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Lo siniestro en el aire
Para alguien que desconozca el caso
real, el personaje Sebastián Urrutia Lacroix de Nocturno
de Chile (1) - ese cura-crítico literario que firmaba sus
reseñas como H. Ibacache -, podría evocar una parodia
del Padre Brown de Chesterton o, ya en Chile, de Camilo Henríquez,
el "fraile de la buena muerte", agitador político
y periodista republicano de comienzos del XIX. Pero, lo cierto es
que Urrutia Lacroix / Ibacache es trasunto desfigurado, transfigurado
por la mano de Bolaño, de un sacerdote del Opus Dei, José
Miguel Ibáñez Langlois (2), que firmaba sus reseñas
como Ignacio Valente y dominó sin contrapeso la crítica
literaria chilena durante la dictadura pinochetista y los primeros
años de la transición democrática, y la sigue
dominando hasta nuestros días como autoridad ausente.
Tal como el Urrutia Lacroix de la
novela, Ibáñez Langlois dio clases de marxismo a los
generales de la Junta - en 1964 había publicado un ensayo hoy
más que olvidado: "El marxismo como teoría y como
práctica" - y fue el sucesor del maestro nacional de la
reseña literaria, Hernán Díaz Arrieta, de seudónimo
Alone, el Farewell de Nocturno de Chile. Y si bien Ibáñez
Langlois nunca ha reconocido ni negado su asistencia a las veladas
literarias de Mariana Callejas (3) en el caserón del barrio
alto santiaguino que compartía con su marido, el agente de
la DINA Michael Townly, aquellas reuniones fueron reales y en los
sótanos del caserón fue torturado hasta la muerte, entre
otros, Carmelo Soria, funcionario español de la ONU.
En un ensayo anterior (4) me parecía
sostenible afirmar que la obra central de Roberto Bolaño era Los detectives salvajes (5). En esa novela el autor aplicó
al máximo un par de recursos característicos suyos:
lo que podríamos llamar "el arte de la primera persona"
como voz narrativa y el fragmento - fragmento-cuento o fragmentación
de una historia en varios episodios - como unidad de sentido. Las
novelas y cuentos anteriores a Los detectives salvajes, en
particular La literatura nazi en América (6) y Estrella
distante (7), pueden ser leídos como capítulos preparatorios,
anticipadores, de esa obra mayor en progreso.
Visto así, Nocturno de
Chile - después de Estrella distante- es el segundo
capítulo chileno de la obra de Bolaño centrada en Los
detectives salvajes. La novela de Urrutia Lacroix / Ibacache,
casi sobra decirlo, es una obra independiente, pero tanto algunas
de sus técnicas como su entonación narrativas, remiten
al modelo de la novela de Arturo Belano y Ulises Lima.
Ya sabemos que Bolaño, entre
sus técnicas más fáciles de reconocer, suele
derivar personajes de novelas o cuentos anteriores: lo hace con el
teniente Ramírez Hoffman de La literatura nazi en América que se convierte en el Carlos Wieder/Alberto Ruiz-Tagle de Estrella
distante; con Auxilio Lacouture que pasa directamente de Los
detectives salvajes a Amuleto (8). En las dos novelas de
tema chileno hay también un traspaso de personaje: en Estrella
distante se menciona a un tal "Nicasio Ibacache, anticuario
y católico de misa", "uno de los más influyentes
críticos literarios de Chile" (pp. 44-45), antecesor embozado
de H. Ibacache.
Pero, lo que más hermana a
estas novelas de tema chileno es la atmósfera algo densa en
la que se mueven los personajes, la sensación de temor aplazado,
de catástrofe pendiente que transmite la prosa. ¿O habría
que decir que toda la escritura de Bolaño está empapada
de esta sensación de catástrofe por llegar? En tal caso,
estaríamos ante una justificación de fondo para hablar
de Roberto Bolaño como un escritor chileno.
Maestro del claroscuro (con más
tendencia al oscuro, claro está) Bolaño escoge en su
escritura los intersticios donde aguarda lo siniestro, pero a diferencia
de E.A. Poe o del Conde de Lautréamont, que inventaban escenarios
y personajes truculentos, Bolaño habla de lo siniestro que
flota a plena luz del día, más aún, lo siniestro
como parte integral, inseparable de la historia no entendida como
texto oficial sino como experiencia cotidiana.
En el caso de Nocturno de Chile se trata de un tramo de la historia de Chile - entre mediados de la
década del cincuenta y el año 2000 - seguido a través
de la literatura. (9) Y para traer a la página lo siniestro
- la normalidad amenazada por lo siniestro en sus manifestaciones
concretas y fantasmales - el novelista instala un personaje que es
una voz, la de un hombre preocupado por parecer sensato.
"Estaba en paz conmigo mismo"
(p. 11), dice Urrutia Lacroix al inicio de su relato, pero entonces
apareció esa figura borrosa, esa voz que lo ha insultado y
puesto en descrédito: la voz de un elusivo "joven envejecido",
al que me referiré más adelante. "Yo no busco la
confrontación, nunca la he buscado, yo busco la paz, la responsabilidad
de los actos y de las palabras y de los silencios". (p. 12) Su
discurso será el de un hombre consciente de su posición
en la Iglesia Católica, en la sociedad, en la literatura chilena,
obligado a hablar de sí mismo, con firmeza y vacilaciones,
para responder a las invectivas del fantasmal joven envejecido.
El monólogo de Urrutia Lacroix-Ibacache
- claro ejemplo de narración a la Bolaño -se va construyendo
mediante el engaste de relatos de tema quizás dispar, pero
familiares en su entonación.
El primero de ellos es el viaje del
joven cura al fundo de su admirado González Lamarca-Farewell,
donde conocerá a Pablo Neruda. Aquí Bolaño pone
en la mesa una carta abierta: a diferencia del cura y del crítico,
el poeta nos es presentado con nombre y apellido. Lo mismo sucederá,
más adelante, cuando se refiera a otros poetas y escritores
chilenos, entre ellos Enrique Lihn, Carlos de Rokha, Juan Emar, Marta
Brunet. Esta táctica narrativa pone al lector en la sintonía
adecuada: Nocturno de Chile habla de una realidad verificable,
el Chile del medio siglo e inicios del XXI, pero la voz-personaje
pertenece al orden de la ficción, es decir al orden de las
imposturas creativas del novelista.
La aparición de Neruda en
el primer relato implica una selección del repertorio de intereses
del cura-crítico, pero, inevitablemente, mueve a preguntarse
por la intencionalidad del selector primero o autorial: Roberto Bolaño.
Esta pregunta se ve reforzada por el hecho de que el seudónimo
elegido para el crítico mayor, González Lamarca, es
el título de uno de los poemas más populares de Neruda:
Farewell.
Si atendemos a la secuencia del monólogo
del cura, el único poeta que aparece y reaparece es Neruda,
pero siempre ligado a la persona de Farewell. Neruda es en realidad
el favorito de Farewell. El cura-crítico no parece tener poetas
o escritores chilenos favoritos, no se detiene en ninguno, casi se
podría decir que los poetas y los narradores le importan poco:
lo suyo es quedar bien ante sí mismo y ante su oyente-lector;
el cura habla para desmentir las innombradas ofensas del joven envejecido,
para curarse en lo posible de la decepción, no para enseñarnos
nada sobre literatura chilena.
No obstante lo dicho, en la página
en que Urrutia Lacroix-Ibacache hace un breve resumen de los poetas
y escritores que le interesaron en las décadas del cincuenta
y sesenta, aparecen, con justicia, los dos nombres que orientaban
la poesía de la época: "Todos o casi todos [los
nombrados] bajo el influjo de Neruda salvo unos pocos que cayeron
bajo el influjo o más bien el magisterio de Nicanor Parra"
(p. 36). Hacia el final de la novela, o mejor dicho, en el momento
en que el cura crítico hace su racconto, corre el año
2000 (10), y el poeta vivo más influyente en Chile seguía
siendo Nicanor Parra, nacido en 1914, acompañado de cerca,
o en paralelo, por Gonzalo Rojas, nacido en 1917. Hoy mismo, en mayo
de 2006, la situación no ha cambiado mucho: con Neruda al fondo,
los únicos poetas vivos que cuentan con el respeto indiscutible
de sus pares, de la crítica y de los lectores son todavía
estos dos hombres, que rondan los noventa años.
En Nocturno de Chile el único
poeta, el único nombre de poeta que se repite, es el de Pablo
Neruda. Dado que la historia - la historia de la literatura chilena
- que opera como referente de la novela es más o menos conocida
tanto en sus personajes como en sus fechas y peripecias (11), es evidente
Bolaño ha escrito esta novela eligiendo con cuidado, sin atender
de manera refleja a la historia, los datos que le interesaban para
construir su imagen de Chile y su literatura contemporánea,
imagen que cuajará en la última parte - último
relato insertado -, cuando entra en escena María Canales, su
casa hospitalaria y las veladas literarias con torturados en el sótano.
La secuencia de hechos narrados que
conduce a este final arranca con el cura sumido en la lectura de los
griegos, durante el gobierno de la Unidad Popular. En el contrapunto
entre datos de la historia y datos de lectura Bolaño esboza
un preámbulo al espanto mezclando datos de la cultura oficial
con noticias de prensa:
Empecé con
Homero, como manda la tradición, y seguí con Tales de
Mileto y Jenófanes de Colofón y Alcmeón de Crotona
y Zenón de Elea (qué bueno era), y luego mataron a un
general del ejército favorable a Allende y Chile reestableció
relaciones diplomáticas con Cuba y el censo nacional registró
un total de 8.884.768 chilenos y por la televisión empezaron
a transmitir la telenovela El derecho de nacer, y yo leí a
Tirteo de Esparta y a Arquíloco de Paros y a Solón de
Atenas y a Hiponacte de Éfeso y a Estesícoro de Himera
(p. 97)
A reglón seguido se van hilvanando
otros datos y nombres como el Nobel de Neruda, la visita de Fidel
Castro a Chile, las primeras manifestaciones contra Allende, Esquilo,
Sófocles y Eurípides, la inflación, el mercado
negro, Demóstenes, Menandro, Aristóteles, el golpe de
Estado, el suicidio de Allende. "Entonces yo me quedé
quieto" dice el protagonista, "con un dedo en la página
que estaba leyendo, y pensé: qué paz. Me levanté
y me asomé a la ventana: qué silencio" (p. 99).
El contrapunto de información
histórico periodística y nombres de autores griegos
produce el efecto de una enajenación, la del sujeto de la novela,
que utiliza la literatura como refugio, como puente levadizo que lo
separa y pone a salvo de la ingrata vida cotidiana. Urrutia Lacroix-Ibacache
deplora el proceso de la Unidad Popular sin necesidad de hacer un
análisis político, sin siquiera decir nada en contra
de Allende o su gobierno. Le basta con dejar en claro que mientras
Chile vivía uno de sus momentos históricos más
singulares, él leía autores griegos - siguiendo el índice
de cualquier manual de literatura griega clásica - y que llegada
la hora de los militares, pudo finalmente decir "qué paz",
"qué silencio".
A partir de este punto, en una atmósfera
que oscila entre el sueño y la pesadilla, acosado por fantasmas
que intentan desordenar o ensuciar su escritura de poemas, el protagonista
entra en las secuencias finales y decisivas de la novela: el relato
insertado de sus clases de marxismo a la Junta Militar y el de las
veladas literarias en la casa de María Canales/Mariana Callejas.
El relato de las clases de marxismo
a los jefes castrenses es un ejemplo del talento de Bolaño
para crear atmósferas enrarecidas, eficaces como representación
análoga de lo real histórico. La voz-mirada del cura,
en su descripción de la primera cita con los generales, nos
muestra un espacio ascéptico: "Entramos en una sala cuyos
muebles y paredes eran de un blanco cegador", donde "un
camarero vestido de blanco, con una bandeja de plata, me sirvió
una taza de té". Poco después, siguiendo a un grupo
de edecanes y oficiales jóvenes, hace su entrada
la Junta de Gobierno
al completo. Me puse de pie. De reojo me vi reflejado en un espejo.
Los uniformes brillaban ora como cartulinas de colores, ora como un
bosque en movimiento. Mi sotana negra, amplísima, pareció
absorver en un segundo toda la gama de colores. (p. 108)
Los generales se mueven en el recinto
como "cartulinas de colores" o "bosque" y la sotana,
que está allí como uniforme entre uniformes, negra en
el espacio blanco, absorve "toda la gama de colores". El
cura, vestido de negro, entregará conocimientos acerca del
enemigo a los militares vestidos de colores, en un espacio inmaculadamente
blanco: esta escena sintetiza bien las relaciones de poder tal como
se dieron en Chile entre la brutalidad militar y el Opus Dei, representado
aquí por el cura de sotana: los generales y la tropa ponían
la mano dura para instaurar el nuevo orden, los sacerdotes y la elite
laica del Opus Dei - empresarios e intelectuales - ponían el
conocimiento, ya fuera éste político, social o económico.
En las reuniones con los generales
Urrutia Lacroix les habla de Marx, de Engels, de Lenin, Trotski, Mao
y Tito, de obras como El origen de la familia, la propiedad privada
y el estado de Engels, ¿Qué hacer? de Lenin
o Los conceptos elementales del materialismo histórico de la teórica marxista chilena Marta Harnecker, mujer que intriga
sobremanera a los generales por "buena moza", inteligente
y amiga de cubanos. Una noche, Urrutia Lacroix, en un paseo por el
jardín con Pinochet le recita versos de Leopardi y el general
comenta lacónicamente: "Buena poesía". Esta
última escena es ridícula o por lo menos de una cursilería
insoportable, pero el tono del relato es puramente descriptivo, sin
el menor atisbo de ironía o burla. Es justamente en esta contención
del narrador, en la entrega de la voz al protagonista, donde radica
la fuerza analógica del relato: el mundo desde la mirada del
cura es un espacio cerrado donde tienen cabida y función personajes
como los señores Oido y Odiem - odio y miedo - o los generales
Leigh, Mendoza, Merino y Pinochet. En la voz del Urrutia Lacroix aparecen
dudas, rachas de temor y desvarío, pero domina el equilibrio,
la justificación cristiana de los propios actos, del absurdo
y las debilidades humanas. Lo siniestro palpita fuera del relato:
lo siniestro está en las calles de Chile.
El último relato insertado
recoge la tesis de Nocturno de Chile, sintetizada en una frase
de apariencia anodina. "Así se hace la literatura"
(p.147). Urrutia Lacroix ha vuelto a la casona del barrio alto cuando
ya nadie quiere saber nada de María Canales, cuando todos los
escritores chilenos que asistían a sus veladas durante la dictadura
han perdido la memoria, cuando la mujer ha quedado sola en esa casa
en ruinas, cargada de susurros de muertos. En un momento del diálogo,
la mujer, como confesándose dirá:
Aquí mató
Jimmy a la Cecilia Sánchez Poblete. A veces yo estaba viendo
la tele con los niños y se iba la luz por un rato. No oíamos
ningún grito, sólo la electricidad que se iba de golpe
y después volvía. ¿Quiere ir la ver el sótano?
(p.146)
En la despedida, esa mujer lúcida
y destruida "dijo que así se hacía la literatura
en Chile" (p.146). En espacios como esa casona donde tenían
lugar, al mismo tiempo, los comentarios inteligentes sobre un poema
y el espanto de la tortura. "Así se hace la literatura
en Chile", pensará poco más tarde el cura:
pero no sólo
en Chile, también en Argentina y en México, en Guatemala
y en Uruguay, y en España y en Francia y en Alemania, y en
la verde Inglaterra y en la alegre Italia. Así se hace la literatura.
O lo que nosotros, para no caer en el vertedero, llamamos literatura.
(p.147)
Lo siniestro no es privativo de un
país en dictadura o del gremio literario chileno que ha negado
parte de su memoria por vergüenza o miedo: lo siniestro es el
oxígeno que alimenta la literatura occidental desde la Biblia
con su crimen inicial entre hermanos hasta esta misma novela de Bolaño,
donde una conciencia busca ponerse a salvo de la caída mediante
un discurso coherente, permenentemente amenazado por los fantasmas
del fracaso, la enfermedad y la muerte. La voz de Urrutia Lacroix,
después de la última visita a María Callejas,
después de su reflexión sobre el fundamento de la literatura,
se preguntará obsesivamente, "¿tiene esto solución?",
al tiempo que siente cómo se aleja, cómo lo abandona
el fantasma del elusivo "joven envejecido" que ha sido su
interlocutor. La voz de Urrutia Lacroix, cuyo propósito era
justamente neutralizar a ese otro representado por el joven envejecido,
se ve enfrentado a la posibilidad, cada segundo más cierta,
de que el joven envejecido y él mismo sean uno solo: "¿soy
yo el joven envejecido? ¿Esto es el verdadero, el gran terror,
ser yo el joven envejecido que grita sin que nadie lo escuche?".
(pp.149-50)
En Nocturno de Chile, la escritura
- "lo que nosotros, para no caer en el vertedero, llamamos literatura"
- se sostiene en un clima incierto, mejor o peor equilibrada entre
los polos de la belleza y el horror. En su soledad, la conciencia
del cura Urrutia Lacroix inventó un interlocutor insultante,
necesario para recordar y narrar. Cuando esa misma conciencia cae
en cuenta de que su interlocutor es en realidad un espejo, queda sola
y se derrumba: sin interlocutor, sin ese otro polo que posibilita
el diálogo, se hunde como se hundiría un relato que
solamente hablara de la belleza, o solamente del horror.
1 Roberto Bolaño, Nocturno
de Chile, Barcelona, Anagrama, 2000. Los números de página
mencionados en este ensayo corresponden a esta edición de
la novela.
2 Ibáñez Langlois es
también autor de varios libros de poesía, el primero
de ellos editado en 1954, el mismo año en que aparece Poemas
y antipoemas de Nicanor Parra.
3 En la novela, Callejas es María
Canales y Townly es Jimmy Thompson.
4 Ricardo Cuadros, "La escritura
y la muerte en Los detectives salvajes" en Fernando
Moreno (coord.), Roberto Bolaño, una literatura infinita,
Poitiers, Centre de Recherches Latino-américaines/ Archivos
Université de Poitiers, 2005, pp. 159-64.
5 Roberto Bolaño, Los detectives
salvajes, Barcelona, Anagrama, 1998. El caso de 2666 (Barcelona,
Anagrama, 2004) necesita un tratamiento aparte y un reposicionamiento
crítico. En esta novela, publicada póstumamente, el
autor echó nuevamente a funcionar el mecanismo de la búsqueda
de un autor perdido, pero la forma de trabajo y los resultados conseguidos
no permiten hablar ya de Los detectives salvajes como "la
novela central". 2666 utiliza una matriz parecida, pero conduce
hacia otro sistema literario.
6 Roberto Bolaño, La literatura
nazi en América, Barcelona, Seix Barral, 1996.
7 Roberto Bolaño, Estrella
distante, Barcelona, Anagrama, 1996.
8 Roberto Bolaño, Amuleto,
Barcelona, Anagrama, 1999.
9 Para los efectos de este ensayo,
dejaré sin tratar algunas de las historias insertadas en Nocturno de Chile: la de Salvador Reyes y Ernst Jünger
en París; la del zapatero vienés y "La colina
de los héroes"; la de los halcones en las iglesias y
parroquias europeas.
10 "Hoy gobierna un socialista
y seguimos exactamente igual". (p.121) Referencia al presidente
Ricardo Lagos, que gobernó entre 2000 y 2006.
11 Ibáñez Langlois-Valente,
el modelo "histórico" de Urrutia Lacroix-Ibacache,
ha privilegiado en su crítica a Nicanor Parra sobre Gonzalo
Rojas o cualquier otro poeta poesterior a Neruda, y durante la dictadura
elevó a condición de "grande" a un poeta
más joven, Raúl Zurita. Si bien en los últimos
años el interés y admiración de Ibáñez
Langlois-Valente por Raúl Zurita han decaído, su apoyo
inicial fue clave en el posicionamiento de este poeta en la historia
literaria nacional. Estos hechos no son mencionados en Nocturno
de Chile.
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