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Algunas luces sobre El Paseo Ahumada
y su autor Enrique Lihn
Artículo publicado originalmente en "Asimetría",
n° 1, enero de 1986, Barcelona, España, pp. 73-77, revista
dirigida por Javier Lentini (1929-1995), fundador y Director de esta
publicación y anteriormente de "Hora de poesía"
(1979-1995), cuyas páginas acogieron amplia y regularmente a
autores latinoamericanos. Lentini fue poeta, traductor, editor y médico.
En su obra, traducida al francés y al italiano, destacan los
títulos "Poesía espacial", "Trilogía
prohibida" y "Museo de exorcismos", "La sal y otros
poemas" (Antología poética 1973-1975). De reciente
edición por Ediciones Ígitur, "Poemas en homenaje".
Amigo y admirador confeso de Enrique Lihn, Lentini solicitó expresamente
a Waldo Rojas el presente artículo de presentación de
la edición facsimilar de "El Paseo Ahumada", publicada
en tirada aparte en el número inaugural de su revista.
Creador de una corriente profundamente renovadora de las tradiciones
de lengua poética en Chile y bastante más allá de
las fronteras de la América latina, corriente sin embargo ajena
a las vehemencias prosélitas y a los aspavientos del vanguardismo,
Enrique Lihn es hoy día una figura indiscutible de la literatura
contemporánea en lengua española. Nació en Santiago
de Chile en 1929; ligado por formación y convicciones a la universidad,
ese puente espiritual con el mundo tendido en ese "arrinconado núcleo
del mundo hispanoamericano", la escritura literaria de Lihn ha sido
vertida desde su primer poemario, en 1949, en una serie de volúmenes
de aparición discontinua y de circulación estrecha, poco
o nada difundidos en España. Dos muestras de módica entidad, Algunos poemas, 1972, y Por fuerza mayor, 1974, debidas
al ya desaparecido sello Ocnos, han precedido la reedición de La
Pieza Oscura (Madrid, LAR, 1984), obra considerada desde su aparición
en 1963 como el momento de madurez y de mayor acuidad de su cometido estético,
a la vez que jalón inaugural en el desarrollo de la poesía
chilena moderna.
Desde entonces y hasta sus últimos poemas publicados, la escritura
de Lihn manifiesta en su carácter orgánico la sostenida
arquitectura de una postulación original indiscutible dirigida
a las formas tanto como al sentido radical de esas formas, en la situación
particular, espacio-temporal, del acto mismo de escribir: "trabajar
con la muerte / codo a codo, robarle unos cuantos secretos".
Su poesía, que se prolonga inevitablemente en la prosa de sus
tres novelas de peculiar factura, es a menudo indisociable de la producción
crítica y teórica de este autor aguijado por la búsqueda
de lucidez en las fronteras encubiertas de la relación del individuo
con el mundo. En los poemas de Lihn toma cuerpo implícitamente,
como una estructura más de la coherencia poemática, una
constante reflexión sobre el acto de escribir considerado como
zona de irrupción en la historia de una conciencia subjetiva. Relación
de la escritura con la existencia, su poesía aspira a fundarse
como el lenguaje de aquella tensión, y toma pie en el terreno inestable
de todos los cuestionamientos, animado de todas las indocilidades, vórtice
o punto vertiginoso en donde se revela la inanidad de los discursos que
pretenden sostener la realidad.
El Paseo Ahumada cabe, en la tipología de los poemas de
Lihn, dentro de la categoría de sus textos de alto grado referencial,
apegados, si no entretejidos, a la trama del acontecimiento y la circunstancia.
No se trata, sin embargo, de una "poesía de circunstancia"
en el sentido restringido de apertura "poética" del texto
hacia la actualidad y los acontecimientos señeros, o sea, de una
simple glosa edificante o emocional con apoyo en la experiencia compartida
con un cierto contexto comunitario. El correlato textual de El Paseo
Ahumada es ya una alegoría. Él existe con independencia
de todo poema en tanto que espacio real en la toponimia urbana; pero existe
también como sinécdoque o contenido simbólico
en la conciencia de los santiaguinos que a diario lo frecuentan en tanto
que usuarios y en tanto que ingredientes de su realidad. Algo similar
ocurre con el poema de Lihn sobre las Ramblas de Barcelona (1):
un sitio más o menos emblemático se textualiza al ser objeto
de una cierta mediación discursiva cruzada por niveles de lenguaje
muy heterogéneos que acotan dicho sitio simultáneamente;
desde ya el nivel de la lengua particular de un poeta, enseguida el de
los modos retóricos que identifican la lengua literaria, o la de
la prensa, o la de las instituciones, además del nivel de los sesgos,
guiños y giros de un repertorio coloquial en donde se conjugan
contradictoriamente las exigencias de dos pulsiones instintivas: el prurito
irreverente y la conservación de la integridad física. Lenguaje,
pues, este último, hecho de disimulos y eufemismos. Esos niveles
de lenguaje refractan la percepción inmediata de la experiencia
vívida, re-semantizándola en otros planos, desamarrándola
de las circunstancias de origen, haciendo de ella un revelador en profundidad
de la condición de un pueblo, de un país.
Texto complejo en sus articulaciones significativas, inseparable quizás
de su consumo en vivo, El Paseo Ahumada remite, tanto por su textualidad
como por su soporte material vuelto él mismo un significante (calidad
del papel, formato, tipografía, etc.), a dos dimensiones por lo
menos, allí concluyentes. Una, la de la memoria reciente o historia
inmediata: la calle Ahumada remodelada en pomposo paseo peatonal. La otra,
inserta ya en la memoria cultural, representada por la tradición
intermitente de la Lira Popular.
Antigua calle de bancos y de comercios prestigiosos, calle de la Catedral
y de la Plaza de Armas, arteria dorsal del "centro" urbano,
con sus aglomeraciones humanas y sus atochamientos automovilísticos,
el abigarramiento social y el smog sofocador, la calle Ahumada fue un
lugar de encuentros y arena de ajetreos de la mundanidad capitalina. Su
nombre evoca, dicho sea de paso, la persona de un rector de la dieciochesca
Universidad de San Felipe, visto por sus contemporáneos como el
hombre más docto de la América española. Su transmutación
en paseo peatonal según modelo supuesto venido de las grandes urbes
occidentales, es una de aquellas realizaciones mediocremente pretenciosas
en materia de Grandes Trabajos de Interés Público que suelen
emprender las dictaduras en búsqueda de prestigio o a manera de
exorcismo. Reemplazo, de hecho, de una entidad viva que en la memoria
colectiva connotaba el sentido de la "libre circulación",
por un simulacro artificioso a imagen del margen de movimiento que el
nuevo orden impone o permite a sus sujetos. En ese decorado de un insoslayable
rastacuerismo monumental, "El Pingüino" es la figura emblemática
y encarnación semi-vidente del pueblo chileno bajo la tiranía.
Personaje patético en su desproveimiento y en la tenacidad de su
sobrevivencia picaresca, él ejerce allí, como el oficiante
de un rito ignoto, su comercio mendicante, en tolerada semi-clandestinidad.
Es en ese protagonista e interlocutor retórico del hablante lírico
del poema que el poeta se reencarna y reconoce. Como él y desde
esa ontología minusválida, el poeta es transfigurado en
testigo, espectador, actor, víctima propiciatoria de otra descomunal
puesta en escena, en otra escala mayusculada, sangrientamente artificiosa:
la de los "juegos naturales", cara sombría de los "fuegos
artificiales".
Menos aparente para un lector desprevenido, la referencia a la Lira
Popular calza naturalmente con el correlato precitado. Hoja impresa
de circulación exclusivamente callejera, la Lira Popular.
Nació hacia comienzos del siglo anónimamente y como por
generación espontánea o excrescencia del mundo populoso
de la ciudad capital. Fruto del ingenio popular y nada ajena a la picaresca
de la sobrevivencia, ella estaba destinada en principio a un público
apenas letrado y esposaba los pliegues de su espíritu y gustos.
Precursora ignorada de la prensa de sensación, la Lira informaba
en versainas más o menos rengueantes sobre el acontecer más
bullente de en la superficie de la actualidad: crímenes sonados,
desastres naturales, accidentes nefandos, inmoralidades públicas,
etc. Y ello pulsando con mano romanceril todas las cuerdas del alma popular,
desde la chispa ingeniosa y las astucias verbales descomedidas hasta la
irrisión irónica rayana en la insurgencia, pasando, claro
está, por sensiblerías varias y otras complacencias populistas.
Discontinua en sus apariciones o desapariciones, la Lira conoció
paternidades tan múltiples como efímeras, ritmadas por los
sobresaltos del acontecer, las veleidades de la opinión pública
o la cambiante salud de la democracia. En su forma original desapareció
con el desarrollo del periodismo de masas; documento de época,
es hoy día un botín preciado de coleccionistas y filólogos.
Pero su modelo ha vuelto a servir en ulteriores oportunidades, durante
coyunturas especiales, en beneficio de la causa de publicistas o editores
ya menos populares que buscaban así conmutar un medio popular,
él mismo también de nueva fisionomía, a propósito
de cuestiones candentes de orden público o político. En
su presentación exterior, El Paseo Ahumada es un pastiche
voluntario de dicha hoja popular y apela sin duda a sus implicaciones
culturales.
En otro orden de referencias indispensables, no es difícil descubrir
en la presentación tipográfica de los textos interiores
del Paseo, una evocación del Quebrantahuesos, obra colectiva
y happening gráfico debido a Jodorowsky, Nicanor Parra y el mismo
Lihn. Especie de diario mural expuesto diariamente en un muro de un café
céntrico de Santiago, confeccionado con la técnica del collage
a partir de titulares, fotos y fragmentos de prensa, El Quebrantahuesos fue hacia los años 50 un tipo de humorada intelectual nada inocente,
versión local y energuménica de similares juegos surrealistas
y patafísicos europeos. Hoy en día la historia literaria
chilena mejor informada se acuerda en ver allí el terreno de ensayo
de los primeros escarceos de la anti-poesía chilena.
El Paseo Ahumada de Lihn es, pues, la otra cara del lugar conocido
en Santiago como el Paseo Ahumada, y que debió ser para los militares
gobernantes la cara presentable del milagro económico chileno,
si no la contrapartida publicitaria del costo social de la epopeya instauradora
del nuevo orden: un canto celebratorio, en suma, de la gesta militar.
El poema de Lihn, trabajo poético de zapa, socava en su fundamento
discursivo esa realidad: "canto particular", anti-épica
de un mundo degradado, lastrado de lobregueces insidiosas y de mal encubierta
sordidez. Es la épica pedestre del paseo peatonal, ese retablo
ostentatorio de un milagro sin maravillas.
Waldo Rojas
París, julio de 1985
nota _______
1. "Apología y condenación de las
Ramblas", en Antología de la poesía hispanoamericana
(1915-1980), se lección y estudio preliminar de Jorge Rodríguez
Padrón, Espasa-Calpe, Selecciones Austral, Madrid, 1984. Del
mismo autor, una presentación aguda y eficaz de los rasgos dominantes
de la obra de E. Lihn, en "La obra poética de Enrique Lihn:
notas de acceso, Hora de Poesía n° 16/17, Julio-Octubre (sin
año), p. 107-108.
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