entre sus redes un verosímil de la cultura. Es decir, se podría
pensar que las notas a pie de página van dibujando los límites
de ese espacio que sólo podemos intuir, nunca definir en el mismo
sentido en que la crítica de la lectura, por ejemplo, la Teoría
de la Recepción, incorporó en su momento la noción
de horizonte, o lo que es lo mismo, podríamos suponer una cierta
virtualidad esférica consustancial a la cultura evocada por la
nota al pie.
Pero por otro lado, la paradoja de la nota a pie de página
-si es que puede tildarse de tal- parece residir en la potencia del común
argumentado convocado bajo su alero y según el cual cada una de
esas lecturas, por disímiles que sean, constituyen fragmentos de
la lectura, es decir, testimonian el viaje constructivo de la cultura
en un sentido afín a la ficción propuesta por la noción
de «competencia lingüística». En esa medida, las
notas al pie de página pretenden arrogarse un grado de verdad,
como ya se dijo, fundamentado en la tradición y expresada como
fórmula hermenéutica, al menos metafóricamente hablando.
Y vale la pena insistir en el hecho de que en ese proceso constructivo,
la nota al pie, como ninguna otra, muestra simultáneamente tanto
la integración disciplinar como los límites de las disciplinas
convocadas primariamente en la constitución del texto: muestra
su función dibujística y geomántica.
No parece estar muy claro cuándo ni cómo
se inicia la práctica de la notas, incluyendo en ellas, al menos
por ahora, al comentario al margen. Al parecer, la costumbre de los marginalia
y de los escolios, ya existía en la Antigüedad Clásica,
desde donde sobrevivió a lo largo de la Edad Media: en ellos, cobraba
cuerpo ya sea la lectura hermenéutica de los textos bíblicos,
ya sea la interpretación y comentarios prácticos de manuales
de toda índole, comentarios todos que daban testimonio de sus sucesivos
lectores. Para un último lector, esos escolios se presentaban no
sólo como «ayuda de lectura», sino también como
discusión propiamente tal. Las ilustraciones que acompañaban
los textos funcionaban en cierta medida como comentarios, pero no se constituían
con toda propiedad en una operación hermenéutica. Podría
afirmarse, entonces, que bajo la forma de comentarios al margen, los escolios
ya aparecían de cierto modo en la forma moderna de configurar mapas
reflexivos. Una vez instalado el régimen de la imprenta, la práctica
de la nota al pie comienza a cobrar cuerpo y a estar plenamente en uso
en el siglo XVIII, tal y como la conocemos hoy.
En el contexto de la transformación de la concepción
del espacio consumada en el Renacimiento, la imprenta exacerbó
la práctica medieval de composición de textos en formatos
áureos y, las notas al pie, fueron consideradas asimismo en su
dimensión gráfico-compositiva: como un componente textual
y significativo de la página impresa. Hacia el siglo XVI, esos
comentarios van abandonando otros márgenes posibles y se ubican
progresivamente en el margen inferior de la página. En el siglo
XVIII ese tránsito se ha consumado. En efecto, mientras en los
márgenes izquierdo y derecho de la doble página del libro,
las anotaciones que encontramos suponen la asunción laberíntica
del volumen que tenemos entre las manos, principalmente bajo la forma
de una referencia al contenido de cada párrafo de la página
en cuestión, los comentarios y referencias bibliográficas
van encontrando su ubicación en el margen inferior, como un deslizarse
de la página hacia el lector. En ese período, las notas
no poseen aún el formato moderno de señalización
y salvo por la fórmula N. del T., resulta difícil diferenciarlas
de aquellas anotaciones realizadas realmente por el autor. Y aunque los
códigos de identificación de ilustraciones son, en esencia,
bastante similares a los contemporáneos, también es complejo
distinguir una nota al pie de un texto explicativo de imágenes.
Sin embargo, visualmente la información que se aproxima al lector,
lo repliega sobre sí mismo. Ese tránsito, que se ha efectuado
definitivamente en el siglo XVIII, no me parece un dato menor: aquí,
la nota al pie encarna y posibilita la distancia reflexiva entre el orden
persuasivo del texto y la subjetividad sospechosa del lector.
Dos cuestiones nos asaltan en este momento. En primer
lugar la probable relación entre las prácticas intertextuales
de la pintura del siglo XVI y la disposición compositiva de la
nota en ese preciso momento. En segundo lugar, el que la posición
al pie de las notas haya encontrado su completa puesta en uso en el siglo
XVIII, precisamente cuando la racionalidad del espacio encuentra en las
reflexiones urbanísticas uno de sus principales sentidos políticos.
No nos parece imposible suponer que la nueva disposición
de las notas, por una parte, haya sido ante todo el resultado de las limitaciones
impuestas por los mecanismos de impresión; por otra, que haya incidido
en ello, aunque en menor medida, el aprovechamiento del «aire»
que la composición áurea ofrecía, al mismo tiempo
que una antigua práctica se perpetuaba. En este sentido, esa nueva
disposición está dando cuenta también, a su modo,
de la concepción del espacio e, incluso, va más allá.
Va más allá, puesto que aquí efectivamente el espacio
se refracta, fragmenta, multiplica y refleja, en un movimiento caleidoscópico
que genera no sólo un espacio en cuanto plataforma epistemológica,
sino en cuanto auténtico verosímil del mundo. El modelo
tridimensional, que tiene como condición, en cambio, el tránsito
continuo, infinito y homogéneo de un rayo perpendicular al plano
que se eleva sobre el horizonte, no sólo satisfizo la ambición
neoplatónica de constatación del plano del microcosmos,
sino que insinúa, aunque no declara explícitamente, las
posibilidades de movimiento de un plano sobre otro al interior del «mundo»
circunscrito por la doble pirámide invertida que recorre de «mi
ojo al horizonte».
Esta situación queda en evidencia, no sólo
cuando consideramos que, en poesía, por ejemplo, aún no
se ha verificado la famosa «disolución» de la linealidad
del texto poético, sino más bien cuando pensamos en un sentido
funcional las operaciones de planos de saberes intersectados, conectados
o digregados por las notas. Si comparamos estas operaciones con aquellas
practicadas por la pintura, encontraremos en el «cuadro dentro del
cuadro» una plataforma operacional similar. Del mismo modo en que
tanto la inclusión de textos que permiten hacer transcurrir la
mirada desde un sector de la superficie pictórica a otra, en la
que se desarrolla otra escena, las más de las veces, de sentido
radicalmente opuesto al de aquella por la que partimos, las notas se repliegan,
confirman, desdicen, confrontan planos argumentativos que se despliegan
al interior de un texto en un sentido tanto visual como narrativo. Y el
que estas operaciones de tránsito de la mirada se hayan verificado
prioritariamente en un género hasta hace poco tan «venido
a menos» como la naturaleza muerta, tampoco es un dato menor. De
hecho, es el propio «perfil bajo» del género, el que
ha permitido como ningún otro a los artistas de todos los tiempos
comprender las lógicas administrativas de superficie establecidas
tanto por el sentido de los textos subyacentes a las imágenes (semas)
como por las relaciones identificantes entre el formato (como dimensiones
de la superficie) y el modelo tridimensional del espacio.
El que las notas hayan tomado su forma expositiva más
o menos definitiva en el siglo XVIII no debe sorprendernos. Si atribuimos
más o menos consensualmente al siglo XVIII la caraterística
de haber iniciado el proceso indetenible de fragmentación de la
razón en modos cada vez más específicos de conocimiento,
que no nos resulte extraño pues, que haya dado forma a las notas
al pie. Ahora, los comentarios al margen van dando cuerpo, en las notas
al pie y en un sentido exhibitivo, la arquitectura reflexiva y metodológica
del autor. Pero, al mismo tiempo, informan de sus odios y de sus amores,
de sus limitaciones y felices intuiciones. En ese sutil repliegue hacia
el lector, como expresión de las dudas del propio autor, el lector
confronta, comparte y se vuelca sobre sí mismo como radicalmente
distinto de lo dicho por el texto que tiene entre sus manos. Este recurso
pues, introvierte al lector en su propia voz al mismo tiempo que le permite
distinguirse y/o fundirse luego en el hilo envolvente y persuasivo del
texto. Se le hacen presentes aquellos hitos que «dibujan caminos»
en un mundo imaginario actualizado por el libro y evidenciado por las
notas. Caminos que se extienden u ocultan entre otros que parecieran indicar
atajos o, al menos, ser más amables con el lector. Verdaderas «avenidas»
de ideas se abren en las señalizaciones de las notas para que circule
libremente el lector. No sólo por una cuestión de economía
de medios, sino ante todo porque pone «en la superficie» un
conjunto vocal dialogante que sin lugar a dudas tiene connotaciones políticas.
Allí, como en la plaza, a la vista y a la inteligencia de todos,
se establecen infinitos diálogos que configuran al otro al mismo
tiempo que segmentan y distribuyen las áreas de ingerencia de tal
o cual línea argumentativa, de tal o cual hablante.
Y allí, se ha perpetuado también, una vez
más, una premisa excesivamente antigua: para el que sepa leer. |