Giorgio Serra Maiorana
Es italiano. En la actualidad es
doctorando en Literatura Hispanoamericana y Teoría de la
Literatura en la Universidad de Alicante (España). Licenciado
en Filología Hispánica por la Universidad de Sássari
(Italia). Entre sus líneas de estudio figuran las temáticas
sociales en la literatura de los años '50' y '60', la historia
colonial hispanoamericana en la novela contemporánea, y
el estudio del naufragio como tema literario (al que se dedica
actualmente, al realizar un trabajo de investigación en
la Universidad de Alicante).
art. publicado el 04/12/2004
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Carlos Barral: ¿un poeta del
materialismo?
Resumen
El artículo aborda, de forma general, la poesía de Carlos
Barral en el intento de detectar la presencia del tema del materialismo.
Dicho tema aparece como rasgo de una clase social, pero también
como elemento metafísico, presentando distintos niveles de interiorización.
El poeta Carlos Barral (1928-1989), perteneciente al grupo de escritores
conocido como Escuela de Barcelona, ha sido testigo de la cultura del
medio siglo posterior a la guerra civil y al establecimiento del régimen
franquista.
Algunos de sus poemas abordan el tema del materialismo que caracteriza
la clase burguesa (Diecinueve figuras de mi historia civil, 1961); otorgan
intensidad poética a elementos prosaicos (Usuras y figuraciones:
"Figuración del tiempo", 1973); toman cosas triviales
como punto de partida de profundas reflexiones (Metropolitano, 1957).
Presentadas en este orden, aunque no sea cronológico, las obras
revelan perfectamente tres distintos grados de profundización del
materialismo, a la hora de tenerlo como tema.
El tema de la burguesía
A partir de la segunda mitad de los años 50, la burguesía
española (y la barcelonesa de manera especia) conoció un
periodo de relativo optimismo. Esto se debía a una mayor permisividad
del sistema social y político franquista, que se volvía
ligeramente más elástico respecto a la primera década
de la dictadura. Por otra parte se podría considerar el progreso
tecnológico, procedente del mundo anglosajón, como causa
parcial del optimismo de la clase media[1]. Los intelectuales barceloneses
de este periodo experimentaban un sentimiento de rechazo hacia la burguesía,
y a menudo se comprometían a evidenciar los defectos de aquella
clase de la que ellos mismos procedían y a la que debían
su formación, también como escritores[2].
Con Diecinueve figuras de mi historia civil Carlos Barral se acerca a
la literatura de interés social promovida por el crítico
José María Castellet, que propugnaba una actitud realista
y critica de los intelectuales hacia la realidad. La recopilación
de poemas consiste en una especie de galería de imágenes
autobiográficas de la infancia y adolescencia de Barral. Se refiere
a acontecimientos de la época de la guerra y de la posguerra revisados
a distancia. La representación de la sociedad, durante y después
de la guerra, resulta filtrada por la sujetividad del "yo poético"
que intenta construir su propia identidad[3].
En el poema titulado "Apellido industrial" Carlos Barral se
refiere a las industrias gráficas y editoriales que había
heredado de su padre[4]. Acentúa el carácter frío
e impersonal del ambiente, dominado por las maquinarias y tintas industriales:
Quedaba un olor acre,
como a tinta, y un sabor de madera y hierro nobles,
la memoria del ruido y las imágenes[5]
Asimismo el poeta evidencia un cierto desprecio, no sólo para
lo aséptico de los establecimientos, con los que él tiene
un vínculo, sino también hacia la clase y el estilo de vida
burgués, en los que nació.
Allí estaba mi nombre
escrito, [...]
y todo cuanto hacía,
todo estaba pagado, todo a crédito
de libertad rendida, de conciencia
confusa...
No, no quiero, dije
[...]
Y era libre
sólo para decidir lo que no importa[6].
"Apellido industrial" es uno de los poemas en que más
se nota el rechazo a la clase burguesa, junto con las referencias al efecto
alienante de la industrialización y al apego al dinero, típico
de las familias acomodadas. Un ejemplo muy claro de esta opinión
Carlos Barral la proporciona, por si aún fuera necesario, en sus
memorias tituladas Años de penitencia (1975):
Sabía que ingresar en la industria familiar era aceptar como
propio el mundo que en la infancia identificaba con el primo G., el
mundo sórdido de los valores pequeñoburgueses particularmente
catalanes, el universo tenderil en cuyo antagonismo se fundaba en gran
parte mi personaje hasta aquel momento. Sabía que era aceptar
la ley del grupo familiar, a cuya sombra tendría que continuar
existiendo mucho tiempo y con una dependencia que admitiría menos
excepciones que en los últimos años[7].
"Un pueblo" presenta el sujeto poético burgués
de visita en un pueblo. El puñetazo que un aldeano pega en el coche
de un "hijo de papá" es visto como el símbolo
de un conflicto de clase que la burguesía no quiere aceptar, puesto
que en el poema se intenta explicar el acto de rebeldía como la
acción insensata de un loco: "una actitud de revanchismo colectivo
con la que el poeta pretende conectar"[8].
La crítica a los valores católicos e hipócritas de
las familias de clase media se acompaña al recuerdo de la infancia.
Eso es lo que Barral expresa con "Le asocio a mis preocupaciones":
Cada cita nocturna, cada encuentro
rescataba una parte del vivir diario:
los muros del colegio, los siniestros pasillos o las voces
de la mesa familiar cuando se hablaba de dinero
y además los pecados
la vergonzosa marca del sexo
[...]
Comenzó a incomodarme
la sociedad de tus amigos, la dudosa
verdad de tus quehaceres...
[...]
Y aprendía
a ver el mundo sin ti,
a llenar tu vacío con las cosas[9].
Se percibe una ligera compasión del sujeto poético hacia
la ingenuidad con la que, de niño, confiaba en las oraciones, de
acuerdo con la educación recibida por su familia. Con el paso de
los años fue dandose cuenta de la hipocresía que se escondía
detrás de los rituales católicos. A esta falsa devocción,
Barral confiesa haber preferido los valores materiales en sí mismos.
Una temática análoga, que consiste en la connotación
negativa de la iglesia, la ofrece el poema titulado "Los PP y el
verano". Aquí también se rememora el pasado, en concreto
la formación recibida por los padres jesuitas. El ambiente del
colegio religioso está caracterizado como algo oscuro y agobiante,
que comunica una sensación de muerte; del otro lado se describe
la vida afuera del colegio, o por lo menos el ideal de vida para un adolescente,
hecho de sol, excursiones y aventuras con las chicas[10]. Junto con la
educación impuesta por los jesuitas, se critica también
la moda social de las familias que mandaban los hijos al colegio.
Totalmente distinta es la composición "Hombre en la mar",
en la que Barral observa con melancolía Calafell, el pueblo de
pescadores que él adoraba, invadido por los turistas:
Lo sé. Desaparecerán los últimos,
sus barcas
demasiado pesadas envejecen,
y esta vez para siempre, en la dorada
hoz de arena finísima
que ahora
pueblan de parasoles los bañistas.
[...]
Implacable,
crece aprisa un suburbio
de hoteles y terrazas donde estaba
la silla del recuerdo...
[...]
Lo sé. Lo reconozco,
me consuela engañarme y me lamento
de todo cuanto cambia y de lo escaso
que va siendo este mundo que admiraba[11]
Aparte de la nostalgia de un pasado perdido es evidente el tema social
del desarrollo del turismo masivo, que caracterizó España
a partir del final de los años 50, con la consecuente urbanización
descontrolada. La intensidad de la vida tranquila de los habitantes originarios
contrasta con la vacuidad del turismo consumista.
En linea general, con Diecinueve figuras de mi historia civil Carlos Barral
quiere crear un personaje literario que exprese sus opiniones acerca del
ambiente social burgués de su infancia y adolescencia, que a fin
de cuentas no es muy distinto del de los incipientes años 60, al
menos bajo algunos aspectos. Como justamente destaca Carme Riera, el pasado
es el principal punto de referencia en estos poemas, a la vez que el presente
se connota como angustioso y se refleja en la representación del
paisaje urbano y del ambiente industrial[12].
La deuda de Barral con la poesía social, su contemporanea, es
muy fuerte. Él quiere poner en contacto los poemas y el pueblo,
ya que los temas tratados, aunque filtrados por su personal experiencia,
tocan asuntos de interés social. Además, continúa
Riera, el autor de Diecinueve figuras de mi historia civil: "se muestra
en deuda con las teorías marxistas del materialismo histórico
(literatura como resultado de la ideología de la clase dominante,
literatura como reflejo de la lucha de clase)". Finalmente, su poesía
resulta ser muy narrativa y se basa en la realidad de hechos anecdóticos.
La narratividad de sus poemas surge de la descripción de ambientes
y acontecimientos, que se realiza más por medio de detalles que
de visiones de conjunto, y con el recurso frecuente al lenguaje coloquial[13].
Para concluir el discurso sobre la poesía barraliana de crítica
social, se podría considerar brevemente el poema "El armero
Juan Martín lamenta el destino de una pieza magistral". Aunque
pertenezca a la versión ampliada de Usuras (1979), y por lo tanto
a la producción tardía del poeta catalán, sintetiza
de forma metafórica la imágen de la sociedad moderna. Consiste
en la rememoración histórica de una antigua espada señorial,
destinada a estar guardada en su funda sin conocer la gloria de heróicas
batallas. El poema se refiere a la pasión de Barral por las armas
antiguas, pero lo más relevante es la crítica metafórica
a la sociedad. Una sociedad que ha perdido todo valor auténtico,
y que está dominada por la inconsistencia histórica y los
valores venales.
Poética de lo trivial
Habiendo nacido en la década de los años 20, los escritores
de la Escuela de Barcelona, coetáneos de Carlos Barral, no habían
vivido plenamente la guerra civil y la inmediata posguerra[14]. Lo que
sí conocieron de forma más "consciente" fue la
época de consolidación del régimen y la lenta recuperación
socioeconómica posbélica. Esto se refleja en una poesía
que presta atención a elementos materiales, aunque no falten contenidos
sociales o filosóficos.
Antes de pasar a la recopilación denominada Usuras y figuraciones,
vale la pena detenerse en "Al tamaño del cine", poema
contenido en Diecinueve figuras de mi historia civil. Ya en esta composición,
Barral se centra en los mitos cinematográficos que condicionaban,
al igual que él, muchos jovenes de la posguerra. El sujeto poético
se dirige virtualmente a una actriz, dando muestra de su deseo de posesión
erótica:
Ven,
arráncate a los ojos
que ya te desdibujan,
rompe tu invierno gris, oh sonriente
dulce estrella habitada.
[...]
Escucharé.
Me haré insignificante, todavía
más niño a tus orillas,
como el guardián de tu reposo enorme,
y oiré tu vena femoral[15].
Se reconoce el sentimiento de inferioridad que suponen este tipo de
deseos, que no encuentran satisfacción porque, entre otras cosas,
se basan en mitos ilusorios. Desde luego, en Años de penitencia,
Barral explica el origen de sus fantasías.
Una de las consecuencias de la esterilizante disciplina moral de los
católicos en orden a las cosas del sexo es la artificial y monstruosa
contraposición entre el deseo de la satisfacción sexual
y la emotividad generosa. [...] Igual ocurría con las imaginaciones
místicas y de sublimado erotismo. En dos textos de 19 figuras
de mi historia civil, "Al tamaño del cine" y "Le
asocio a mis preocupaciones", he intentado transcribir esos procesos.
Las imágenes en sí, las representaciones de objetos que
se encadenaban en aquellos falsos sueños, nada tenían
de funcionales, de esquemáticas, eran en si mismas más
importantes que la narración y ponía en ellas una gran
voluntad de creación estética[16].
Además de criticar a la moral católica y burguesa, de
la que ya se ha hablado, Barral eleva el divismo del cine a objeto poético.
En efecto, en "Al tamaño del cine" él que habla
sueña con el lujo que suele acompañarse a los dioses de
la gran pantalla:
hasta que llegue
mi día,
hasta que vista
mi brillante uniforme, mi dinero
discreto, que permite
cruzar casi dormido los salones...
...Pórticos, suelos
de mármoles, arañas
de cristal cambiándose
reflejos con los sables...[17]
Usuras y figuraciones se diferencia de la obra precedente por un cierto
pesimismo dominante. El término "usura", que caracteriza
el título, se emplea con la acepción originaria latina,
que se refiere al deterioro por el uso. La atmósfera general de
la recopilación de poemas, y de algunos de la sección que
aquí interesa, "Figuración del tiempo", tiende
a la negatividad causada por la decadencia física, el dolor y la
enfermedad. Todo eso se concreta en las referencias al paisaje urbano,
que se connota como algo triste, frío y despersonalizado[18]. De
todos modos los poemas no dejan de tomar como elementos inspiradores cosas
materiales o cotidianas, en teoría antipoéticas.
"Evaporación del alcohol", por ejemplo, se inspira en
los efectos de una borrachera y de la consiguiente resaca, empezando por
la descripción de los efectos inmediatos y vividos:
De un golpe ser herido
por la luz como a látigo, ser débil
liquido hacia los dedos[19].
Tampoco faltan explícitas referencias a la vida mundana, hecha
de coches y diversiones de los jovenes de familia acomodada. Todo se relata
en el marco de las acciones provocadas por el estado de embriaguez.
el joven compañero que hemos sido
[...]
Y que ensanchó la curva peligrosa
y nos puso de acuerdo con el ruido
furioso del motor; que nos llevaba
a un lugar con tambores y muchachas
[...]
Y que insistentemente prometía
un amor para héroes, en lo alto
de un edificio de cristal y acero
fortificado contra el sol[20]
El poema sintetiza muy bien los rasgos antes evidenciados acerca del
malestar físico, así como la representación de la
ciudad como ambiente hostil a la vida humana.
"Dormición forzosa" mantiene el mismo tono de agobio.
En este caso el escenario no es la ciudad, ni una hipotética fiesta
entre amigos, sino un aséptico quirófano en el que el yo
poético experimenta la sensación de sueño forzado
producida por una anestesia.
Otro rasgo importante en una buena parte de la producción poética
de Carlos Barral es el voyeurismo, es decir la sexualidad sublimada. Parece
ser que el poeta barcelonés siempre estuvo obsesionado por la posesión
sexual, y esta obsesión encontraba alivio en la observación
del cuerpo femenino desnudo. Una buena dosis de voyeurismo estaba ya presente
en "Al tamaño del cine", pero posiblemente el caso más
clamoroso está representado por "La dame à la licorne"[21].
La representación de una muchacha que se quita los vaqueros en
una playa se llena de matices mitológicos, como si se tratara del
nacimiento de Venus. El pubis rubio se compara a un sol que amanece, a
la vez que las piernas, aún cubiertas por los pantalones, son como
ramas aún no iluminadas por la luz del día[22].
Oriente ensortijado,
rojo vellón flamante, con qué pausa
del sol en hebras nace entre dos ramas
aún nocturnas de azules indecisos
y crespa luz guardada[23]
La chica que se desnuda está ensalzada al papel de belleza ideal
para los hombres. Incluso la bicicleta con la que ha llegado parece un
ser vivente, representada por Barral como un "animal mecánico
de duro lomo y costillas finas"[24]. El ambiente en el que tiene
lugar la escena aparece como algo sublime, digno de una pintura renacentista,
pese a tratarse de la playa de ciudad, transitada por coches y obreros,
y "acosada" por edificios. Los ruidos parecen detenerse ante
la escena. En suma, el poeta ennoblece un acontecimiento trivial, que
para la moral católica y franquista resultaría por lo menos
reprochable, convirtiendolo en una especie de aparición divina[25].
Desgraciadamente el misticismo se va perdiendo muy pronto por la presencia
de los voyeurs, que, al igual que el sujeto poético quisieran poseer
la muchacha. Reaparecen amenazadores los elementos urbanos:
a las sucias aceras de tu ciudad horrible,
y a lo largo del aire sorprendido,
de espacio violado, te reflejas
en las anchas vitrinas de instrumentos calmantes
(Desnuda frente a un muro de ataúdes eléctrico recoges
una concha seguramente [rota.)
[...]
y esa maquina negra que de nuevo
ronca[26].
La actitud acosadora de los mirones hace que la chica se tenga que volver
a vestir, por la angustia que le da la situación potencialmente
peligrosa. Además, en la conclusión del poema parece haber
una alusión a la naturaleza efímera (y tal vez inconsistente)
de la belleza de la muchacha, que hasta hace un momento había sido
vista como una diosa.
Lo cotidiano trascendente
Metropolitano, publicado en 1957, se coloca en la primera etapa de la
poesía de Carlos Barral. El título recupera la etimología
griega del término, que indica la ciudad madre; al mismo tiempo
se refiere al trén subterraneo, revelando la predilección
del poeta para la polisemia[27]. Se adelanta, en esta obra, la temática
urbana que estaría presente en la produción poética
posterior.
Al inspirarse en el De rerum natura de Lucrecio, Barral muestra como el
contacto del hombre con la naturaleza sea dañino para ésta
última, por el simple hecho de ser pensada y vivida por la humanidad.
Como evidenciado en Los años sin excusa, inevitablemente "el
hombre aparece como asesino forzoso de la realidad"[28]. En este
sentido, la ciudad representaría el lugar por antonomasia en que
todo contacto auténtico con la naturaleza resulta imposible. El
hombre vive en un "lugar desafecto", como indica uno de los
poemas de Metropolitano, un lugar desnaturalizado que no permite estar
en sintonía con el medio originario de cualquier forma de vida.
La función de la palabra poética consiste en restablecer
la armonía con la naturaleza, con el orden cósmico de las
cosas, y en definitiva dar un sentido a la existencia humana[29]. Los
poemas, entre los que destacan "Timbre", "Portillo automático"
y "Entre tiempos", se presentan como un acopio de datos que,
como explica Barral:
Datos, no sólo del pensamiento, sino de los estados de ánimo,
en esa manifestación preverbal, prelógica, en la que todavía
pueden insertarse en la imaginación. Mis interrogaciones no tendían
a la formulación de ideas, a ordenar los elementos abstractos
de un pensamiento hecho de fragmentos de filosofías, de formulas
de inteligencia aprendidas o instituidas, [...] sino a aliviar la necesidad
de representarme a mí mismo pensando el mundo, de situarme imaginativamente
en el mundo en el que estaba pensando[30].
Se trata de la representación de sensaciones enmarcadas por el
ambiente urbano, y especialmente por la cotidianidad de la vida urbana.
Lo interesante es que estas respresentaciones, solitamente profundas,
a menudo se desencadenan a partir de elementos extremadamente prosáicos,
e incluso banales.
"Timbre", por ejemplo, se abre con una cita de Calimaco en la
que se recuerda a un antiguo navegante, llamado Licos, fallecido en un
naufragio. Ahora bien, una simple llamada telefónica conecta el
yo poético con otro mundo, el del náufrago muerto que le
llama a su tumba. Se pone en evidencia el sonido penetrante del teléfono.
El encuentro entre los dos resulta imposible, porque el mítico
navegante no tiene cabida en el aséptico mundo de la metrópoli,
que ha perdido el contacto con la naturaleza y el pasado originarios:
Guillotinas,
rápidos corredores, escaleras
mecánicas, paredes
juntas en la penumbra hacia el sepulcro.
¿Quién ha visto un cadáver? ¿Quién
ha visto
de pié, llorando, a un hombre que no existe,
con mortaja de peces, que buscaba
otro cuerpo?[31]
El nombre de Licos está relegado en un mundo que el hombre contemporáneo
e industrializado no toma en consideración.
En el caso de "Portillo automático" se parte de la imágen
del portillo de un barco para aludir a una inmersión submarina.
La pasión personal de Barral por el buceo explica la elección
de este tema. El portillo de acero actúa a modo de puerta de acceso
(en sentido literal y figurado) a una percepción distinta de sí
mismos, que lleva a la toma de conciencia de la individualidad del ser
humano. Esta lectura entronca con el hecho de que bajo el agua las percepciónes
resultan distorsionadas.
"Entre tiempos" es la composición que concluye Metropolitano.
Según afirma Carme Riera, el poema plantea el paso del tiempo,
que al igual que el trén subterráneo conduce a la destrucción,
también de la naturaleza, pero sobre todo del hombre. El sujeto
poético llega a dudar de la efectiva existencia de la humanidad
a través del tiempo:
¿Hemos sido una especie?
¿Siglos de minería,
de subterránea obstinación han sido
distintos al principio, más comunes
que fuera azul el aire que enterraban?...
[...]
De piel a piel el tiempo heterogéneo
tiende su galería amenazada[32].
Lo abierto, supuestamente relacionado con lo natural, se opone a lo
cerrado del subterráneo, que evidentemente se compara con la vida
del hombre, encerrada en sí misma y alejada de la relación
con la naturaleza de la que procede[33]. En el comienzo del poema se habla
de la sensación de acceleración del tiempo y del espacio,
y se representan algunos "pájaros que cambian en las boyas
con las alas abiertas de postura..."[34]. Se trata de una metáfora
del hombre en relación al tiempo, que posiblemente se inspira en
el movimiento rápido del metro y en las señales que se encuentran
a lo largo del recorrido. Elementos sacados, una vez más, del frío
y cotidiano contexto urbano. Aunque sean anteriores a las que aparecen
en Diecinueve figuras de mi historia civil y de Usuras y figuraciones,
las referencias al mundo de los objetos ofrecidas por Metropolitano resultan
más trascendentes, y tal vez más sutiles.
Sássari, Agosto de 2004
Notas
[1] Cfr. Laureano Bonet, El jardín quebrado. La Escuela de Barcelona
y la cultura del medio siglo, Ediciones Península, Barcelona
1994, pp. 24-31.
[2] Cfr. ibid., p. 165.
[3] Cfr. Carme Riera, "Las pasiones de la inteligencia", prólogo
a Carlos Barral, Poesía, Ediciones Cátedra, Madrid 1991,
p. 46.
[4] La actividad de editor, a su pesar, ha terminado con eclipsar la
vocación de poeta de Barral.
[5] Carlos Barral, Poesía, cit. En la nota 3, p. 126.
[6] Ibid., p. 127.
[7] C. Barral, Años de penitencia, Alianza Editorial, Madrid
1982, pp. 292-293.
[8] C. Riera, op. cit., p. 48.
[9] C. Barral, Poesía, cit., pp. 132-133.
[10] Cfr. C. Riera, op. cit., p. 50.
[11] C. Barral, Poesía, cit., pp. 139-140.
[12] Cfr. C. Riera, op. cit., pp. 52-53.
[13] Cfr. ibid., p. 46-47.
[14] Cfr. L. Bonet, op. cit., p. 29.
[15] C. Barral, Poesía, cit., pp. 128-129.
[16] C. Barral, Años de penitencia, cit., pp. 120-121.
[17] C. Barral, Poesía, cit., p. 129.
[18] Cfr. C. Riera, op. cit., pp. 53-60.
[19] C. Barral, Poesía, cit., p. 171.
[20] Ibid., pp. 172-173.
[21] "alude, naturalmente al mito del unicornio, el caballo blanco
con un único cuerno, infatigable a las persecuciones de los cazadores
y que, no obstante, cae rendido y sumiso ante una doncella. El significado
del mito parece claro: habla en favor de la sexualidad sublimada.";
C. Riera, op. cit., p. 62.
[22] Cfr. ibid., p. 63.
[23] C. Barral, Poesía, cit., p. 177.
[24] Ibid.
[25] Cfr. C. Riera, op. cit., p. 64.
[26] C. Barral, Poesía, cit., p. 179.
[27] Cfr. C. Riera, op. cit., p. 38.
[28] C. Barral, Los años sin excusa, Barral Editores, Barcelona
1978, p. 94.
[29] Cfr. C. Riera, op. cit., pp. 33-34.
[30] C. Barral, Los años sin excusa, cit., pp. 93-94.
[31] C. Barral, Poesía, cit., p. 89.
[32] Ibid., p. 97.
[33] Cfr. C. Riera, op. cit., pp. 34-35.
[34] C. Barral, Poesía, cit., p. 96.
Bibliografía básica
Barral, Carlos, Poesía, edición de Carme Riera, Ediciones
Cátedra, Madrid 1991.
Bibliografía complementaria
Barral, Carlos, Los años sin excusa, Barral Editores, Barcelona
1978
-Años de penitencia, Alianza Editorial, Madrid 1982
Bonet, Laureano, El jardín quebrado. La Escuela de Barcelona
y la cultura del medio siglo, Ediciones Península, Barcelona
1994.
Riera, Carme, "Las pasiones de la inteligencia", prólogo
a Carlos Barral, Poesía, Ediciones Cátedra, Madrid 1991,
pp. 11-70.
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