CUENTO INEDITO

Blues

Estaba perdiendo el tiempo. Lo intentó sin convicción en esa escuela vespertina como dibujante en computación, pero a los dos meses abandonó. No había en ese lugar ninguna cuerda que sonara bien, aparte que no tenía ambiciones a largo plazo.

No sabía realmente qué le gustaba, pero manejar programas técnicos de computación le era tan árido como ser minero o bien abogado. Su madre, vendedora de cosméticos en Almacenes París, solicitó un crédito para cancelar el semestre y, con algo de cargo de conciencia, resistió apenas ese tiempo para paliar el remordimiento de enterar las horas encerrado en la pieza rasguñando la guitarra. La misma guitarra que ella le compró de segunda mano como un escudo para cosas peores y que al poco tiempo estaba maldiciendo, porque según ella, le había embrutecido todavía más la cabeza, aterrada de que en cualquier momento iba a tomar el mismo rumbo de su padre. Sus temores se convertían en angustia cuando a eso de las siete de la tarde, de vuelta del trabajo encontraba el departamento vacío y cuando a las siete de la mañana recién hacía cuatro horas que lo había escuchado llegar, asomada en la puerta del dormitorio le reprochaba amargamente su ociosidad, sabiendo que sus palabras eran lamentos lanzados sin esperanza. El portazo de despedida era además una mala manera de iniciar el día. El no tenía como decirle que no se preocupara. La verdad es que tampoco se esforzó demasiado, aunque tal vez no estaba bien pasarse tardes eternas escuchando rock y blues en la destartalada radio casetera tumbado sobre la cama, para luego salir a patiperrear guitarra en mano y enterar buena parte de la noche sentado en algún banco del parque Bustamante. Fue por aquel tiempo, cuando su madre abandonó a su marido y se lo llevó consigo al otro lado de la ciudad, que las horas comenzaron a ser eternas, y cogió la guitarra para subirse a las micros.

El primer blues que interpretó fue abordo de una ecológica Las Condes, a la altura de las Torres de Tajamar y recibió trescientos pesos. No cantaba, simplemente se subía y comenzaba a tocar. Al cabo de un tiempo lograba reunir dos mil pesos diarios que le alcanzaban para sus asuntos: un lomito y un par de cervezas en un bar de Vicuña Mackenna. A veces alternaba la micro, dejando su jockey con rótulo de Menphis sobre el pavimento de la estación Baquedano del Metro, y sentado contra la pared tocaba lamentos del medio oeste norteamericano. En una ocasión un grupo de liceanas bulliciosas le juntó mil pesos y unas sonrisas que estimó valían bastante más que las monedas. Eso le agradaba, o algo parecido a ello.

El hecho es que vagamente había decidido convertirse en músico de la calle. Nunca lo había pensado pero tal vez era la ciudad lo que le interesaba. Esa ciudad que está en la calle, en la vereda, en el pavimento. De otra cosa que no fuera la calle, sólo tiene memoria de un fin de semana remoto de viento y nubes bajas en El Tabo y de haberse estado sacando la arena desde las partes menos imaginable durante varios días.

Aquella vez que se subió al bus y luego de hacerle la seña de petición al chofer, la vio sentada en la última corrida de asientos, ya tenía la soltura como para acercarse sin demostrar ninguna intención y tocar para ella. La rutina la había hecho varias veces sin mayor éxito, y sin que le importara realmente, pero ésta vez recibió una luca y una alabanza. "Tocai de miedo. Hay una fiesta donde una amiga, esta noche. Querís venir a animar la cosa...?". En el boleto anotó un teléfono. Le entregó otra sonrisa y un beso en la mejilla.

De la pinta nunca se había preocupado demasiado. Bueno, una tarde recorrió todo el centro en busca de un par de zapatillas hasta que dio con el modelo, pero en general se echaba encima lo que le compraba su madre. Esta vez le hurgueteó los cajones y con algo más que tenía en los bolsillos se compró los jeans grises que le hacían juego a las zapatillas negras. En el teléfono del kiosco de la esquina, marcó el número y preguntó por la niña que lo convidó a tocar. Al cavo de un minuto escuchó la voz alegre de la mañana que le señaló una dirección. Lo trató de «bluesero» y esa definición le gustó. King, Hendrix, Clapton, eran de esos.

No recuerda bien porqué comenzó a escuchar blues, si recuerda cuando, totovía anclados en el barrio de Santa Isabel. A esa hora de la noche o bien eran boleros o esa música extraña de la radio Clásica que de tanto en tanto intercalaba lamentos de guitarra, la hora que su padre volvía borracho, tropezándose con las sillas y en busca de cerveza. Los gritos y los objetos estrellándose contra las paredes los amortiguaba elevando el volumen. Poco después comenzó a recorrer las tiendas de música de Providencia intentando ponerse los audífonos, contrabandeando escasos minutos de los temas que le estremecían el alma. Tendría entonces quince años, pero la decadencia de su padre venía desde mucho antes. A su madre no la culpa, es decir, hace rápidamente a un lado algunas escenas de cuando era niño tras los visillos de su pieza, pero mantiene en alto su esfuerzo y dedicación por mantener una casa limpia y el refrigerador con una cocacola y un par de lechugas. De su padre la dura imagen de verlo jugando a las cartas, con los ojos vidriosos y las manos inmundas sobre el tablero grasiento, sobre el cual desarmaba carburadores en el taller de Av. Italia. Otras imágenes de su infancia directamente lo llevaban de vuelta a un rincón del parrón a jugar a las bolitas en tardes eternas en que el sol tardaba meses en arrojar una sombra. La escena mayor, cuando recién deambulaba la noche del barrio con sus amigos, esa que vuelve de tanto en tanto, es verlo tratando de ponerse en pie al lado afuera del bar Colo Colo de Santa Isabel. Luego se acostumbraría a la misma escena y cuando estaba sobrio hasta cruzaban un par de palabras. Desde que se mudaron al departamentito de Villa Alessandri, prácticamente no lo ha vuelto a ver, salvo aquellas apariciones fugaces, casi nostálgicas que suele hacer por el barrio de su infancia. No se hace la pregunta, pero en noches de verano una mano invisible, como un viento espeso, lo lleva de vuelta a esas veredas. Su guitarra suena cristalina sentado en la solera frente al liceo de niñas, bajo los plátanos orientales de la calle Marín. Desde ahí ha visto a su padre cruzar tambaleándose y quedárselo mirando como si fuera un extraño antes de decirle algo así como por ejemplo, "a ver...

Tócame algo bonito... Noche de Ronda. Tócame esa..., no esas gringadas que tocai siempre..." , para luego seguir su camino y perderse en una esquina. No se ha preguntado qué es bonito o feo. A él simplemente le gustan los blues. Tampoco puede evitar volver al barrio de su niñez. A pesar de todo, algo lo ancla a ese lugar.

No supo bien si colocarse el gorro con la visera hacia atrás o adelante antes de subir la escala. Desde abajo se escuchaba el rock pesado que no le suena bien y las risas femeninas y voces fuertes de los valientes de siempre. Nunca le han gustado los choclones y se sabe retraído, pero ella le pareció bonita, su pelo corto negro y el ombligo al aire se le quedaron grabados como un afiche de Erick Clapton inclinado sobre su guitarra. En el descanso del segundo piso, tímidamente se hizo paso entre medio de piernas estiradas y botellas de cerveza y una que otra sonrisa irónica. En el umbral de la puerta se sintió a la deriva frente al oleaje de voces, ojos, y el tintineo de hielos estrellándose en los vasos. Si no hubiese sido por su mano, que lo guió hacia el interior de la nube espesa de humo de cigarrillos, habría dado media vuelta para irse a refugiar a Santa Isabel. Pero ella tuvo el buen gusto de no gritar algo así como, aquí estáAngel Parra o bien Paco de Lucía, llevándolo hasta el balcón donde una pareja se besaba apasionadamente.

Las primeras frases le entraron por una oreja y le salieron por la otra. Lo de siempre: qué bueno que hayas venido, estos son mis amigos, ésta es la fiesta de cumpleaños de fulano. Lo que sí escuchó, porque se lo dijo muy cerca del oído, es que le encantaría que tocara cosas lindas, que tocara blues.

Primero tocó un par de temas en el balcón mientras el equipo de música seguía a todo pulmón. Más bien garabateó las cuerdas. Al tercer tema los parlantes se apagaron y el timbre de lo suyo solo rivalizó con las voces y el tintineo de los vasos. Cuando tocó Cariño Malo, ya había una ronda de curiosos a su alrededor y las miradas de las mujeres llevaban la señal de que cada nota les fuese dirigida a ellas. Pero no estaba en ésa: simplemente estaba en lo suyo. Luego se encendieron los parlantes, recibió un par de palmotadas de afecto en la espalda y bebió con agrado una cerveza. Ella, Loreto, Lory, para todo el mundo, le sacó el gorro, le peino con los dedos el cabello y le dio una gran sonrisa. El beso en los labios se lo dio en la reja del edificio, y fue como un envión alado que lo lanzó a la ciudad que ya amanecía. Tomó una Matucana desierta y sentado al final del inmenso artefacto amarillo, acompañó al solitario chofer tocando Desert Moon, primero suave y triste, luego, a la altura de la Alameda, fuerte y contento. En Mapocho descendió al mismo tiempo que el chofer lo despedía con un bocinazo de su trompeta para emergencias y un brazo en alto asomado por la ventanilla. En el Mercado Central tomó su primer caldo de mariscos, algo que alguna vez le había escuchado a su padre, que era un manjar sólo para dioses.