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La Dualidad del Retrato: Heroísmo
y Apariencia en Martín Rivas
de Alberto Blest Gana
Intento develar en la novela Martín Rivas de Alberto Blest Gana
el entramado del romance y de la tragedia, como puentes caracterizadores
hacia el retrato de la sociedad chilena de fines del siglo XIX. Postulo
que el heroísmo moral de Martín Rivas y el político
de Rafael San Luis obedecen a las etapas fundamentales de dos de los
entramados clasificados por Northon Frye. Estos servirán de vehículos
hacia ciertos modos de representación novelesca, dónde
la heroicidad de los personajes y el afán aparencial tanto del
estrato bajo /popular como de las capas altas de la aristocracia, iluminan
sentidos relevantes en la novela.
Para comenzar con el análisis me centraré en la caracterización
de Rivas y de San Luis intentando vislumbrar las nociones heroicas posibles
de desprender en cada uno. Si tomamos como punto de partida la noción
de romance señalada por Frye, donde el elemento esencial de su
trama corresponde a la aventura, entonces, es dable afirmar que Martín
Rivas atendería al héroe romántico quien a través
de aquella se impulsaría a una trascendencia tanto moral como social.
En este sentido, es importante tener en cuenta las tres etapas fundamentales
que le dan forma al romance, éstas son: la etapa del viaje peligroso
y de las aventuras menores preliminares; el combate decisivo, por lo común
una especie de batalla en la que o bien el héroe o su enemigo o
ambos deben morir; y la exaltación del héroe. Podemos denominar
a estas tres etapas, respectivamente, usando términos griegos,
el agon o conflicto, el pathos o combate mortal, y la anagnórisis
o descubrimiento, es decir, el reconocimiento del héroe ( Frye,
246).
Ahora bien, trasladando la caracterización del romance a la figura
de Martín Rivas, tenemos que identificar como núcleos de
su devenir novelesco tres momentos claves. Primero, la salida de su lugar
de origen para internarse en un mundo totalmente desconocido: casa de
Don Dámaso Encina e inmersión en la sociedad aristocrática.
Después, la batalla sicológica tras el amor de Leonor Encina
como también su batalla física, en la participación
en el Motín del 20 de abril de 1851 y finalmente, el reconocimiento
del amor que guardaba Leonor hacia Martín, le devuelve a éste
su valor moral y edificante otorgándosele la inclusión dentro
de la una clase social superior. Así, gracias al desarrollo de
las nobles virtudes del corazón, Rivas se erige como un héroe
representativo del romance nacional.
Por otra parte, tenemos al héroe trágico vislumbrado en
la figura de Rafael San Luis, el cual atiende a las fases de la tragedia
identificadas por Frye. Éstas van desde lo heroico a lo irónico.
La primera fase de la tragedia, señala el autor, corresponde a
aquella en que el personaje principal recibe la mayor dignidad posible
en contraste con los demás personajes, de modo que tenemos la impresión
de estar en presencia de un ciervo acosado por lobos. La segunda fase
corresponde a la tragedia de la inocencia en el sentido de la inexperiencia,
en esta fase predomina la tragedia arquetípica del mundo verde
y dorado. La tercera fase, es la tragedia en la que el énfasis
recae con fuerza en el éxito o consumación de la hazaña
del héroe. La cuarta fase corresponde a la caída del héroe.
En la quinta el elemento irónico va en aumento, disminuye el heroico
y el personaje se coloca en un estado de libertad inferior a la del público.
Finalmente, en la sexta etapa, se alcanza un punto de epifanía
demoníaca donde la muerte se vislumbra como un rito de ajusticiamiento
público (Frye, 288-293).
Ahora bien, al interpretar la heroicidad trágica de San Luis,
es dable reconocer en este personaje la curva que va desde la caída,
plasmada en la imposibilidad de contraer matrimonio con Matilde por motivos
económicos, encaminándose hacia el retorno de la esperanza
gracias a las gestiones de su amigo Martín hasta llegar a su caída
nuevamente, la cual se presenta como la resultante de su irresponsabilidad
e inexperiencia al ocultar la existencia de su hijo con Adelaida. Finalmente,
cuando Rafael renuncia al amor de su vida se interna en una batalla política
donde su muerte constituiría la expurgación de sus culpas
pasadas.
Como podemos apreciar, a través del entramado de ambos personajes,
se vuelve posible desentrañar los sentidos que articulan las formas
de representación novelesca donde el afán aparencial y la
satirización de los estratos sociales cobra un papel preponderante.
A continuación intentaremos descifrar estos sentidos con el fin
de acceder a la comprensión de dimensiones desconocidas dentro
del trenzado de la novela.
El primer sentido que nos interesa dilucidar tiene que ver con el motivo
de la autenticidad como eje estructurador de la conformación heroica
de Martín. Este eje caracterizador servirá de reflector
contrastivo tanto de la alta aristocracia como también del "medio
pelo". Para desentrañar este sentido nos haremos cargo, en
primera instancia, de la figura de Martín, el cual desde el inicio
de la novela se erige como un personaje cuya sencillez junto a su opacidad
física contrasta con la opulencia caracterológica de la
clase alta de la capital. Al respecto, conviene configurar el retrato
del propio Martín Rivas, a quien, se le ha estereotipado como a
un galán atrayente olvidando realizar una lectura acuciosa del
retrato que el narrador nos ofrece de Martín:
Era un joven de regular estatura y bien proporcionadas formas. Sus
ojos negros, sin ser grandes, llamaban la atención por el aire
de melancolía que comunicaban a su rostro. Eran dos ojos de un
mirar apagado y pensativo, sombreados por grandes ojeras que guardaban
armonía con la palidez de las mejillas. Un pequeño bigote
negro que cubría el labio superior y la línea un poco
saliente del inferior, le daba el aspecto de la resolución, aspecto
que contribuía a aumentar lo erguido de la cabeza, cubierta por
una abundante cabellera color castaño, a juzgar por lo que se
dejaba ver bajo el ala del sombrero. El conjunto de su persona tenía
cierto aire de distinción que contrastaba con la pobreza del
traje, y hacía ver que aquel joven, estando vestido con elegancia,
podía pasar por un buen mozo a los ojos de los que no hacen consentir
únicamente la belleza física en lo rosado de la tez y
en la regularidad perfecta de las facciones. (61)
Como podemos apreciar la caracterización física de Rivas
devela a un provinciano que adolece de belleza física además
de padecer, de cierto prognatismo, en lo cual el narrador veía
cierto rasgo de determinación y voluntad. En cuanto a la vestimenta,
ésta delata la condición provinciana del joven. Sin embargo,
en las palabras del narrador es posible vislumbrar un criterio de valoración
social, es decir, una característica del medio. El pobre y anticuado
traje de Martín ha servido para mostrar los rasgos de una sociedad
que se apega mucho a las exterioridades y entre ellas, las principales,
la vestimenta y el dinero. En este sentido, el culto exterior de las personas
se convierte en un rasgo definitorio de la sociedad santiaguina. Todo
gira en esa sociedad en torno a la riqueza y las exigencias sociales.
Así, la presencia de Martín en ese mundo engendra una oposición
entre los modos de la exterioridad a que se rinde culto y los valores
inherentes a la persona humana. Estos atributos adornan a Rivas y van
revelando gradualmente a la mirada sensible de Rafael San Luis y de los
propios Encina, el verdadero ser del joven pobre y orgulloso.
Cabe destacar, dentro de su retrato e inmersión en este nuevo
mundo, su inclinación sometida y silente hacia Leonor Encina. Este
personaje servirá de vehículo para que Martín se
muestre gradualmente como un héroe moral auténtico, capaz
de llevar sobre sus hombros la cruz de un amor que recibe la indiferencia
y por tanto la resignación ante su condición social inferior.
Lo interesante es que el retraso de la provincia en lo exterior de su
figura podrá ser compensado por el aporte de una reserva moral
de autenticidad, dignidad y verdadero señorío, lo cual será
develado ante Leonor despertándole su curiosidad y más tarde
el amor que permitirá a Martín ascender de clase social.
Si tomamos la consumación del amor entre Leonor y Martín
como la resultante de aventuras y conflictos preliminares, entonces, podríamos
señalar entre éstos, aquellos cuyo transcurrir se debate
entre dos espacios principalmente, una suerte de escenarios confesionales
de nuestra vida nacional de 1850, donde la siutiquería se manifiesta
en todo su esplendor, con esto me refiero al 'picholeo' y a las reuniones
de la clase alta. En ambos Martín, sin dejarse llevar por los artificios
ni de uno ni de otro sector social, resaltará por su dignidad y
mesura.
Ahora bien, si atendemos a las reuniones sociales efectuadas en la casa
de don Dámaso, resaltará la figura de Agustín Encina,
cuyo tono afrancesado y modales colmados de siutiquería revelarán
la vanalidad de una sociedad que se deja valorar por las apariencias,
situación que el narrador se encarga de resaltar:
En la época en que principia esta historia, la familia Encina
acababa de celebrar con un magnífico baile la llegada de Europa
del joven Agustín, que había traído del Viejo Mundo
gran acopio de ropa y alhajas, en cambio de los conocimientos que no
se había cuidado de adquirir en su viaje. Su pelo rizado, la
gracia de su persona y su perfecta elegancia hacían olvidar lo
vacío de su cabeza. (67)
Descripciones como ésta dejan en evidencia el afán aparencial
vertido en los protagonistas de los salones del Chile de 1850, dejando
entrever en el narrador su propósito de sátira donde la
fuerza del ridículo y los azotes de lo grotesco caen, tanto sobre
la vanidad hueca de los burgueses enriquecidos (cuyo dinero les da las
posibilidades aristocráticas) como sobre la siutiquería
del medio pelo. Lo interesante es que será el mismo Agustín
quien actúe de puente entre estos dos escenarios. Tras los picholeos
efectuados en la casa de Doña Bernarda, el 'afrancesado' será
víctima de un ardid con el fin de que la familia de doña
Bernarda pueda acceder de condición social. Sin embargo, pareciera
que el narrador se afanase en mostrar que para la clase baja carente de
virtudes honestas la aspiración social se quedará en una
mera esperanza truncada.
En este punto resulta importante rescatar el postulado de Eduardo Mallea,
quien en su libro Notas de un novelista afirma que la exageración
se constituye en una vedación a las potencias y facultades de la
creación. En este sentido, cabe señalar que tanto Agustín
como doña Bernarda responden a este concepto de exageración,
lo cual lejos de constituir una virtud, contribuyen a ridiculizar y a
asesinarlos en sus posibilidades de grandeza, debido a un exceso de gusto.
Podríamos decir, entonces, que estos dos personajes se enfundan
en una estética de la imitación y de la repetición,
ambos escollos que imposibilitan una ida edificadora hacia delante. En
sus modos de pensar, de ser y de vestir, imitan y repiten sin cesar, haciendo
meta, no de trascender, de dejar atrás el 'parecerse' sino de parecerse
mejor a lo que se antoja bien, con lo cual no llegan a ser nunca lo que
realmente son. Agustín adopta rápidamente, para expresarse,
notaciones que obedecen a galicismos, incurriendo muchas veces en errores
y cursilería: "Un baiser, ma chérie [...] Podrías
irte ma parole d'honneur que harías de Clemente cire et pabile"
(71). Téngase en cuenta que Agustín trata de decir en francés
lo que no existe en esa lengua. En tanto, Doña Bernarda es la representante
barroca del medio pelo y del mal gusto. Tanto sus expresiones como parlamentos,
cargados de vulgarismos y de expresiones populares armonizan con su habla
y su conducta. Al respecto, basta recordar la descripción de su
propósito aparencial defectuoso ante la mirada crítica del
narrador, como las intervenciones de doña Bernarda a su llegada
a la casa de los Encina, donde se encarga de llevar a cabo su venganza
contra Rafael San Luis:
Preciso es advertir que doña Bernarda se había ataviado
con el propósito de parecer una señora a las personas
ante quienes había determinado presentarse. Sin sospechar que
aquel traje olía de a legua a gente de medio pelo. A esto agregaba
sus amaneradas cortesías [...]
- Yo pues señora ( dirigiéndose a doña Francisca)
le he de decir a lo que vengo. Entre gente cortés las cosas se
hacen callandito. Dejante que he sudado el quilo, en el camino. Con
que me dije ya es tiempo, antes que se casen, y me vine, pues. (319-320)
Ahora bien, si rescatamos el postulado de Humboldt, cuando señala
que el hombre no inventa su lenguaje sino que el hombre es su lenguaje,
lo cual probaría que el hablar se tornaría en la característica
definitoria de lo que somos, entonces sería pertinente indicar
que tanto en doña Bernarda como en Agustín, se vislumbra
una gran igualdad en las formas de 'no expresarse', una inseguridad recaída
en el momento de tener que ir a escoger las palabras, inseguridad que
se resuelve siempre en un recurrir a los modismos más primarios
y socorridos. La imitación y la repetición, en este sentido,
concebidas como manifestaciones del afán aparencial tanto del estrato
bajo popular (doña Bernarda) como de la alta aristocracia (Agustín)
se encargan de satirizar ambos retratos del Chile de mediados del siglo
XIX. Además, esta tendencia a la imitación y a la repetición
no se confunde con la noble emulación, es decir, con el seguimiento
inteligente de ejemplares originales, de elevados tipos de ser y existir.
Tiende más bien a imitar las apariencias: no imitan fácilmente
a un gran hombre o a una gran mujer, en sus excelencias sustantivas; imitan
el aspecto más fácil del ejemplo, o sea la actitud que el
gran hombre o la gran mujer han de tener. Esto, claro está confiere
a sus vidas visibles ese presuntuoso aire exterior, esa vacua arrogancia,
esa pasiva importancia tan típica del paisaje mundano nacional.Cabe
destacar que en medio de este escenario regido por el parecido o el disimulo
se erige Martín Rivas bajo la mano del narrador quien, con un inteligente
hacer cundir las diferencias, evoca a un rico tipo humano. Así,
la diferenciación supone riqueza, encontrando en Rivas, por encima
de un querer imitar, un riguroso querer ser, penetrando en la vida popular
como en el Chile íntimo de los salones de hace un siglo y medio,
en una forma más espontánea, más fuerte y más
auténtica. El heroísmo moral del protagonista recoge las
fuertes diferencias con que se manifiesta nuestra estampa, involucrándose
en los conflictos más diversos con una impronta capaz de insertar
en su lenguaje esa saturación militante, ese rigor concreto con
que se dice sí o no en los instantes extremos del acontecer novelesco.
Al respecto, téngase en cuenta su intervención ante los
conflictos amorosos y extorsionadores entre el acuerdo de Adelaida y Amador
para engañar a Agustín; su participación como puente
entre el amor estancado entre Matilde y San Luis; la ayuda que le proporciona
a Edelmira cuando cree apoyarla a realizar lo que dicta su corazón
y no las ordenanzas interesadas de doña Bernarda y su determinación
a mantenerse fiel al amor hacia Leonor (careciendo de la certeza de su
correspondencia) sin incurrir en un amor despechado hacia Edelmira. Así,
una vez sorteadas las pruebas, incluyendo entre éstas la participación
en el acontecimiento político-revolucionario ocurrido en 1851,
en Martín Rivas aparecen el amor y la felicidad como virtudes de
autenticidad, de la dignidad y del esfuerzo perseverante. Más aún:
el amor triunfante de Martín y Leonor encarna las posibilidades
de perfeccionamiento de un mundo degradado por falsos valores pero esencialmente
perfectible.
Ahora bien, en cuanto al retrato de Rafael San Luis, atenderemos a los
rasgos más definitorios de su heroicidad trágica. Por una
parte, San Luis se erige como un joven apuesto que carga consigo el peso
de un amor inconcluso, sin embargo, a lo largo de la novela se devela
la existencia de una cruz más pesada aún que la anterior,
en otras palabras, tanto el ocultamiento de su hijo como sus anteriores
líos con una muchacha de estirpe popular dan origen al rechazo
social y con ello a una radical escapatoria. Primero, hacia el cobijo
religioso y espiritual, luego, hacia el combate político donde,
tras su lucha, cae muerto. Resulta importante configurar dentro del horizonte
trágico de San Luis, a dos personajes que contribuyen, principalmente,
a desatar su fracaso. Con esto me refiero a la figura de don Dámaso
Encina y a la de don Fidel Elías. Ambos responden a lo que podríamos
llamar, la alta estimación pecuniaria de la sociedad chilena de
mediados del siglo XIX, especialmente de la aristocracia, además
de contribuir a la parodia de la misma. Este sentido revelador de una
época confiere, en la representación novelesca, el paso
de San Luis desde la posición de víctima a victimario. Veamos,
si bien don Dámaso Encina construyó su fortuna gracias al
derecho pecuniario obtenido tras su matrimonio y posteriormente, gracias
a los derechos obtenidos sobre las riquezas del padre de Rivas, don Dámaso
fue el primer factor incidente en la imposibilidad de la concreción
amorosa entre Matilde y San Luis, ya que éste de un momento a otro
perdió su fortuna. Sin duda, su intromisión cargada de ambición,
arribismo e interés económico desata la carga sicológica
de dos amantes sujetos a las imposiciones sociales. Por otra parte, el
mismo padre de Matilde al verse sometido ante la hacienda que necesitaba
arrendarle al tío de San Luis aprueba a toda costa el matrimonio
de su hija con el sobrino de aquel. En otras palabras, todo valor moral
de la aristocracia se reduce a la ambición económica y a
las ansias de poder.
En este sentido, podríamos afirmar que el amor para San Luis se
constituye en la rosa pálida y marchita cuyas posibilidades de
encarnarse se encontrarían en el acercamiento al misticismo religioso
primeramente. Sin embargo esta renuncia a todo lo mundano por algunos
meses, lo conduce paradójicamente a la organización armada,
para, de una vez por todas, redimir sus daños y agonizar tras su
lucha en el campo de batalla:
Me han herido y no puedo tenerme en pie [...] Después de una
pausa, San Luis estrechó con febril ardor las manos de Martín,
y haciendo un esfuerzo para levantarse: -Despídeme- le dijo con
voz enternecida- de mi pobre tía; si ves a Adelaida, dila que
me perdone, y tú no me olvides, Martín porque... (407-408)
Estas declaraciones muestran el lado humano del héroe político/trágico
que ansía el perdón de la mujer que ha recibido un trato
poco justo de parte de él. El ajusticiamiento social que recibe
San Luis obedecería a ese afán aparencial de ocultar un
pasado comprometedor y más aún, la sombra de su conexión
directa con una muchacha de condición popular.
De esta manera, tanto Martín Rivas como Rafael San Luis se constituyen
en personajes que presentan relieves distintos. A la luz de E. M. Forster,
serían personajes llamados a cambiar según lo demanden las
circunstancias y a mostrar además de una visión directa,
una lateral que permite acercarse a distintas dimensiones del ser humano.
En este sentido, los relieves de los personajes cobran una gran importancia
puesto que, ponen en evidencia a una sociedad validada por las exterioridades.
El hecho de que ante todo el personaje Martín Rivas aparezca como
un héroe moral y como un sencillo representante del heroísmo
de la autenticidad, de la dignidad, del esfuerzo, de la perseverancia,
de la responsabilidad (es decir, de todas las virtudes teóricamente
ensalzadas por el liberalismo burgués en ascenso), y que en cambio
el héroe político, el buenmozo, el brillante, el byroniano
Rafael San Luis fracase y muera en la novela sin que ello perjudique el
horizonte positivo que a Blest Gana le interesaba proponer, ayudan a articular
una frontera de valores morales que se erige entre la adhesión
y el rechazo de la autenticidad personal.
Cabe preguntarse si el camino heroico ayuda a redimir el carácter
aparencial de nuestra sociedad chilena o si bien constituye el eslabón
conducente hacia la obtención de valores que nos ayuden a ascender
como seres humanos. Para una sociedad que vive tan abocada hacia el culto
de las apariencias no estaría de más llevar a cabo una toma
de conciencia de aquellos rasgos que en vez de edificarnos nos limitan.
Lejos del carácter repetitivo e imitativo, la estética de
la creación se vislumbraría como el camino insondable en
nuestro imaginario chileno.
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