Martín Hopenhayn
Nació en Chile
en 1955 y estudió filosofía en las Universidades de Chile,
Buenos Aires y París. En esta última se recibió
con una tesis sobre Nietzsche, bajo la dirección de Gilles Deleuze.
Como profesor e investigador fue desplazándose prograsivamente
en una búsqueda interdisciplinaria de alternativas más
humanas de desarrollo.
Actualmente trabaja en ILPES (Instituto Latinoamericano y del Caribe
de Planificación Económica y Social (en el tema Crisis
del Estado planificador en América Latina).
Su aporte teórico se expresa en numerosos artículos publicados
en revistas espcializadas y en varios trabajos de largo aliento, de
los cuales se han publicado Por qué Kafka? Poder, mala
conciencia y literatura (B.A., Padiós, 1983), El
trabajo: itinerario de un concepto (Santiago, PET-CEPAUR, 1998).
Información tomada de
nordan.com
art. publicado el 24/02/2005

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No Way Out: Comentario
a "Lobulo" de Eugenia Prado
El lóbulo de la oreja izquierda se recalienta contra
el auricular, amortigua con su blanda estructura las conversaciones paranoicas
que Sofía, de manera imaginaria o real, sostiene con su otro-masculino.
no sabemos de ese otro más que por la forma en que rebota en las
concavidades mentales de la protagonista. Desde ese juego de ecos aleatorios
podemos adivinar de Ese otro sus consejos imperativos que el lóbulo
de Sofía procesa a su modo: blandiendo su blandura. Ni siquiera
sabemos si el teléfono ha sonado de verdad o si es sólo
un hito en el itinerario psicótico de esta mujer loca que puebla
las páginas de la novela de Eugenia Prado. No sabemos cuánto
efectivamente transita por el insomnio de Sofía, y hasta qué
punto el insomnio mismo, cristalizador de fantasmas, no es también
un fantasma más, "otro nudo en la correa del látigo
del amo"( Kafka). Pero todo empieza y termina en ese insomnio donde
se van haciendo más tenues los límites entre la memoria
y su reproyección. Contra las distinciones claras, estas horas
impías que yacen fuera del ciclo natural del mundo, estos fantasmas
sudan frío y sordamente hierven. Al menos para Sofía, cuya
"cabeza divaga entre la suavidad y el desvelo".
El grueso de la novela ocurre en la vieja casona donde Sofía
y Carmen Ruiz (su madre), alternan la tregua y la guerra. No hay posible
encuentro entre ellas, sino un vínculo perpetuo en que la culpa
tiene al verdugo y a la víctima en ambos lados de la relación,
girando en redondo y sin romper nunca el círculo de tiza que los
hace danzar al son de las recriminaciones.
Dos bastardas o dos esquizofrénicas (en que la psicosis
de ambas es inseparable de esa condena que es ser hijas no deseadas).
Dos huachas perdidas que sólo tienen para darse un desprecio que
se multiplica, y que como una pelota de goma va re-acelerándose
y cambiando el ángulo de su trayectoria cada vez que alcanza la
pared. La esperanza de la reconciliación no existe, no podrá
construirse en esta convivencia entre dos mujeres asediadas por su esencia
bastarda, sabiéndose nunca acabadas de nacer. Al punto que Sofía,
la hija, puede que no sea más que una de las tantas muñecas
que su madre pausadamente viste y desviste, atrapada como está
su niña en el cuerpo de la adulta.
Tal vez sea ese el estigma bastardo, a saber, el umbral en que se atasca
a perpetuidad el tránsito hacia la adultez. Tal vez la novela no
sea más que la resonancia en la escritura de un embarazo resistido,
un parto a contrapelo en que madre e hija se van reflejando sin apertura
posible.
Sofía pasa las noches consagrada a su manía
de ordenar la habitación en que transcurre su vida. Como Gregorio
Samsa en La Metamorfosis, su confinamiento es la metáfora de un
cuerpo escindido de la conciencia, y de una conciencia que mira el cuerpo
como si se tratara de otro (así también, la sexualidad de
Sofía estará marcada por la frigidez de quien no logra unirse
a su cuerpo). La vida allí es una línea infinita entre la
cama y la ventana.
En ese trayecto se dibuja la callada vulnerabilidad de una mujer poblada
de voces y teléfonos posibles. Entre el adentro y el afuera apenas
se esboza la silueta de un lóbulo que expulsa hacia el exterior
a ese hombre imaginario que la habita, o bien traga todo hombre real en
un oído-embudo que mastica y disuelve los cuerpos que la rodean.
Porque el hombre al otro lado de la línea puede ser tan sólo
una voz que circula por su sangre: "Es cierto. No he visto nunca
antes ese rostro, imagino hasta sus suspiros. Hay momentos en que aparece
una idea de rasgos inconclusos, aun antes de apretar mis dedos en el auricular".
Y luego, desde la tercera persona: " Retorciéndose en la alfombra
la mujer habla, habla desde algún lugar con aquellos que la ocupan..."
Entre el vacío que recibe y el que ofrece se cuela
un deseo errático y disoluto. Deseo que densifica la respiración
en el auricular, donde ese otro virtual le dice a Sofía exactamente
lo que debe sentir y hacer. Un trance que está siempre recomenzando,
cada noche de desvelo, en el cual Sofía espera el timbre del teléfono
con ansia y con pavor. "Ese hombre actúa en el límite
exacto, una especie de ritual en que él nunca deja de llamar, cada
noche, después de las doce". ¿Límite entre el
cuerpo y la conciencia, entre ésta y el mundo externo, entre la
vigilia y el duermevela ? Sólo Dios -o el narrador- sabe.
Pero Sofía, loca como su madre y a la vez en las antípodas
de esa misma locura, quiere romper el solipsismo de la habitación.
Sale expulsada hacia un mundo que es Santiago-Centro, entre la calle San
Diego, La Fuente Alemana y el Galpón de Matucana. Irrumpe en un
centro atiborrado de vendedores y compradores navideños o en una
fiesta donde los cuerpos se mueven en un enjambre colectivo. Se deja rozar
por la mundanidad tórrida y sin embargo, nada llega a rozarla.
Su cuerpo desplazándose parece un traje de astronauta que la protege
asépticamente de ese mar de cuerpos de fin de año. No hay,
para Sofía, más que la sordera de un mundo que perdió
el común denominador que llamamos, intersubjetivamente, la realidad.
En este mundo real que carece de nombre está Javier, el único
personaje auténticamente que conecta la casa de las locas con el
mundo de los cuerdos.
Javier lucha desesperadamente por retrotraer a Sofía
a la sociabilidad. Es el referente de la normalidad, de la comunicación
gregaria y del sentido común. El espejo frente al cual se hace
patente esa identidad entre frígida y huacha de Sofía. Porque
para Javier (como para nosotros) Sofía imagina cosas, y no le extraña
que ello ocurra conociendo la casa que la cobija: Recuerda sus primeras
visitas, no entiende que dos mujeres solas puedan vivir en esa casa, una
casa como de espantos. Un laberinto cargado de cosas inútiles2.
Javier quiere a Sofía, puede ser. Pero tampoco sabe bien quien
habita en ella. Posee su cuerpo sin llegar a ella. En el abrazo que los
une siempre aparece la distancia que los divorcia, porque Sofía
entrega su cuerpo para no entregar nada. Y también el propio Javier
queda engullido, deglutido por esa casona madre-hija, abraza a ambas en
una traición filial y materna, deviene finalmente la bisagra entre
Sofía y Carmen, pero en esa bisagra consagra el abismo intransitable
entre las dos. Nadie sobrevive en ese pacto sanguíneo, subcutáneo
y maldito. El hilo bastardo de la procreación estrangula al tercero,
como también condena al padre ausente. El tercero que es la salvación
para romper el maleficio, queda reciclado como parte del propio círculo
que estaba llamado a abrir. Sofía no tiene remedio, lo sabemos
desde la primera página. Casi no la aguantamos ya desde el comienzo.
No podrá reordenar los objetos de su habitación porque ellos
no hacen más que reflejar el desorden de su espacio interno. Ella,
que tanto puede exasperarnos, está rodeada de sí misma y
a la vez aislada de sí misma.
La novela nos incluye en la novela, nos implica precisamente
en aquello eue nos prescribe: un viaje al mundo de Sofía. Al punto
que a nosotros, lectores, nunca nos queda claro qué es real y qué
es simbólico, que es literal y qué es metafórico
en ella. ¿Espera un hijo o es sólo la compulsión
por volver a nacer desde ese huevo hermético que la tritura por
dentro? ¿Es la serpiente en su vientre que Sofía imagina
o construye, el lugar del hijo que nunca va a tener, o la embajadora uterina
de la esterilidad?
"Por las noches sus pensamientos y sus sueños van concretándose
lentamente en escamas y cuero. La serpiente desarticula sus percepciones,
como si buscara apoderarse de todos sus instintos, sus sentimientos. Han
aparecido los primeros síntomas: nauseas. La preñez, el
cansancio que la tumba".
¿Intenta abortar, o abortarse, o más bien se
trata de protagonizar el aborto frustrado desde el cual ella probablemente
llegó al mundo? ¿Alimenta otra vida en su regazo interno,
o sólo el espejo del huevo que ella misma es? ¿Sangra por
pérdida o por alumbramiento, por las vísceras o por el
lóbulo, por el lóbulo de la oreja o el lóbulo dentro
del cual ella se acurruca, entera, blanda pero reseca?
"Aprieta las manos contra el vientre con violencia,
lo hace con violencia, tratando de asfixiar a ese niño que se mueve
adentro. Maldiciendo el momento en que todo se inicia contradice los actos,
casi de inmediato se acaricia, acaricia su vientre con suavidad."
Pero en el otro extremo de sí mismo habla el que lucha por ser
hijo: "Te necesito para construirme"? tengo todo el dominio
para manejarte madre, de una forma simpleS? soy porte de ti y en nombre
de esto te haré comer del polvo." Y entremedio la serpiente,
que es parte de ella y de él, que es la portadora viscosa de las
voces que es arrastran sangre adentro: "En cada pequeño que
nace, muchos pequeños repitiéndose adentro de Sofía
y ella solamente como un conducto de voces ocultas que la claman."
Sofía como el campo de lucha entre el niño y la serpiente
en el vientre:
-"Madre, está sólo en tu imaginación -le dice
el niño-, es tu vicio, existo y me protejo adentro de ti"?
Tengo todo para ti, entrégate a esta gestación y en poco
tiempo estarás libre.
-No puedes hablarle de ese modo -interviene la serpiente- estando unidas
nadie puede contra nuestra fuerza, ocupo parte de su vientre y quiero
ser la única que habite su organismo -pero es un gesto inútil,
la serpiente no puede luchar contra ese niño, el pequeño
tiene la sangre fría y está completamente separada de la
de su madre
-Tú no estás adentro de su vientre, eres una articulación
de su cabeza, -interviene el niño- otra de sus perversiones, no
tengo registros para ti".
¿Cómo soportar esta mujer que lleva adentro
un hombre que rechaza y nutre al mismo tiempo, un niño y una serpiente
que le argumentan desde trincheras opuestas, un intento por romper el
exilio, pero un intento que siempre es la máscara de un nuevo boicot
para traspasar hacia afuera? 3Nadie podrá evitar que ambos se fundan
a través de los traspasos2. ¿Pero quiénes son ambos?
¿Madre e hijo, madre y feto, Carmen y Sofía, Sofía
y el padre que nunca conoció y que ahora se prolonga en un hijo
que nunca dio a luz? ¿Y no es esa serpiente, que alimenta en sus
vísceras, el hijo que conduce hacia la madre que la abortó
sin abortarla, el aborto virtual que la conduce al padre y con él,
a todos los hombres eternamente ausentes en su vida? Todo es dolor en
el traspaso: "Duele el nacer -dice la voz del extraño- el
hombre trae consigo dolor. No desesperes, el momento se aproxima. El niño
crece entre movimientos desenvueltos, al descubrir la garganta gritará
de inmediato. Tú no estarás allí para escucharlo.
Sus manos redondas perforarán la curva de tu pelvis. El niño
rasguñará con los dedos el laberinto de su madre."
Tal vez el leitmotiv subcutáneo de Lóbulo sea
el traspaso. El mismo lóbulo, pedazo de carne carente de músculo
y de hueso, apenas un cedazo grasiento que filtra las voces hasta hacerlas
casi inaudibles, la aduana entre voces externas e internas. Hay que concretar
el traspaso del aborto a la fertilidad, de la habitación a la calle,
de lo imaginario a lo real. Traspaso que también es paradójico
en su intento: la serpiente que permite deslizarse sin ruido y que une
los cabos, o la serpiente que estrangula por dentro y por fuera, el tajo
que oxigena la sangre pero que desangra, el cuchillo que sirve indistintamente
para abortar, suicidarse o atacar a quien viene en auxilio. (¿Quién
está gritando ahora? ¿Sofía, Carmen, tal vez la propia
Eugenia, el bebé-serpiente, el amigo impotente, la voz masculina
que gatea y trepa por las paredes del cráneo?). Hay que lograr
el traspaso, extirpar la serpiente. Pero con ella, la escritura que también
se traspasa desde la tercera a la primera persona, desde Eugenia a Sofía,
y que exorciza a la vez que siembra demonios.
Sofía la convulsa, la clínicamente psicótica,
la endemoniada, la traspasada por la serpiente-macho, la serpiente-hijo,
la serpiente-padre. No hay caso con esta mujer. Está maldita. Su
intento por salvarse es siempre el gatillo que la liquida. Está
de atar, pero también ha estado siempre atada. hecha de frases
inconclusas, insuflada por voces, intoxicada por pedazos de papeles llenos
de letras que han terminado por llenarla y vaciarla a la vez. Yo ya no
la quiero. La abandono, se lo merece. Hagan con ella lo que les de la
gana. Pero ojo: no la compadezcan. Por allí se agarra y ya no suelta. |