Ocho Noches
Texto preparado y leído para el décimo
aniversario del Bar Insomnio
en Santiago de Chile el 31 de Marzo de 2001 En la concepción celta del tiempo la noche era el
comienzo de la jornada y el invierno el principio del año. Y las
24 horas de la noche y el día simbolizaban la eternidad. El nombre
que los Galos daban a la semana era, etimológicamente, ocho noches
(wythnos). Fue Julio Cesar el que se dio cuenta que ellos contaban por
noches. En lugar de decir nos vemos pasado mañana decían
nos vemos en dos noches más. Trato de imaginar a que se debería
esto y me digo que a lo mejor en la noche de los tiempos y en aquellas
latitudes apenas iluminadas por las estrellas, y acaso por una fogata
bajo la lluvia, las noches eran o en todo caso se hacían más
largas que los días.
Para la psicología la noche representa al inconsciente
y en el insomnio conspiran los fantasmas arrastrando las cadenas del tiempo.
Las sábanas retorcidas transpiran las ideas más negras y
la línea del horizonte queda bajo la cama. En la obscuridad de
la noche las cosas se ven difusas y los gatos todos pardos. Mecidos por
el viento los árboles parecen sombis y en los muros agrietados
se proyectan las pesadillas que nos desvelan. Gritos y lamentos, sangre
seca, etc.
Sin embargo, en las tinieblas más profundas germina
la vida y el día se despierta con los brillos del porvenir, como
quiera que este sea.
Me vienen a la memoria la noche de la Luna Negra, el Sueño
de una Noche de Verano, la Noche de la Iguana, La Noche de las Narices
Frías y Las Mil y Una Noches. Y la larga noche que detuvieron a
Cristo y que Pedro lo negó tres veces antes de que cantara el gallo.
En Agosto de 1983 me tocó viajar toda la noche en
un tren que baja de la obscura Laponia hasta el Báltico, atravesando
de Norte a Sur la península de Escandinavia. Con su ojo blanco,
la máquina parecía un cíclope abriendo un túnel
en las sombras. Viajaban conmigo un psiquiatra danés y su señora
esposa, que estaba embarazada de seis meses.
Entablamos conversación en Inglés.
Las mujeres sueñan en colores y los hombres
en blanco y negro comentó él y explicó que
este fenómeno correspondería a diferencias psicológicas
fundamentales entre los caracteres masculino y femenino. La verdad es
que yo no me había dado cuenta.
Pondré más atención la próxima
vez que me quede dormido le dije.
De acuerdo con el especialista una persona de 60 años
habrá soñado un mínimo de 5 años, considerando
que dormimos un tercio de nuestra vida. Y que un 25% de ese tiempo está
es poblado por los sueños.
Los sueños dijo alojados profundamente
en la intimidad de la conciencia, escapan a su propio creador y aparecen
como la expresión más impúdica y secreta de nosotros
mismos.
Yo, para agregar algún elemento, le dije que los
egipcios daban a los sueños un valor premonitorio y al parecer
les servían para orientarse por los vericuetos de la vida.
En todo caso siguió el psiquiatra
los sueños son tan necesarios al equilibrio biológico y
mental como respirar, comer y reírse a carcajadas.
Debo admitir dije que yo rara vez me acuerdo
de ellos. Aunque estoy consciente de que vivo soñando. Soñando
despierto quiero decir.
Eso no me extraña terció la mujer
abrigándose la panza sobre todo tratándose de un escritor.
Ella me había visto tomando apuntes en un cuaderno
y cuando me preguntaron por el destino de mi viaje dije que se trataba
de una aventura literaria.
Preferí tomar su comentario por un cumplido. A pesar
de todo no es mal visto ser considerado un soñador. Al principio
por lo menos. Las mujeres gustan de los soñadores (des reveurs),
pero una vez casadas procuran reformarlos para convertirlos en buenos
proveedores. Terminan odiándolos. Algo que ocurrirá de cualquiera
de manera en el noventa y dos coma nueve por ciento de los casos.
A propósito recuerdo la frase: «Los matrimonios
suelen terminar divorciados, pero a veces también acaban mal».
De cualquier manera yo pienso que los sueños reflejan
con mucha nitidez el clima psicológico que vive el durmiente.
Sin ir más lejos, poco después de ese viaje
me desperté a medianoche soñando con ese tren nocturno.
Pero en el sueño yo estaba de pie sobre la nieve embarrada y lo
miraba alejarse lentamente, rechinando sobre los rieles helados. El tren
era de carga y en los vagones llevaba material militar: tanques, cañones,
tropas.
Y ese era el último tren y me estaba dejando para
siempre abandonado en ese yermo. Me levanté al baño y procuré
recordar si había soñado en colores, pero no conseguí
saberlo. El tren corría por una estepa incolora a una hora que
no era del día ni de la noche.
A fuerza de soñar, dormido y despierto, a veces he
llegado a creer que yo no estoy aquí de cuerpo presente. Que a
lo mejor pertenezco a una pesadilla ajena. Pero he aprendido a no preocuparme
por eso, porque cuando el sol vuelve a salir y me ilumina la conciencia
vuelvo a sentirme contento, como quien después de una noche terrorífica
se ríe por la mañana de sus pesadillas.
Otra frase para recordar: «No hay situación,
por mala que sea, que no pueda empeorar».
Según Roman Polanski el siglo XXI será peor
que el XX. Pero a mayor escala. Y no se declara pesimista.
Y la última: «Todos los caminos conducen a Roma».
Pero fíjese bien quién lo acompaña, no vaya a ser
que lo toque viajar con la suegra. |