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La Parrilla, de Adolfo Pardo

La Parrilla
Relato testimonial
Adolfo Pardo
13.5 x 18.5 / 72 páginas
Editorial: Talleres del Mar
1981

Reseña
Relato testimonial publicado por Adolfo Pardo en 1981 sobre la tortura institucionalizada en Chile durante el período de la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990).

El texto de este libro, titulado La Parrilla, corresponde a la trascripción de una entrevista, grabada en una cassette de audio, que Adolfo Pardo le hiciera a Gabriela Durand en Santiago, en 1980, poco después que ésta fuera detenida y torturada en un catre electrificado por la entonces Central Nacional de Información (CNI) 1

El autor y la entrevistada se conocieron a las puertas de la ex Penitenciaría de Santiago, donde entonces estaban recluidos un grupo importante de presos políticos, entre otros un hermano de Gabriela Durand y un cuñado de Adolfo Pardo. A quienes visitaban respectivamente.

A la salida Pardo entabló conversación con Gabriela y esta le habló de su experiencia cuando fuera detenida. Impresionado por el relato de la joven, que entonces tendría unos 19 años, Pardo le preguntó si le permitiría grabar su historia. Gabriela respondió con evasivas, su traumática experiencia le producía vergüenza, entre otras contradicciones. Pero al final se dejó convencer y algunas semanas después se concertaron en la oficina del primero donde se realizó la grabación.

Al principio Gabriela estaba confundida y se daba vueltas sin resolverse a echar fuera su historia, pero luego logró soltarse y como en una catarsis enhebró un monólogo muy espontáneo y detallado.

Posteriormente Pardo puso por escrito la grabación, descartando sus propias y escasas intervenciones. El texto resultante lo editó, eliminando titubeos y reiteraciones innecesarias propias del lenguaje hablado, pero procurando respetar al máximo las palabras de su entrevistada.

Cuando el texto estuvo terminado y listo para ser publicado, Pardo pensó en la conveniencia de un prólogo para contextualizarlo y lo solicitó al entonces promisorio poeta y actual premio nacional de literatura Raúl Zurita, quien tomando el primer diario que tenía a la mano, procedió a recortarlo con el formato que tendría el libro, sin ninguna selección previa. Y esos recortes, que el poeta rehusó firmar, se incluyeron al principio del libro a modo de prólogo o introducción anónima.

Pardo incluyó también las ilustraciones que se intercalan al texto, entre ellas dos fotografías de una “performance” realizada poco antes en una galería de arte por Marcela Serrano durante la cual, desnuda, procedía a pintarse el cuerpo con pintura blanca. El resto son recortes sacados de cualquier parte.

Entre tanto, los cercanos al autor que habían tenido acceso al manuscrito le aconsejaban no publicar el libro, por razones de seguridad. O en su defecto hacerlo anónimamente. Sin embargo Pardo estaba decidido a sacar La Parrilla a la luz pública con su nombre impreso en portada, asumiendo el riesgo que significaba ese reto a la autoridad, pero omitiendo el nombre de Gabriela Durand para protegerla de cualquier represalia por parte de las fuerzas de seguridad, como había convenido con ella.

Por supuesto ninguna editorial legalmente establecida estaría dispuesta a poner en riesgo su continuidad, ni a su personal, publicando un libro que ponía de manifiesto los horrores que en secreto estaban ocurriendo en Chile, por lo que el autor debió publicarlo por su cuenta con el sostén de Talleres del Mar, agrupación literaria de la que formaba parte y que tenía una pequeña colección editorial titulada Cuadernos Marginales, sello bajo el cual apareció esta obra, como se aprecia en la portada.

El financiamiento de esta edición, de 1000 ejemplares, corrió por cuenta del mismo autor y de un amigo, Jaime Valenzuela, quien también formaba parte de ese núcleo literario y que conocía una imprenta dispuesta a imprimir el libro, pero prescindiendo del “pie de imprenta”. O sea, sin el nombre ni la dirección de la imprenta.

Como todas las ediciones clandestinas producidas en Chile durante ese período, se distribuyeron por mano gratuitamente algunos ejemplares y el libro circuló entre pocas personas. Pablo Huneeus, que entonces ejercía una sociología muy activa citó La Parrilla en uno de sus libros o en uno de los polémicos artículos que publicaba en esa época. Pero con esa única excepción este relato, testimonio o nouvelle, ha permanecido prácticamente ignorado hasta el día de hoy, como muchos otros esfuerzos de tantos chilenos y chilenas que durante años trabajaron anónimamente arriesgando la vida para derrocar a la dictadura de Pinochet y devolver la dignidad y la democracia a Chile.

El texto propiamente, donde Pardo respetó las formas y giros de la hablante y de la época, constituye un relato extraordinario que, superados los primeros pasajes donde la narradora enreda los hechos, se deja leer con mucha facilidad y pone de manifiesto, amen de los horrores relatados, la ambigüedad de los personajes, en especial de uno de los miembros de la CNI, un joven que atraído por la víctima, la ayuda, consuela e incluso le pide una cita para cuando ésta quede en libertad. Interesa ver también como, desde el otro lado, la protagonista, indefensa en las manos de sus captores, agradece las atenciones del joven, encuentra un amigo en él e incluso le permite un beso.

En resumen, este es un testimonio donde “buenos y malos” por momentos se acercan y comparten sentimientos amorosos. Estas aristas del relato lo enriquecen y diferencian de tantos otros testimonios donde “los malos son intrínsecamente malos” y “los buenos” víctimas completamente inocentes. Esta característica de La Parrilla hace que este libro, más allá de su valor testimonial, tenga también o simultáneamente una dimensión literaria y en cuanto da cuenta de una realidad sin ocultar ningún aspecto, un valor histórico que incluso trasciende el mundo que relata, el Chile de 1980, alcanzando una dimensión universal y atemporal.

Talles del Mar, junio de 2009

1 La Central Nacional de Informaciones (CNI) fue creada el 13 de agosto de 1977 por el Decreto Ley 1.878. Este organismo continuó la labor represiva de la DINA y durante su existencia se transformó en el servicio de inteligencia más importante del Estado. El DL 1.878 le otorgó a la CNI las facultades de: "reunir y procesar toda la información a nivel nacional, provenientes de los diferentes campos de acción, que el Supremo Gobierno requiera para la formulación de políticas, planes y programas... (y) ... la adopción de medidas necesarias de resguardo de la seguridad nacional y el normal desenvolvimiento de las actividades nacionales y mantención de la institucionalidad establecida". El nuevo decreto, además otorgó a la CNI una calidad de "organismo militar, integrante de la Defensa Nacional", vinculada con el gobierno a través del Ministerio del Interior. Es decir, la CNI dependía del Presidente de la República. El D.L. 1.878 señalaba que el Director nacional de la CNI podría requerir informes y antecedentes necesarios para su labor represiva de "cualquier servicio del Estado, municipalidades, personas jurídicas creadas por ley o de las empresas o sociedades en que el Estado o sus empresas tengan aportes de capital, representación o participación". La ley estableció que la CNI contaba con personal de las Fuerzas Armadas y personal civil para realizar sus labores. La CNI contaba con atribuciones para detener en relación con la Ley de Armas, pero al contrario de la DINA, sólo en virtud de una orden judicial. Sin embargo, la CNI hizo uso del Artículo 1 del D.L. 1.009, que otorgaba a este organismo la facultad de "detener preventivamente" bajo estados de sitio o de emergencia. Así la CNI realizó miles de detenciones de opositores al régimen militar. En la mayoría de los casos, éstos eran llevados a los recintos secretos de la CNI, donde normalmente eran torturados. La gran infraestructura de la CNI incluía recintos secretos de detención, interrogación y tortura, entre ellos los cuarteles de calle República y de Borgoño, y vehículos. La CNI mantenía recintos a lo largo del país en todas las grandes ciudades. A nivel nacional, la infraestructura de la CNI fue mucho más amplia que la de la DINA. La CNI fue disuelta por la ley 18.943 el 22 de febrero de 1990, días antes del traspaso del mando militar al gobierno democrático de la Concertación. Gran parte de su personal civil fue incorporado a la planta del Ejército, al cual también pasaron sus activos y pasivos. Nombres claves dentro de la CNI: ODLANIER MENA; general / HUMBERTO GORDON RUBIO; general / HUGO SALAS WENZEL; general / JULIO CORVALAN alias Alvaro Valenzuela; jefe de Operaciones del organismo / MARCOS DERPIC; coronel, nombrado subdirector de la CNI en 1989.
 
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Nota: en la mayoría de los países el libro es una mercancía libre de impuestos. No obstante, es responsabilidad del comprador extranjero conocer las leyes de su propio país para saber si, al momento de ingresar, la aduana le cobrará impuestos de internación.

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