Por Jaime Vieyra-Poseck
No hay nada más desasosegador que las realidades políticas tal como son, crudamente expuestas. La chilena, con un doble acontecimiento histórico, el triunfo de la derecha y la derrota de la Concertación, no se libra de esta condición. Pero para explicar este doble acontecimiento político no basta el realismo crudo y sangrante; son muchas las contradicciones, sutilezas y sofisticaciones incomprensibles para usar sólo un realismo duro y despiadado.
Para empezar, habría que constatar que una simple elección rutinaria se transforma en histórica por el vértigo de años que ponen fin a dos ciclos: primero, el triunfo de la derecha termina con una travesía por el desierto sin alcanzar La Moneda por elecciones libres que duró nada menos que 52 años – sustrayendo los 17 años cuando fueron gobierno de facto durante la dictadura de Augusto Pinochet-; y el fin de la era concertacionista postdictadura que duró nada menos que 20 años.
A todos estos números redondos que abarcan un poco más de medio siglo, se agrega una realidad política que es diabólicamente paradójica y en esencia turbadora. Porque ¿quién puede entender cómo con una Presidenta socialista que ostente el estrambótico apoyo ciudadano del 80% y su gobierno el 60%, el electorado, sin embargo, elige al candidato de la derecha?
Y hay más contrasentidos. El país que la derecha recibe ostenta una economía saneada y vigorosa, con un superávit espectacular que instala a Chile como el país más rico de América Latina y a unos pasos de ser su primer país desarrollado, cuya guinda en la tarta la puso la invitación formal de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) para que Chile entre a este privilegiado y selecto grupo de países desarrollados. El país que gestionó la Concertación y que recibe la derecha, ha tenido como política de Estado hacerse cargo de las desigualdades estructurales que padece en la repartición de la riqueza implementando una programa de protección social, aún incompleto, que abarca desde la infancia hasta la vejez beneficiando a millones de personas. Y, sin embargo, pierde el poder.
Las respuestas a estas interrogantes, inexplicables para los especialistas y observadores internacionales y para muchos nacionales, habría que buscarlas fuera de la exitosa era concertacionista y, en especial de la veneradísima Presidenta Michelle Bachelet y de su Administración; están en el aparato político de su coalición. Y cómo no, en el desgaste natural de 20 años ininterrumpidos en el poder sin que se hicieran los cambios, generacionales y estructurales en el aparato político de los partidos, que hubiesen ido paralelos a los cambios económicos y sociales que la propia Concertación iba implementando. Este desfase queda muy bien ilustrado en la abismante diferencia de aprobación ciudadana entre Michelle Bachelet (80%) y la de su propio partido, el socialista, que recibe una de las votaciones más bajas de su historia el la elección parlamentaria, un poco más del 12%.
En este contexto, los partidos políticos fueron incapaces de transmitir el éxito de la Administración Bachelet a las grandes mayorías; los puentes nuevos que deben construir los partidos políticos para unir gobierno y ciudadanos, no se construyeron. Y los puentes que ya existían los dinamitó, en gran medida, la propia clase política concertacionista en estos últimos cuatro años con un amasijo de excesos execrables: ceremonias diarias de ambiciones desmedidas llenas de agendas propias que sólo ofrecieron una descomunal y supina mediocridad y (casi) ninguna propuesta constructiva. En fin, un desagradable espectáculo maquiavélico y repulsivo lleno de politicastros con una monstruosa egolatría, diestros en llevarse por delante lo que hiciera falta –incluyendo a la propia coalición- para conseguir sus mediocres ambiciones personales. La borrachera de proyectos maquiavélicamente personalistas en la coalición que, con justicia o no, fueron obsesos en un narcisismo desbordante y obsceno no permitió separar aguas entre arrasar con todo o conservar lo irrefutablemente positivo de la era concertacionista.
El exponente máximo de esta corriente destructiva que dividió a la Concertación, fue el tan carismático como divo temperamental lleno de planteamientos ideológicos y políticos bipolares, Marco Enríquez-Onimani. Su candidatura fue levantada por el poderoso monopolio de los medios de comunicación de masas en manos de la derecha, en Chile más del 90%, convirtiéndolo en un candidato fast food con el solo afán, cómo no y al que Enríquez-Ominami se prestó gozoso, de fracturar la Concertación, única forma segura que vivió con regocijo la derecha para ganar las elecciones. Tanto Enríquez-Ominami y la derecha usaron la tan vieja como efectiva estrategia clásica: dividir para reinar. Ni el candidato del 20% ni el candidato del 48% ganaron. Fue la derecha la única que supo dividir bien, con su candidato fast food, para ganar.
No obstante, Enríquez-Ominami se convirtió en el rostro de los descontentos con la Concertación. Sin embargo, este 20% de fastidiados que votó por él hubiese votado igual si el candidato se hubiese llamado Perico de los Palotes: lo importante era manifestar la irritación y decepción castigando a la Concertación, sin que ello significara un giro a la derecha. La gran mayoría de este 20% es un voto ideológico de centro-izquierda y anti derecha. Así se demostró en el resultado del balotaje: del 29 % que recibió Eduardo Frei en la primera vuelta, subió nada menos que 19% y algo más en sólo 34 días en el balotaje; casi con seguridad el 15% era voto E-O.
Uno de los factores más notable, en mi opinión, que explican el histórico triunfo de la derecha, es que trabajó de modo central la estrategia de convertirse en un clon de la Concertación; maniobra ya usada por la derecha europea también con mucho éxito. El conglomerado derechista fue detrás de todo lo que anunció la Concertación, haciéndose un lifting permanente para ser el clon de ésta, una especie de Concertación II de centro derecha. Al final, y en una demostración de excesivo simulacro electoralista, se declaró también progresista. Una jocosidad política que parece, por los resultados, algunos se lo creyeron. Ahora se han comenzado a llamar Centro derecha progresista.
Nada más lejos de esa incompatible derecha progresista, la característica principal de la Coalición por el cambio que ocupará La Moneda, es su pasado más reciente. Aunque ella insiste que está out mirar el pasado y está in mirar sólo el futuro, su pasado, para ser más exactos el período 1973-1990, es tan insostenible como inadmisible poder sustraerse de él.
Por este pasado amargo y deplorable es difícil hacer un diagnóstico de lo que puede ser la gestión gubernamental de la derecha; contamos con una sola referencia cuando hace medio siglo atrás ganó la última elección, democráticamente. La otra referencia más cercana que poseemos, es su activa y apasionada participación durante 17 años en la Administración de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990). Y el balance de esta gestión derechista es demoledor; sólo un dato ilustra lo mal que lo hicieron: abandonaron el poder de facto en 1990 con casi el 40% de pobres y con una clase media paupérrima. Cuando el país salió de esa larga noche de horror y terror, en rigor, el período más oscuro de la historia republicana de Chile, los datos que fueron haciéndose conocidos por las diversas comisiones oficiales para el análisis y divulgación de las violaciones de los Derechos Humanos entre 1973-1990, son tan estremecedores como espeluznantes: más de 50 mil personas torturadas, de las cuales están desaparecidas 3.000; se calcula que entre 30 y 40 mil personas fueron asesinados por razones políticas e ideológicas; más de 200.000 personas tuvieron que salir al exilio…
Este es el cuadro dantesco que lastra a la derecha chilena y por el cual ha hecho esfuerzos notables para que la ciudadanía olvide el pasado y mire sólo hacia el futuro. Pero no nos engañemos. Teóricamente, la derecha que ocupará La Moneda es la misma de siempre en su matriz: aquélla que el pueblo en la combativa década de los 60´ denominó tan humorística como punzantemente, la Momia. Pero ahora con el “obstáculo” de 17 años de administrar el terror como política de Estado en el totalitarismo pinochetista.
En efecto, en política social la derecha continúa teniendo la rigidez de los muertos; y es difícil imaginarla implementando un programa de protección social estructural y no sólo paternalista-asistencial, como es su tradición política; en derechos de los trabajadores, está en contra de la sindicalización y aborrece de la negociación colectiva, dos armas para combatir eficazmente la actual indecente y grosera asimetría en la repartición de la riqueza (verdadero talón de Aquiles de la era concertacionista), reformas éstas que son impostergables si se quiere tener un país con trabajadores con los derechos que deben tener sólo, y ya basta, como un principio inalienable de justicia social y, para el que quiera, en segundo instancia, contar con una cohesión social respetable que asegure la paz social.
En cuanto a la función del Estado, para la derecha chilena éste continúa siendo el problema; mientras el mercado desregulado es la forma de gestión paradigmática que regula, según esta teoría, hasta la equidad con el (humillante) chorreo hacia las clases vulnerables que produce una economía de mercado neoliberal salvaje ortodoxa en permanente crecimiento. En una palabra, lo de siempre: el Estado debe anorexiarze y el mercado bolimizarse.
Esta función del mercado desregulado con un Estado, en rigor, corporativista, fue la que provocó la crisis sin precedentes de la que aún no vemos la salida del túnel. La función reduccionista del Estado con esta crisis, se supone, está superada y desfasada, como así ya se está gestionando en los principales países del mundo con una regulación normativa del mercado. Pero la derecha chilena, guardián y devota del Dios mercado, parece no haberse enterado del fracaso del neoliberalismo salvaje del mercado desregulado sin programa social alguno de envergadura, ni que ya este modelo se ha estrellado en una crisis con características apocalípticas. El anuncio de una “reorganización económica” de la principal empresa estatal, Codelco, que velozmente anunció el Presidente electo, Sebastián Piñera, a sólo dos días de ganar la elección, notifica esta visión del Estado versus mercado que tendrá su Administración.
En temas valóricos, la derecha, y a pesar de la pareja homosexual electoralista que susurra algo al oído del candidato en un corto de propaganda política, está tan fosilizada como Tutankamón. Los derechos civiles, sin ningún género de dudas, sufrirán una estagnación severa y, posiblemente, una regresión, tanto en los derechos de las mujeres a decidir sobre los métodos de reproducción, aborto terapéutico o/y a plazos, como en los derechos de los homosexuales a contraer matrimonio y el derecho de poder adoptar niños/as. Ningún ítem valórico está en su Programa de Gobierno ni en la agenda política de la derecha, donde la mayoría de sus miembros, sino todos, pertenecen o conviven con grupos religiosos ultraconservadores, como es el Opus Dei.
Esto es lo que teóricamente tenemos hasta 2014. Lo sesudo, sería un cambio de la derecha ultraconservadora pinochetista a una derecha liberal y social, con sus correligionarios europeos como modelo. Ese sí sería un verdadero cambio en el paisaje político chileno. Este triunfo democrático es una ocasión inmejorable para articular ese histórico cambio. Ya crucemos los dedos para que así sea. El piñerismo de sustancia liberal tendrá que lidiar con el ultra conservadurismo de su partido mayoritario, la UDI, para articular ese hipotético cambio. El verdadero cambio.
En suma, y a pesar de las deficiencias del sistema democrático chileno, disfuncional por los enclaves autoritarios que heredamos de la dictadura como el sistema binominal, el electorado ha demostrado que valora la prosperidad, la modernización, la gestión solidaria que ha puesto en marcha la Concertación; que desea un Estado social preocupado de los derechos ciudadanos y que garantice la protección social para la clase más vulnerable como también para la clase media baja, de tal forma que se ensanchen progresivamente las oportunidades para todos. Ese es el 80% de apoyo a la gestión personal de Michelle Bachelet y el 60% de apoyo a su Administración. El electorado quiere que esto continúe y se desarrolle. Un dato esencial que el gobierno de derecha debería tener muy en cuenta si quiere tener paz social.
En este contexto, éste es uno de los mayores éxitos de la Concertación y por lo cual hay que felicitarla: el Estado solidario que gestiona la protección social se debe desarrollar e institucionalizar. La alternancia en el poder que se ha producido con el triunfo de la derecha, demuestra otro legado positivo de la gestión concertacionista: el sistema está preparado para una alternancia tranquila en el Poder ejecutivo; y las instituciones democráticas, con todos sus desniveles que hay que corregir, qué duda cabe, continúan funcionando a pesar del arribo de una derecha que no recibió el apoyo ciudadano durante nada menos que 52 años, y que tuvo una estremecedora convivencia durante 17 años con la Administración de facto del dictador Augusto Pinochet, con gravísimas violaciones a los Derechos Humanos. Esta estabilidad del sistema y de sus instituciones democráticas es el mayor éxito del excelente trabajo que ha hecho la Concertación en estos 20 años ya históricos. Su derrota por lo tanto lleva, paradójicamente, implícito este gran triunfo por el cual también, sin duda, hay que felicitarla.
Por todo lo arriba expuesto, es difícil adjetivar el resultado de esta elección como un triunfo de la derecha y una derrota de la Concertación, a secas. Ganar una elección por voto popular después de, nada menos, 52 años y con los votos relativamente justos, lo único y más adecuado sería distinguirlo como un triunfo amargo. En el caso de la derrota concertacionista, tampoco se puede señalar, a secas, como una derrota. Perder el poder después de, nada menos, 20 años ininterrumpidos en él, sólo se puede registrar como una derrota dulce, más aún si no sufrió ninguna debacle electoral ya que alcanzó nada menos que el 48% y, además, en medio de una fisura considerable en los partidos políticos de la coalición.
Son estos hechos políticos históricos los que celebraremos en este siglo XXI y seguramente en los venideros. Y los aniversarios son fructíferos porque son el antídoto contra el olvido y la desmemoria. En 2014 veremos qué celebramos; si estos cuatro años fueron un momento político desafortunado, mediocre o regresivo; o lo contrario. Estaremos alertas y atentos.
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