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"RITRATTO DI BAMBINA":
DERIVA METAPOÉTICA PERSONAL
A PARTIR DE UNA OBRA PLÁSTICA 1

Ritratto di bambina, Giovan Battista Moroni
(Albino 1523 - Bergamo 1578),
colección Accademia Carrara, Bergamo.
Ritratto di bambina
Sobre un cuadro de Giovan Battista Moroni,
en l'Accademia Carrara, Bérgamo.
Bajo la unción de una realeza momentánea
de brocado y perlería
la majestad menuda de su lozana atildadura,
nada más que encarnación premonitoria de una damisela
de baraja,
nada menos que de nuestra fuga en tránsito
la hija desprovista.
No soy en su mirada el Otro de mirada alguna,
ahora que el que soy no me dictan sus ojos:
todo es conjetura si no perplejidad en la consigna muda
de un encuentro hecho de imágenes,
apenas el hallazgo mutuo de una manera de sombra
y la huella de un destello,
a despecho de quienquiera, en virtud de nada nuevo.
Desde su edad en remanso la Ninfa más propicia
me prodiga así entre todos
una mirada que puedo sin riesgo sostener.
Desposeimiento inapelable de toda posesión,
ojos de otro vértigo acercaron nuestro paso
al borde del secreto que no somos
a fuerza de ignorarlo.
Ella aquí nos atrae a la duración quebradiza
de su otrora en suspenso,
aligerados del peso de ataduras el lapso de tregua
de un trasluz
ni desvarío ni rencores, ni reproches ni éxtasis,
mientras vuelca el carillón tardío su cascada aquietadora,
como una imposición de manos leves
sobre algún dolor sin cuerpo venido a la memoria.
Bérgamo, Febrero de 1989.
1
¿Cómo viene una pintura al poema? O más bien, ¿qué
hace que la contemplación de tal o cual obra pictórica culmine
en un texto poético? Dicho de otro modo, ¿qué determina
al fin de cuentas que un cuadro sea de pronto la circunstancia, no ya
de un escrito cualquiera, sino de uno muy específico como es un
poema?; ¿que el poema vaya a la pintura y se engendre en ella?
Las respuestas, llenan probablemente bibliotecas enteras y no es esta
la ocasión de aventurar la mía propia de otro modo que a
través la evocación de una experiencia personal.
Los poemas sobre cuadros no son menos una suerte de género en sí
mismo. Los hay que son glosas de talante más o menos descriptivo,
en los que el poeta suplanta con palabras -en el mejor de los casos, con
imágenes verbales- la plasmación visual del motivo de la
obra. Otros en que con el pretexto de ésta, el poeta celebra, con
afán apologético, el genio del pintor (¿o el suyo
propio?). Otros, por fin, en los que el poeta -o la voz que se expresa
en su nombre y lugar- pretende ingresar imaginariamente al interior del
espacio de la obra, habitándola, evolucionando virtualmente en
su medio.
Sea como fuere, y con variable fortuna, el poema resultante no admite
ser el mero documento de una experiencia de espectador. Hay en su origen
una forma de empatía o de efecto de resonancias internas entre
una obra y otra obra, con una manera de eclipsamiento del espectador a
favor de alguna revelación que la escritura vuelve meta-poéticamente
hacia sí misma. El fruto de una tal experiencia sería así
un acto de comunicación entre dos instancias materialmente autónomas
de representación. Puesto que un cuadro no requiere de un discurso
para decir lo suyo, y un texto no necesita de una realidad exterior al
lenguaje para afirmarse como tal texto.
Sin entrar en detalles, pienso a este respecto en el ejemplo de un par
de textos sobre una obra célebre, como es el "Paisaje con
la caída de Icaro", de Brueghel, el gran maestro flamenco
de siglo XVI. Obra maestra fundada, si se quiere, en literatura, en la
medida en que su tema y concepto remiten puntualmente a un pasaje de las Metamorfosis de Ovidio. En el poema de D. H. Auden, por ejemplo,
así como en aquel texto igualmente conocido de W. C. Williams (2),
el episodio de la caída del héroe mitológico, es
presentado como la escena de un drama sin espectadores. O mejor, como
la consumación de un drama de la temeridad humana que se cumple
ante la indiferencia de los personajes presentes. En aquella pintura de
inagotable enigma, como se recordará, las figuras de un labriego,
un pastor y un pescador solitario, afanados sin más en sus respectivas
rutinas cotidianas, por un lado, dominan ampliamente los primeros planos
de un panorama natural visto a vuelo de pájaro-; y por otro lado,
refulge la apatía formidable de una naturaleza pródiga en
su lirismo e inmutable en su permanencia. A espaldas de aquellos personajes
emblemáticos de un cierto orden del mundo, se descubre en el rincón
inferior derecho el detalle mínimo, casi inadvertido, de las piernas
de un hombre, agitadas bajo una lluvia de plumas y un borbollón
de espuma, naufragando bajo unas aguas apenas alteradas por la conmoción
de su caída. Ambos poetas contemporáneos supieron intuir
en sus respectivos poemas la interrogación del antiguo pintor bajo
el asedio de la necesidad de tomar partido, en un universo tejido de dualidades,
entre dos situaciones existenciales emblemáticas (¿optar
por la víctima propiciatoria de un sueño temerario, o bien
por el apego sereno y resignado a un destino terreno?). Dos actitudes
antinómicas que, a través de los siglos, encarnan algunos
de los imperativos que enfrenta el sujeto creador con su obra y esta con
el mundo de los seres y las cosas.
2
Mi experiencia, mutatis mutandis, es, por cierto, muchísimo
más modesta. En abril de 1989, invitado a un evento poético
universitario en la ciudad de Bérgamo (3),
visité la pinacoteca de la Accademia Carrara. El retrato de una
niña de pocos años, obra de J. B. Moroni (4),
me detuvo más tiempo, y sin razón inmediatamente elocuente,
que casi todas las otras obras de pintores italianos del 1500 al 1700
allí expuestas, algunas de ellas de real interés, como un
sugerente "San Sebastián" de Rafael. El poema, "Ritratto
di Bambina", sobrevino, por así decir, casi de inmediato a
mi vuelta a París, justo a tiempo para su inclusión en un
poemario de textos alusivos a Italia. (5)
La explicación de mi súbito interés por esa obra
(me) vendría siete años más tarde, cuando invitado
a participar en un coloquio organizado por la Universidad de Roma, La
Sapienza, en torno al tema de "La escritura del yo en la literatura
ibérica", ilustré parcialmente mi intervención
con aquel mismo texto. (6)
El tema del coloquio romano me había puesto en la situación
embarazosa de tener que hablar no ya de cualquier "Yo" de las
letras ibéricas, sino de reflexionar en público, por vez
primera y por convocatoria expresa, sobre la primera persona del singular
de mi propia escritura.
Comprobé que el último "yo" materialmente inscrito
en algún poema mío se alojaba patente en el texto de la
Bambina. Por otra parte, en un voltaísmo repentino de tiempo y
de lugar, la pintura de Moroni me había llevado, no ya a escribir
un poema sobre una obra, bella al fin de cuentas, pero sin excepcional
relieve pictórico, sino a "comunicar" con ella y a través
de ella con mi propia escritura, a propósito de algunos dispositivos
ignotos de mi relación con ésta. El poema de 1990, entraba
de hecho en resonancia con un poema titulado "Príncipe de
Naipes", texto para mí, emblemático puesto que situado
en el pórtico de mi primer libro publicado (7) :
Helo aquí, barquiembotellado en la actitud de su gesto más
corriente,
es el soberano de su desolación,
sus diez dedos los únicos vasallos.
Silencioso como el muro que su sombra transforma en un espejo,
nada cruza a través de la locura
de este príncipe de naipes,
este convidado de piedra de sí mismo, el último en la mesa
frente a los despojos
cuando ya todos se han ido.
Aquí se detuvo la soledad de la adolescencia con un fuerte silencio
retumbante,
y aquí yace él sobre sus ojos como el único brillo:
un
Arlequín de Picasso, se diría, pero menos sublime
y
con la espada de Damocles en la mano.
Él es el Príncipe del Naipe, "después de mí
un Diluvio de agua
hirviente,
y aún todas las aguas errantes del planeta
que nunca nadie llevará hasta mi molino".
No era cuestión en todo caso de una conexión imaginaria
y fulgurante entre dos textos relacionados con otras tantas obras de pintura.
La mención explícita a una obra de Picasso, como en efecto
queda allí en claro, sólo cumple la función de mediación
metafórica; el poema no alude propiamente a una obra pictórica,
sino al personaje de una imagen de baraja, transfigurado así en
un símil del hablante. El "disparador" del vínculo
entre ambos textos residía, en verdad, en un dispositivo de elocución
orientado a ocultar y al mismo tiempo hacer patente el sujeto lírico
vuelto mimético, retráctil, desdoblado e inestable, al interior
del poema. Un sujeto de los enunciados susceptible ahora de mostrarse,
por así decir, como representación objetiva del sujeto biológico
del acto de escritura en tanto sujeto de la enunciación, gramatical
y éticamente "responsable".
Años atrás, a este mismo respecto, un amigo, profesor de
literatura y crítico literario, me había hecho notar que
en la centena y media de poemas que por entonces constituían toda
mi producción, dicho pronombre personal aparecía sólo
en 6 ocasiones; y que tales ocurrencias se presentaban en sólo
cuatro poemas publicados en libros de fechas aisladas entre sí
por el intervalo regular de un lustro: 1966, 1971, 1976 y 1981. Otro tanto
ocurría con las formas verbales de respectivo pronombre tácito,
y a través del empleo de algunos verbos significativos en cuanto
a la pesquisa del sujeto poético como es el caso de 'ser' y 'estar':
por ejemplo, 'soy' registraba sólo 4 ocurrencias en poemas tardíos,
publicados en Europa. La misma comprobación recaía en el
caso de adjetivos o adverbios posesivos, o de otros verbos significativos
en cuanto al grado de protagonismo del sujeto en la situación enunciativa,
como 'decir', 'hacer', 'ir', 'venir', 'pensar', etc.
Este fenómeno elusivo, de un "yo" esporádico,
"ausentista" o embozado en un "nosotros" solidario
y solitario, debutaba ya con el primer poema de mi primer libro, Príncipe
de naipes.
3
Visto todo de este modo, pienso ahora que en el poema "Ritratto di
Bambina" uno de los postreros avatares de este juego de transformaciones
y travestimientos del sujeto poético venía a conocer de
hecho una alternativa más, al mismo tiempo que marcaba una suerte
de desenlace meta-poético. En este poema "europeo" el
hablante ("-No soy en su mirada el Otro de mirada alguna, ahora
que el que soy no me dictan sus ojos") confiere no por nada a
la niña retratada los atributos externos de una tácita princesa.
Como el "Príncipe" de mi primer poemario, la génesis
imaginaria del personaje se remonta de todos modos a una analogía
gráfica. La "realeza" sólo de fingimiento de éste,
puesto que "de naipes", referida a esta última lo es
doblemente, puesto que si el Príncipe es una imagen pintada sobre
una carta de juego, que de pronto cobra vida, la suya es fruto apenas
"momentáneo" del fulgor mental de una pirueta metafórica:
imagen de una imagen, por cuanto es la "(re)encarnación"
mental de aquél en un retrato que evoca a su vez una figura de
naipes. Además, es "hija desprovista", o sea,
propiamente sin dote de realidad, de un observador de paso, como el Príncipe
de Naipes no es "soberano (sino) de su desolación".
Afirma, luego, el hablante, no ser "en su mirada el Otro de mirada
alguna", aunque "el que soy" no sea "el
que me dictan sus ojos". Sólo que en el primer poema da
su aliciente al acuciamiento de la memoria, y aquí, "tardío",
administra taumatúrgicamente el remedio a su difuso dolor. ¿Dolor
de ser enteramente quien se es en el fondo, sin por ello dejar de ser
parte de la vida más vasta en la ajenidad del tráfago del
mundo? O como mejor que nadie lo expresara entre dos eras la sabiduría
de Hillel el Viejo: "Si no soy para mí, ¿quién
lo será? Y si soy sólo para mí, ¿quién
soy entonces?".
Si este poema viene tardíamente a cerrar el círculo del
engendramiento de un sujeto/personaje de apariencias y de atributos movedizos,
¿por qué no pensar que en el tramo que va desde el "Príncipe
de Naipes", "silencioso como el muro que su sombra transforma
en un espejo", hasta esta "damisela de baraja", ella
rompe el silencio del primero gracias al azar de un encuentro, y habla
ahora, cara a cara, a un sujeto de la enunciación aún renuente
a asumir, en la gestación del sujeto lírico, la prescindencia
de la "presencia real" o de la corporeidad inmediata de la realidad
contingente de un "sujeto objetivo" exterior a la escritura.
Y lo que revelaría en su decir, ¿no es acaso el hecho de
que aquel Príncipe junto a la damisela de este último poema,
amén de toda la cohorte de personajes que en mis poemas asumen
la posición de uno u otro sujetos retóricos, no son sino
avatares de una y misma entidad? ¿Y su fragmentación retórica
no sería sino la figuración crítica de nuestra búsqueda
de una totalidad a la cual referir nuestra propia aventura sublunar en
el 'breve tiempo humano', irreducible, por cierto, al 'tiempo único
y homogéneo' del narrador lírico?
En 1985, en la Introducción a la reedición de Príncipe
de Naipes, y cuenta tenida de los libros ulteriores, el prologuista
reinterpretaba el sentido poético de estos poemas incluyendo unas
observaciones que, sin riesgo de interpolación y amalgama abusivos,
podrían, aplicarse a la orientación final de mi poesía
toda. En estos poemas -dice-:
"pasamos lentamente, en vértigo retardado, desde la extrañeza
del poeta en medio de las cosas a una ecología dislocada, en
que la disociación de la conciencia (los espejismos del adentro
y el afuera) tiene su cuota de ingerencia, cuando no de responsabilidad
(...) Visto desde la transparencia interior, todo el paisaje se vuelve
alegórico. El mundo, para este príncipe ambulante y condenado,
es una redundante alegoría de sí mismo" (8).
No es del todo imposible que el comienzo de mi verdadero proyecto literario
haya debutado por la construcción de una suerte de personaje emblemático,
aquel "príncipe de naipes", figura antitética
y anti-heroica; que éste haya sido la encarnación no ya
de un alter ego sino de un ego alterius causa (9).
Y que toda la evolución del sujeto lírico de mis poemas
haya respondido progresivamente al desplazamiento imaginario del sujeto
lírico desde una posición propiamente personal a
otra im-personal o a-personal, en donde se resolverían las oposiciones
de la mismidad y la alteridad, realidad interior/realidad exterior, sueño/vigilia,
etc.
Tal vez no sea inoportuno retomar aquí, en conclusión, unas
líneas que escribí hace ya algunos años a propósito
de la relación entre el poeta y su obra, otro poeta que yo y otra
obra que la mía:
"El poeta y su poesía sobrellevan una paradójica
coexistencia a distancia. La realidad del uno y la realidad de la otra
no son substancialmente reductibles. La poesía, es decir, la
actualización de la materia significativa de un poema, sólo
se cumple en la dialéctica de un lector y un texto; puesto que
el poema dice algo pero da a significar otra cosa, y puesto que ya el
contenido de ese decir no es una réplica del mundo que envuelve
al poeta. La realidad del uno y la realidad de la otra se despliegan
en mundos y tiempos sólo paralelos: la poesía es texto
y un texto está hecho para prescindir de referencias, prescindencia
que la poesía erige en su primera condición. Las palabras
del poema no profieren el mundo del poeta, antes bien la existencia
real del poeta mismo aparece de pronto como un dispositivo del texto
para decirse a sí mismo. La lengua -bien se sabe- altera la realidad;
las palabras de todos los días son ya una mitología de
lo real. Las palabras del poema no son palabras en ese sentido, sino
la perversión del uso y costumbres de las mismas. Afincado bien
o mal en la realidad, a menudo en ruptura con ella y denunciador del
escándalo de la existencia, el poeta sólo puede existir
para su poesía como un mito revelado al interior de ella."
(10)
W.R.
Paris, abril de 2003.
__Notas___________________________
1) "Rittrato di bambina": deriva metapoética personal
a partir de una obra plástica", en Caravelle, Cahiers du monde
hispanique e luso-brésilien, n° 80, "Arts d'Amérique
latine. Marges et traverses", Université de Toulouse-Le Mirail,
Presses Universitaires du Mirail, 2003, pp. 157-164
2) Respectivamente, W. H. Auden, " Musée des Beaux arts
", in The Collected Poetry of W. H. Auden, New York, 1945,
y William Carlos Williams, " Landscape with the fall of Icarus ",
in Pictures from Brueghel and others poems, Norfolk, 1962.
3) Convegno internazionale: Attualità della poesia spagniola
e latinoamericana, Istituto universitario di Bergamo, Dipartamento
di Lingue e Letterature Neolatine, Bérgamo, Italia, 3,4,5 abril
de 1989.
4) "Rittrato di Bambina ", Accademia Carrara, Bergamo, Giovan
Battista Moroni (Albino 1523 - Bergamo 1578).
5) Fuente Itálica, Editorial Universitaria, colección Los
Contemporáneos, Santiago de Chile, 1990.
6) V. "Margarita la Rubia y El Que Entonces Yo Era. O en torno a
unos avatares del inimitable sabor a sí mismo", en Rosalba
Campra y Norbert von Prellwitz (coordination), Escrituras del yo. España
e Hispanoamérica, Bagatto Libri, Roma, 1999, pp. 227-248 (Actas
del Colloquio Internazionale La scritura dell'Io nelle letterature
iberiche, Università di Roma " La Sapienza ", Roma,
22-23 Novembre 1996).
7) Príncipe de Naipes, Ediciones Mimbre, Santiago de Chile, 1966
. (Reedición bilingüe español/francés, prólogo
de Jaime Concha, traducción de Robert Guyon, Ediciones Grillom,
Paris, 1985).
8) Jaime Concha, "Hélo aquí...", op. cit.
supra.
9) "Por un lado, este desterrado ubicuo es un príncipe, tiene
la aureola romántica de su rango superior; por otro, es de naipes,
es de mentira, como suele decirse. (...) Neruda había dicho en
un verso de Residencia en la Tierra: "marchito, impenetrable,
como un cisne de fieltro...". Cisne de fieltro: subrayo
la expresión, porque contiene la misma legalidad que la de Rojas:
ensalzamiento de la subjectividad a algo estimable o perfecto (cisne)
y destrucción de esa exaltación mediante el recurso a lo
fabricado, a lo no-natural, que es como su rígida caricatura".
(Jaime CONCHA, en "Príncipe de Naipes, de Waldo Rojas", Atenea, año XLIV - t. 8, CLXVII, n° 41, Concepción,
1967).
10) Waldo ROJAS, en "Algunas luces sobre los Crepúsculos de Castellano", en Cuadernos Americanos, Año XLIV,
Vol. CCLXI, México, Julio-Agosto 1985. |